viernes, 22 de febrero de 2013

Marionetas S.A


Caminaban lentamente por la calle, a eso de las diez de la noche, hablando con tranquilidad. No tenían más de treinta y cinco años. Estaban muy serios.

-Pero ¿por qué tan temprano? -dijo Smith.

-Porque sí -dijo Braling.

-Tu primera salida en todos estos años y te vuelves a casa a las diez.

-Nervios, supongo.

-Me pregunto cómo te las habrás ingeniado. Durante diez años he tratado de sacarte a beber una copa. Y hoy, la primera noche, quieres volver en seguida.

-No tengo que abusar de mi suerte -dijo Braling.

-Pero, ¿qué has hecho? ¿Le has dado un somnífero a tu mujer?

-No. Eso sería inmoral. Ya verás.

Doblaron la esquina.

-De veras, Braling, odio tener que decírtelo, pero has tenido mucha paciencia con ella. Tu matrimonio ha sido terrible.

-Yo no diría eso.

-Nadie ignora cómo consiguió casarse contigo. Allá, en 1979, cuando ibas a salir para Río.

-Querido Río. Tantos proyectos y nunca llegué a ir.

-Y cómo ella se desgarró la ropa, y se desordenó el cabello, y te amenazó con llamar a la policía si no te casabas con ella.

-Siempre fue un poco nerviosa, Smith, entiéndelo.

-Había algo más. Tú no la querías. Se lo dijiste, ¿no es así?

-En eso siempre fui muy firme.

-Pero sin embargo te casaste.

-Tenía que pensar en mi empleo, y también en mi madre, y en mi padre. Una cosa así hubiese terminado con ellos.

-Y han pasado diez años.

-Sí -dijo Braling, mirándolo serenamente con sus ojos grises-. Pero creo que todo va a cambiar. Mira.

Braling sacó un largo billete azul.

-¡Cómo! ¡Un billete para Río! ¡El cohete del jueves!

-Sí, al fin voy a hacer mi viaje.

-¡Es maravilloso! Te lo mereces de veras. Pero, ¿y tu mujer, no se opondrá? ¿No te hará una escena?

Braling sonrió nerviosamente.

-No sabe que me voy. Volveré de Río de Janeiro dentro de un mes y nadie habrá notado mi ausencia, excepto tú.

Smith suspiró.

-Me gustaría ir contigo.

-Pobre Smith, tu matrimonio no ha sido precisamente un lecho de rosas, ¿eh?

-No, exactamente. Casado con una mujer que todo lo exagera. Es decir, después de diez años de matrimonio, ya no esperas que tu mujer se te siente en las rodillas dos horas todas las noches; ni que te llame al trabajo doce veces al día, ni que te hable en media lengua. Y parece como si en este último mes se hubiese puesto todavía peor. Me pregunto si no será una simple.

-Ah, Smith, siempre el mismo conservador. Bueno, llegamos a mi casa. ¿Quieres conocer mi secreto? ¿Cómo pude salir esta noche?

-Me gustaría saberlo.

-Mira allá arriba -dijo Braling.

Los dos hombres se quedaron mirando el aire oscuro. En una ventana del segundo piso apareció una sombra. Un hombre de treinta y cinco años, de sienes canosas, ojos tristes y grises y bigote minúsculo se asomó y miró hacia abajo.

-Pero, cómo, ¡eres tú! -gritó Smith.

-¡Chist! ¡No tan alto!

Braling agitó una mano. El hombre respondió con un ademán y desapareció.

-Me he vuelto loco -dijo Smith.

-Espera un momento.

Los hombres esperaron. Se abrió la puerta de calle y el alto caballero de los finos bigotes y los ojos tristes salió cortésmente a recibirlos.

-Hola, Braling -dijo.

-Hola, Braling -dijo Braling.

Eran idénticos. Smith abría los ojos.

-¿Es tu hermano gemelo? No sabía que…

-No, no -dijo Braling serenamente-. Inclínate. Pon el oído en el pecho de Braling Dos. Smith titubeó un instante y al fin se inclinó y apoyó la cabeza en las impasibles costillas. Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic.

-¡Oh, no! ¡No puede ser!

-Es.

-Déjame escuchar de nuevo. Tlc-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic. Smith dio un paso atrás y parpadeó, asombrado. Extendió una mano y tocó los brazos tibios y las mejillas del muñeco.

-¿Dónde lo conseguiste?

-¿No está bien hecho?

-Es increíble. ¿Dónde?

-Dale al señor tu tarjeta, Braling Dos.

Braling Dos movió los dedos como un prestidigitador y sacó una tarjeta blanca. MARIONETAS, SOCIEDAD ANÓNIMA

Nuevos Modelos de Humanoides Elásticos, De funcionamiento garantizado, Desde 7.600 a 15.000 dólares, Todo de litio.

-No -dijo Smith.

-Sí -dijo Braling.

-Claro que sí -dijo Braling Dos.

-¿Desde cuándo lo tienes?

-Desde hace un mes. Lo guardo en el sótano, en el cajón de las herramientas. Mi mujer nunca baja, y sólo yo tengo la llave del cajón. Esta noche dije que salía a comprar unos cigarros. Bajé al sótano, saqué a Braling Dos de su encierro, y lo mandé arriba, para que acompañara a mi mujer, mientras yo iba a verte, Smith.

-¡Maravilloso! ¡Hasta huele como tú! ¡Perfume de Bond Street y tabaco Melachrinos!

-Quizás me preocupe por minucias, pero creo que me comporto correctamente. Al fin y al cabo mi mujer me necesita a mí. Y esta marioneta es igual a mí, hasta el último detalle. He estado en casa toda la noche. Estaré en casa con ella todo el mes próximo. Mientras tanto otro caballero paseará al fin por Río. Diez años esperando ese viaje. Y cuando yo vuelva de Río, Braling Dos volverá a su cajón. Smith reflexionó un minuto o dos.

-¿Y seguirá marchando solo durante todo ese mes? -preguntó al fin.

-Y durante seis meses, si fuese necesario. Puede hacer cualquier cosa -comer, dormir, transpirar cualquier cosa, y de un modo totalmente natural. Cuidarás muy bien a mi mujer, ¿no es cierto, Braling Dos?

-Su mujer es encantadora -dijo Braling Dos-. Estoy tomándole cariño. Smith se estremeció.

-¿Y desde cuándo funciona Marionetas, S. A.?

-Secretamente, desde hace dos años.

-Podría yo… quiero decir, sería posible… -Smith tomó a su amigo por el codo-. ¿Me dirías dónde puedo conseguir un robot, una marioneta, para mí? Me darás la dirección, ¿no es cierto?

-Aquí la tienes.

Smith tomó la tarjeta y la hizo girar entre los dedos.

-Gracias -dijo-. No sabes lo que esto significa. Un pequeño respiro. Una noche, una vez al mes… Mi mujer me quiere tanto que no me deja salir ni una hora. Yo también la quiero mucho, pero recuerda el viejo poema: «El amor volará si lo dejas; el amor volará si lo atas.» Sólo deseo que ella afloje un poco su abrazo.

-Tienes suerte, después de todo. Tu mujer te quiere. La mía me odia. No es tan sencillo.

-Oh, Nettie me quiere locamente. Mi tarea consistirá en que me quiera cómodamente.

-Buena suerte, Smith. No dejes de venir mientras estoy en Río. Mi mujer se extrañará si desaparecieras de pronto. Tienes que tratar a Braling Dos, aquí presente, lo mismo que a mí.

-Tienes razón. Adiós. Y gracias.

Smith se fue, sonriendo, calle abajo. Braling y Braling Dos se encaminaron hacia la casa. Ya en el ómnibus, Smith examinó la tarjeta silbando suavemente. Se ruega al señor cliente que no hable de su compra. Aunque ha sido presentado al Congreso un proyecto para legalizar Marionetas, S. A., la ley pena aún el uso de los robots.

-Bueno -dijo Smith.

Se le sacará al cliente un molde del cuerpo y una muestra del color de los ojos, labios, cabellos, piel, etc. El cliente deberá esperar dos meses a que su modelo esté terminado. No es tanto, pensó Smith. De aquí a dos meses mis costillas podrán descansar al fin de los apretujones diarios. De aquí a dos meses mi mano se curará de esta presión incesante. De aquí a dos meses mi aplastado labio inferior recobrará su tamaño normal. No quiero parecer ingrato, pero… Smith dio vuelta la tarjeta. Marionetas, S. A. funciona desde hace dos años. Se enorgullece de poseer una larga lista de satisfechos clientes. Nuestro lema es «Nada de ataduras.» Dirección: 43 South Wesley.

El ómnibus se detuvo. Smith descendió, y caminó hasta su casa diciéndose a sí mismo: Nettie y yo tenemos quince mil dólares en el banco. Podría sacar unos ocho mil con la excusa de un negocio. La marioneta me devolverá el dinero, y con intereses. Nettie nunca lo sabrá.

Abrió la puerta de su casa y poco después entraba en el dormitorio. Allí estaba Nettie, pálida, gorda, y serenamente dormida.

-Querida Nettie. -Al ver en la semioscuridad ese rostro inocente, Smith se sintió aplastado, casi, por los remordimientos-. Si estuvieses despierta me asfixiarías con tus besos y me hablarías al oído. Me haces sentir, realmente, como un criminal. Has sido una esposa tan cariñosa y tan buena. A veces me cuesta creer que te hayas casado conmigo, y no con Bud Chapman, aquel que tanto te gustaba. Y en este último mes has estado todavía más enamorada que antes.

Los ojos se le llenaron de lágrimas. Sintió de pronto deseos de besarla, de confesarle su amor, de hacer pedazos la tarjeta, de olvidarse de todo el asunto. Pero al adelantarse hacia Nettie sintió que la mano le dolía y que las costillas se le quejaban. Se detuvo, con ojos desolados, y volvió la cabeza. Salió de la alcoba y atravesó las habitaciones oscuras. Entró canturreando en la biblioteca, abrió uno de los cajones del escritorio, y sacó la libreta de cheques.

-Sólo ocho mil dólares -dijo-. No más. -Se detuvo-. Un momento. Hojeó febrilmente la libreta.

-¡Pero cómo! -gritó-. ¡Faltan diez mil dólares! -Se incorporó de un salto-. ¡Sólo quedan cinco mil!

¿Qué ha hecho Nettie? ¿Qué ha hecho con ese dinero? ¿Más sombreros, más vestidos, más perfumes? ¡Ya sé! ¡Ha comprado aquella casita a orillas del Hudson de la que ha estado hablando durante tantos meses! Se precipitó hacia el dormitorio, virtuosamente indignado. ¿Qué era eso de disponer así del dinero? Se inclinó sobre su mujer.

-¡Nettie! -gritó-. ¡Nettie, despierta!

Nettie no se movió.

-¡Qué has hecho con mi dinero! -rugió Smith.

Nettie se agitó, ligeramente. La luz de la calle brillaba en sus hermosas mejillas. A Nettie le pasaba algo. El corazón de Smith latía con violencia. Se le secó la boca. Se estremeció. Se le aflojaron las rodillas.

-¡Nettie, Nettie! -dijo-. ¿Qué has hecho con mi dinero?

Y en seguida, esa idea horrible. Y luego el terror y la soledad. Y luego el infierno, y la desilusión. Smith se inclinó hacia ella, más y más, hasta que su oreja febril descansó, firmemente, irrevocablemente, sobre el pecho redondo y rosado.

-¡Nettie! -gritó.

Tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic-tic.

Mientras Smith se alejaba por la avenida, internándose en la noche, Braling y Braling. Los dos se volvieron hacia la puerta de la casa.

-Me alegra que él también pueda ser feliz -dijo Braling.

-Sí -dijo Braling Dos distraídamente.

-Bueno, ha llegado la hora del cajón, Braling Dos.

-Precisamente quería hablarle de eso -dijo el otro Braling mientras entraban en la casa- . El sótano. No me gusta. No me gusta ese cajón.

-Trataré de hacerlo un poco más cómodo.

-Las marionetas están hechas para andar, no para quedarse quietas. ¿Le gustaría pasarse las horas metido en un cajón?

-Bueno…

-No le gustaría nada. Sigo funcionando. No hay modo de pararme. Estoy perfectamente vivo y tengo sentimientos.

-Esta vez sólo será por unos días. Saldré para Río y entonces podrás salir del cajón. Podrás vivir arriba. Braling Dos se mostró irritado.

-Y cuando usted regrese de sus vacaciones, volveré al cajón.

-No me dijeron que iba a vérmelas con un modelo difícil.

-Nos conocen poco -dijo Braling Dos-. Somos muy nuevos. Y sensitivos. No me gusta nada imaginarlo al sol, riéndose, mientras yo me quedo aquí pasando frío.

-Pero he deseado ese viaje toda mi vida -dijo Braling serenamente.

Cerró los ojos y vio el mar y las montañas y las arenas amarillas. El ruido de las olas le acunaba la mente. El sol le acariciaba los hombros desnudos. El vino era magnífico.

-Yo nunca podré ir a Río -dijo el otro-. ¿Ha pensado en eso?

-No, yo…

-Y algo más. Su esposa.

-¿Qué pasa con ella? -preguntó Braling alejándose hacia la puerta del sótano.

-La aprecio mucho.

Braling se pasó nerviosamente la lengua por los labios.

-Me alegra que te guste.

-Parece que usted no me entiende. Creo que… estoy enamorado de ella.

Braling dio un paso adelante y se detuvo.

-¿Estás qué?

-Y he estado pensando -dijo Braling Dos- qué hermoso sería ir a Río, y yo que nunca podré ir…

Y he pensado en su esposa y… creo que podríamos ser muy felices, los dos, yo y ella.

-M-m-muy bien. -Braling caminó haciéndose el distraído hacia la puerta del sótano-.

Espera un momento, ¿quieres? tengo que llamar por teléfono. Braling Dos frunció el ceño.

-¿A quién?

-Nada importante.

-¿A Marionetas, Sociedad Anónima? ¿Para decirles que vengan a buscarme?

-No, no… ¡Nada de eso!

Braling corrió hacia la puerta. Unas manos de hierro lo tomaron por los brazos.

-¡No se escape!

-¡Suéltame!

-No.

-¿Te aconsejo mi mujer hacer esto?

-No.

-¿Sospechó algo? ¿Habló contigo? ¿Está enterada?

Braling se puso a gritar. Una mano le tapó la boca.

-No lo sabrá nunca, ¿me entiende? No lo sabrá nunca.

Braling se debatió.

-Ella tiene que haber sospechado. ¡Tiene que haber influido en ti!

-Voy a encerrarlo en el cajón. Luego perderé la llave y compraré otro billete para Río, para su esposa.

-¡Un momento, un momento! ¡Espera! No te apresures. Hablemos con tranquilidad.

-Adiós, Braling.

Braling se endureció.

-¿Qué quieres decir con «adiós»?

Diez minutos más tarde, la señora Braling abrió los ojos. Se llevó la mano a la mejilla. Alguien la había besado. Se estremeció y alzó la vista.

-Cómo… No lo hacías desde hace años -murmuró.

-Ya arreglaremos eso -dijo alguien.



(Ray Bradbury)

lunes, 21 de enero de 2013

Muchacha de otra parte


Cuando me contestó que no era de acá, yo pensé, sin demasiada imaginación, que estaba hablando de Buenos Aires. Es el destino, le dije, yo tampoco soy de acá, y agregué que era un buen modo de empezar una historia de amor. Ella me miró con una expresión que sólo puedo describir como de desagrado, como suelen mirar las mujeres muy jóvenes cuando el tipo que está con ellas y al que acaban de conocer dice alguna estupidez. La edad, más tarde, les enseña a disimular estos pequeños gestos helados, estas barreras de desdén, de ahí que asienten, consienten y a la larga hasta nos estiman, cuando lo que de veras sucede es que han crecido y ya no esperan demasiado del varón. Lo que estoy contando sucedió hace quince años, en otoño. Sé que era otoño porque la encontré en Parque Lezica y una de las primeras cosas que dijo fue que el camino del puente siempre está cubierto de hojas, como este sendero de la plaza. Le pregunté que puente, y ella me lo describió. Al bajar del tren, tomando a la derecha, hay un camino con una doble hilera de plátanos, en seguida está el puente de madera. Después habló de los medanos. Yo no le presté mucha atención. Estaba considerando seriamente si esa chica me gustaba o no, lo que sólo podía significar que no me gustaba, cosa que (hoy lo sé) era realmente la peor manera de empezar una historia de amor. No hay más que ir descubriendo virtudes, transparencias, hermosuras parciales en una mujer, para que esa mujer se transforme en una fatalidad. Ya he cumplido cincuenta años; ella, hoy, no tendría más de treinta. Con esto quiero decir que la noche del parque andaría por los dieciséis, aunque no sé por que escribo que hoy no "tendría". Tal vez porque sólo la concibo como era entonces, una adolescente un poco demasiado intensa para mi gusto, más bien sombría, alta, de pelo muy negro y piernas delgadas. No había nada en su rostro, salvo quizá la nariz, que llamara mucho la atención. Tenía eso que suele describirse como una nariz imperiosa. Sus ojos, vistos de frente, no eran grandes ni de uno de esos colores hipnóticos e inhallables como el malva, por ejemplo, ni siquiera verdes. Vivió a mi alrededor durante dos años y no tengo ningún recuerdo sobre el color de sus ojos. Tal vez fueran pardos, aunque podían virar a un tono más oscuro que los volvía casi negros. O acaso esta impresión la daban sus pestañas, y por eso he dicho que sus ojos, vistos de frente, no tenían nada de particular. Vistos de perfil, en cambio, eran asombrosos. Y esta fue la primera belleza parcial que descubrí en ella. La segunda, fue el pie. No hay en todo el arte gótico un modelo adecuado para un pie desnudo como el que se me reveló esa misma noche en uno de los hoteles de las cercanías del parque. Imagino que alguien estará pensando que, si ella tenía dieciséis años, su aspecto no debía ser muy infantil, o no la hubieran dejado entrar en un hotel conmigo. Lo cierto es que nunca supe su edad real, parecía de dieciséis. Y nunca dejó de parecerlo. Claro que a esa edad crecer uno o dos años es lo mismo que crecer un día, así que no tenía por que cambiar demasiado, aunque ya hace mucho tiempo que empecé a preguntarme si su primera confesión de esa noche (no soy de acá) no significaba algo distinto de lo que yo imaginé. Hay otros mundos, es cierto. Son tan reales como este; y no diré ninguna novedad si aseguro que están en este.
   En cuanto al hotel, requiere alguna explicación. En esa época las mujeres usaban aquellos bolsos enormes, tipo mochila. Nunca supe qué metían ahí adentro; pero era como si se desplazaran por Buenos Aires con la casa encima, como los caracoles. Lo increíble solía ser su peso. Y bastaría reflexionar un segundo sobre el peso de aquellos bolsos de Pandora y sobre la cantidad de cuadras que eran capaces de caminar llevándolos a cuestas, para dudar seriamente de la fragilidad física de las mujeres, al menos de las de mi tiempo. Si no fuera por la cara que tenés, te propondría ir a dormir a un hotel, le había dicho yo. No creo haber pronunciado en mi vida una frase tan directa ni con menos intención de ser tomada en serio. Ella me miró, frunciendo las cejas, como si considerase el aspecto práctico del problema. Estábamos sentados en un banco de la plaza; ahí mismo abrió su bolso, sacó unos anteojos negros, sacó una impresionante capelina de paja, la restituyó a su forma original con dos o tres toques parecidos a pases mágicos, sacó unas sandalias doradas de taco más que mediano, que cambió rápidamente por sus zapatillas de tenis y sus medias de jugador de fútbol, se puso la capelina y me dijo: "Vamos." El poder mimético de las mujeres no es un descubrimiento mío. Con poseer dos o tres atributos básicos, cualquier chica que ordeña vacas puede transformarse en condesa, si la visten adecuadamente; y la historia del mundo prueba que esto ocurre a cada momento. Unos segundos antes yo tenía sentada a mi lado a una adolescente de pantalones bombachudos, chiripá y zapatillas de delincuente juvenil; ahora tenía, de pie frente a mí, a una altísima joven de babuchas más o menos orientales, capelina, chal sobre los hombros y anteojos negros. Una actriz de cine dispuesta a no revelar su identidad o una princesa de la casa de Mónaco viajando de incógnito por la Argentina. En la media luz violeta de la concerjería del hotel, era realmente un espectáculo sobrecogedor. Acaso aún parecía algo joven; pero nadie en el mundo se hubiera atrevido a importunarla preguntándole la edad. De más está decir que a estas alturas el bolso faraónico lo cargaba yo. Ella llevaba en la mano una carterita, que luego resultó ser de útiles relativamente escolares y que podía pasar por ese otro tipo de objetos misteriosos, por lo liliputiense, que las mujeres llevan a las fiestas y que acaso contiene un pañuelito de diez centímetros cuadrados, un geniol, una estampilla. Subimos y caí extenuado sobre la cama, a causa de la mochila. Y ahora tal vez debo decir que he visto desnudarse a algunas mujeres. No tantas como me gustaría hacerle creer a la gente; pero he visto a algunas. Nunca vi a ninguna que se desnudara, por primera vez, como ella. Ni artificio ni cálculo ni erotismo: se desvistió como una chica que se va a pegar un baño, cosa que por otra parte hizo. Cuando por fin se acercó a la cama, envuelta en un toallón, yo dije la segunda de las muchas estupideces que iba a decirle en mi vida. Le pregunté cuántas veces había practicado el número transformista de las sandalias, los anteojos y la capelina. No recuerdo si habló; recuerdo que abrió los ojos y se llevó las manos al pecho, como si se ahogara. Las pupilas le brillaban en la oscuridad como las de un animal aterrorizado. En más de una ocasión sospeché que estaba algo loca o que no era del todo real; esa noche fue la primera. Calmarla me llevo mucho tiempo; acostarme con ella, también. Más tarde le pregunte por que había aceptado venir. "Por el modo en que me lo pediste", dijo sonriendo. Lo que pasó esa noche, lo que pasó hasta la madrugada de ese día y de otros días, prefiero no recordarlo con palabras. Lo que una mujer hace con un hombre, cualquier mujer lo ha hecho y lo hará con cualquier hombre. Sólo los imbéciles creen que esa fatalidad es la pobreza del amor, no saben que ahí reside su eternidad, su linaje, su misterio. Tal vez no todas las mujeres murmuran casi con odio no soy de acá, no soy de acá, cuando el sexo las pierde en esa región que sólo ellas conocen; pero, digan o callen lo que quieran, cualquier hombre ha sentido que cuando por fin todo termina parecen volver de otro lugar. Ella, a veces, me lo describía. Hay allá la cúpula de una pequeña iglesia, que se ve entre los árboles si uno se detiene en el lugar adecuado del puente. Hay a veces un arroyo de aguas traslúcidas entre cuyas piedras nadan pececitos negros, que acaso son pequeños renacuajos, aunque a ella esa idea le resultara desoladora. Otras veces no había arroyo, y sí largas veredas arboladas de moras. Sólo una vez hubo un faro. Esas inesperadas variantes, que al principio me parecían caprichos, distracciones o mentiras, dibujaron con el tiempo un mapa preciso que ahora yo puedo reconstruir árbol por árbol, casa por casa, médano por médano. Porque los médanos estaban siempre, en sus palabras y en sus sueños. Como estaba siempre el camino dc los plátanos dobles, cubierto de hojas y, al terminar ese camino, el puente de madera desde donde se ve el campanario de la pequeña iglesia. De la primera noche no recuerdo estas cosas, sino de otras noches, en las que volvíamos de un cine de barrio, caminábamos por el puerto y nos despertábamos en mi departamento o en cualquier hotel donde la capelina había sido reemplazada por un vestido rojo de escote escalofriante y los ojos maquillados como un oso panda.
   Sé que lo que voy a escribir ahora suena pueril, novelesco, demasiado fácil de ser escrito; pero nunca supe su verdadero nombre. Tampoco supe dónde vivía ni con quién. Con un abuelo muy viejo, me dijo a desgano una tarde en que insistí casi con enojo. El abuelo, por lo menos esa tarde, estaba casi ciego y apenas tenía contacto con la realidad, lo que significaba que ella podía volver a cualquier hora y hasta faltar de la casa uno o dos días, con tal de no dejarlo morir de hambre. Una madrugada le propuse acompañarla. Me preguntó si estaba loco. Qué iba a pensar la tía Amelia si la veían llegar con un hombre que era casi una persona mayor después de haber faltado un día entero de su casa. Esa noche me había hablado del faro; me desperté de golpe y la vi sentada en la cama, mirándome desde muy cerca, con los ojos muy abiertos. "Volví a soñar con el faro", me dijo. Yo dije que no era cierto y la oí gritar por primera vez. "Qué sabés de mí", gritó. "No sabes nada de mí. Volví a soñar con el faro y era el faro al que iba a jugar cuando era chica; ahora ya no está, pero era el mismo faro." Le conteste que no era posible que hubiese vuelto a soñar con un faro, ya que nunca me había hablado antes de ningún faro. Me miró con rencor, después me miró con miedo. Comenzó a vestirse y parecía desconcertada. "No puedo haber soñado con el faro", dijo de pronto. "Lo inventé todo." Ésa fue la madrugada en que le propuse acompañarla y ella me habló de la tía Amelia. Le hice notar que hasta hoy había vivido con el abuelo. Me miró sin ninguna expresión, o quizá con la misma mirada desdeñosa del primer día. "No voy a volver a verte nunca más", me dijo. Y, por un tiempo, no volvió. Si no hubiera vuelto nunca, tal vez yo ahora no estaría buscando el pueblo que está más allá de la arboleda y el puente; pero un día, al llegar a mi departamento, la encontré sentada en mi cama. Miraba fascinada una revista de historietas y estaba comiendo una torta de azúcar negra. Tenía el pelo más largo. Levantó una mano y, sin apartar los ojos de la revista, me saludó moviendo apenas los dedos. No tuve tiempo de asombrarme porque sucedieron dos cosas. Verla ahí, tan irrefutable y casual, me hizo tomar conciencia de que si ella no hubiera vuelto yo no habría tenido manera de encontrarla. La otra, fue algo que dijo. Yo le había preguntado dónde estuviste todo este tiempo, y ella, con distraída alegría, contestó de inmediato: "En casa." No fueron las palabras, sino el tono con que las pronunció. Supe que no hablaba de la casa del abuelo ciego o la tía Amelia, admitiendo que existieran. Ni siquiera pensaba la palabra casa en el mismo sentido que yo, en el sentido convencional de objeto para habitar. Había dicho casa como una sirena diría que ha vuelto unos meses al mar. Iba a preguntarle cómo había entrado pero me callé. Desde ese día aprendí a callarme. Para empezar, me resultaba un poco alarmante admitir que su casa, su casa real, en algún barrio de Buenos Aires, me importara mucho menos que el lugar con el que soñaba y del que me hablaba a veces, como si hablara en sueños, sin poner ninguna atención en que ciertos detalles descriptivos coincidieran o no. En segundo lugar, noté algunas cosas que podría haber notado mucho antes, lo que de paso agravó mi temor retrospectivo, el miedo inesperado de lo que podría faltarme si ella no hubiera vuelto. Me di cuenta, por ejemplo, de que la quería, y me parecía inconcebible haberlo descubierto gradualmente. También me di cuenta de que no había que hostigarla con preguntas, ni atemorizarla. La violencia le daba miedo, y la ironía y la vulgaridad la llenaban de tristeza. Hoy sé que cuando un hombre comienza a tener en cuenta estas cosas mejora mucho su visión general de la vida o se vuelve idiota. Yo sigo pensando que la vida es horrible; tal vez por eso estoy buscando el pueblo. Una o dos semanas después de ese regreso me preguntó, por primera vez, qué me pasaba. No era de hacer este tipo de preguntas, lo que bien mirado podía ser un rasgo de egoísmo infantil, en el que la palabra infantil explica, mejor que ninguna otra cosa, lo que digo más arriba sobre la visión generosa del mundo y la idiotez. Tuve una intuición súbita y le dije que no, que no me pasaba nada, que sólo estaba pensando en si habría vuelto a ver el faro cuando estuvo allá. Después la tomé del hombro y le señalé el baldío de una demolición. Mirá aquella pared, le dije, con los dibujos que quedan en la medianera uno puede reconstruir cómo era la casa. "Sí", dijo, "es cierto, pero no se puede saber si eso es lindo o triste. No, el faro no está más y yo creo que nunca lo vi, debe ser una de esas historias que me cuenta el abuelo". Le pregunté por qué habrían plantado una hilera doble de moreras a los costados del camino. Se rió y me preguntó de qué estaba hablando. "No son moras", dijo, "son plátanos altísimos y viejísimos, la calle de las moras es la de la vieja Eglantina, la que nos regalaba semillas de mirasol". Yo insinué que los médanos, al correrse con el viento, debían taparlo todo. Seguía riéndose. Los médanos están hacia el otro lado, como quien sale del pueblo. Y no tapan las casas pero es cierto que se mueven, a la noche, y cuando uno despierta todo está cambiado y es como si el pueblo entero se hubiera ido a otro lugar. Se calló. Me estaba mirando con desconfianza, no lo sentí en sus ojos, que no veía, sino en la rigidez de su piel bajo mi mano. Era como si cualquier lugar de su cuerpo estuviera tramado con la misma materia sensible e intensa. Le dije que tenía sueño, que tal vez debiera ponerse la capelina. Me dijo que no había traído la capelina ni los anteojos negros ni las pinturas y que odiaba los hoteles. Iba a contestarle que la última vez no parecía odiarlos tanto, pero reconocí con cautela que, si lo pensaba un poco, yo también les tenía rencor. Caminamos hacia mi departamento. Yo subo, le dije en la puerta. Me siguió. Cuando llegamos al dormitorio tuve otra intuición. Y ahora te ponés la capelina y me mostrás el pie. Volvió a reírse. Y, por lo menos esa noche, sentí que a veces poseo cierta habilidad natural para hacer bien algunas cosas.
   Todos tenemos tendencia a creer que la felicidad está en el pasado. Yo también he sentido que algunos minutos de ese tiempo fueron la felicidad, pero no podría vivir si pensara que todo lo que se me ha concedido ya sucedió. Un día de estos voy a envejecer de golpe, lo sé; pero también sé que si cruzo aquel puente ella podrá reconocer mi cara. Ya conozco el lugar como si yo mismo hubiera nacido en él, no con exactitud porque la memoria altera, sustituye y afantasma los objetos, pero con la suficiente certeza como para saber cuáles son sus formas esenciales. Una vez leí que todos los pueblos se parecen. El que escribió eso debe odiar a la gente. No hay un solo pueblo, tenga médanos o no, que sea idéntico a otro, porque es uno el que inventa sus lugares, levanta sus casas, traza sus calles y decide el curso de sus arroyos entre las piedras. Todos los que no somos de acá, sabemos esto. Me costó más de cuarenta años aprender esta verdad, que una alta chica loca de pie árabe conocía a los dieciséis. Cuando ella por fin desapareció, yo todavía ignoraba estas cosas, pero ya conocía los detalles, la topografía, el color del pueblo. A las siete de la tarde, en otoño, uno entrecierra los ojos en los médanos, y es como una ceniza apenas dorada. Cuando existe el arroyo, la zona del puente, a la noche, parece un cielo invertido, de un azul muy oscuro, móvil, porque las luciérnagas se reflejan en el agua y es como si las constelaciones salieran de la tierra . Hay dos molinos. El viejo Matías tiene un caballo matusalénico, de más de treinta años. "Tiene casi tu edad, Abelardo", me dijo alarmada una de las últimas noches que nos vimos. Yo le contesté que los caballos, por lo menos en algún sentido, no son siempre como las personas. Ya he dicho que el tono irónico la molestaba o la desconcertaba. "Por qué decís en algún sentido", me preguntó. Yo estaba cansado y algo distraído esa noche, hice una broma acerca del comportamiento sexual que ciertas jóvenes de su edad consideraban natural en el varón. Tardé una hora en explicarle que era una broma, y otra hora en convencerla de que debía acostarse conmigo. El cansancio produce efectos paradójicos, el pudor herido de las mujeres también. Aquello fue como ser sacrificado y asesinar al mismo tiempo a una deidad loca, como cambiar el alma por un cuerpo y vaciarse en el otro y llenarse de él y despertar diez veces en un cielo y en un infierno ajenos. Lo que aún no conocía del lugar, lo conocí esa noche. No sólo porque ella habló horas en el entresueño, sino porque lo vi. Lo vi dentro de ella mientras yo era ella. Cuando se despertó, a las cuatro de la mañana, simulé estar dormido. Cuando salió de casa, me vestí a medias, me eché un sobretodo encima y la seguí. El cansancio me daba la lucidez y la decisión de un criminal. No era sólo el afán de saber adónde iba cuando me dejaba; era la voluntad de recuperarla cuando no volviera. Porque esa noche supe también que, por alguna razón, aquello no podía durar mucho tiempo más, y que ella, sin saberlo, decidiría el momento de la separaeión. Vi su casa, su casa real, en un sórdido y real barrio casi en el límite de Buenos Aires. Era una casa baja, en una cuadra de tierra de esas que aún quedaban, o todavia existen, por la zona de Pompeya. Tenía una verja de alambre tejido y, al frente, un jardín con malvones y un arbolito raquítico. Ella cortaba algo del arbolito y lo iba poniendo en la palma de su otra mano. Después se llevó la palma de la mano a la boca y entró en la casa sin encender la luz. Esperé más de una hora y no volvió a salir. Ahí vivía y no sabía que la había seguido. Cuando llegué a mi departamento iba repitiendo el nombre de la calle y la numeración de la cuadra. No era ese el modo de volver a hallarla, pero uno se aferra hasta el último momento al consuelo de lo real. Volví a verla, por supuesto; algunas veces. Nada cambió. Ni los cines de barrio ni los encuentros en el parque ni siquiera el rito de la capelina en los hoteles. Un día me dijo que el abuelo estaba muriéndose, y supe, por fin, lo que ni ella sabía: que ya no iba a verla más. Dejé pasar un tiempo y fui hasta Pompeya. Pensé algo en lo que no había pensado hasta ese momento. Me van a decir que no la conocen, que nunca la vieron. La conocían, sin embargo. La chica del pelo negro, que visitaba al abuelo de la casa amarilla. Ya no andaba por allí, a decir verdad no vivía en la casa, venía y se iba, y cuando murió el señor no volvió más. Pregunté por la tía Amelia. Nunca hubo una tía Amelia, eran ellos dos. En realidad, él solo; la chica venía a veces.
   Y es todo. Esto fue hace quince años; desde hace diez estoy buscando el pueblo. Sé que existe, porque ella soñaba con él y sabía cómo se llega. Tengo también otras razones, que ustedes no compartirán. En una cortada de tierra, en Pompeya, vi unos plátanos. El árbol del jardín de la casita era una mora.

(Abelardo Castillo)

miércoles, 26 de diciembre de 2012

CORTÁZAR


Con un solo brazo nos abrazaba a los dos. El brazo era larguísimo, como antes, pero todo el resto se había reducido mucho, y por eso Helena lo soñaba con desconfianza, entre creyendo y no creyendo. Julio Cortázar explicaba que había podido resucitar gracias a una máquina japonesa, que era una máquina muy buena pero que todavía estaba en fase de experimentación, y que por error la máquina lo había dejado enano.

Julio contaba que las emociones de los vivos llegan a los muertos como si fueran cartas, y que él había querido volver a la vida por la mucha pena que le daba la pena que su muerte nos había dado. Además, decía, estar muerto es una cosa que aburre. Julio decía que andaba con ganas de escribir algún cuento sobre eso.

Eduardo Galeano

jueves, 20 de diciembre de 2012

Casa de locos


De a ratos se acerca y me pregunta que pasa con la  rata, si paso, si la vi. Me dice que es un hamster de color blanco, que lo mira fijo desde arriba del ropero. Que ya la va a agarrar...


Yo me tiro en el piso y espero a que la rata pase, lista para darle en la cabeza con una rueda de color rojo.


Los ruidos nunca cesan, a veces es aire, otras veces son voces susurrando todo el tiempo. También es un cuchillo afilándose en el patio, gotas que caen formando una melodía llena de nostalgia y de las cosas de que se yo, de la infancia que ya se borraron pero que se sienten de alguna manera.


Se me acerca de nuevo, esta vez sacándose el pantalón y me dice que se va a casar, llevando un traje con una cola muy larga, un traje de color rosa, y después me pregunta en que momento y por que motivo perdió el pantalón y si de verdad esta lloviendo o lo estamos imaginando.


Una chica vestida de blanco con los ojos negros de ojeras se me viene encima despacio y la confundo con un pequeño gato. Me dice que siempre va a perdonar mis indiscreciones, mis "vueltitas" por los barrios bajos y yo le doy las gracias y le beso la mano.



Todavía es temprano y todavía pertenecemos un poco al mundo de los vivos.A las cuatro de la mañana mas o menos ya todo esta perdido, dos personas perdidas en una nube de vapor oscuro, en el humo de una fogata que vemos en el medio del comedor, de donde saltan y gritan chispas con sonrisas burlonas que nos hacen poner furiosos.


Fumamos un cigarrillo en la ventana y escribimos historias con el humo. Novelas completas  que algún día alguien va a querer publicar y mejor aun, comprar y leer y decir: que genios! que locos!


Mientras me paso los dedos suavemente por el pelo, que para esta hora ya esta blanco, tomo un libro de la biblioteca y lo transformo en una caja. Me meto adentro y pienso en una rosa. Ahora el ya esta vestido de payaso, baila por toda la casa, rompe los platos, busca la rata, me pregunta si puede meterse a la caja, le digo que no, se pone a llorar, lo dejo entrar un rato.


Amanece y el ruido del gran reloj del living retumba por todos lados, un reloj que no tenemos pero que sin embargo escuchamos, uno que nos marca las horas y los delirios. Es cierto que a veces lloramos pero también es cierto que muchas otras veces somos felices en nuestro laberinto infinito de placas de tiza y hormiguero gigante, de fantasmas y una pecera vacía en la cocina.


Para las seis de la mañana ya estamos flotando en el techo que ahora es un mar lleno de peces que nos nadan en la panza, ya las dos cabezas están blancas y la rata esta viva, el reloj retumba, mi caja queda chica y las historias de humo de cigarrillo son aburridas pero ya es tarde para dormir o temprano para despertar.


Ahora queda abrir los paraguas y recordar vestirnos antes de salir a la calle. Queda salir y caminar, al trabajo, a la entrevista, a esas cosas de gente que hace la gente como la gente. Y nos sale tan bien, somos dos camaleones jugando en el mundo y somos dos mas del montón  Y así hay que seguir la rutina, no quiero ni imaginarme que nos pasaría si alguien conociera la verdad de nuestras noches en esta casa.

Melisa Crippa

LA MENINGITIS Y SU SOMBRA


No vuelvo de mi sorpresa. ¿Qué diablos quieren decir la carta de
Funes, y luego la charla del médico? Confieso no entender una palabra
de todo esto.

He aquí las cosas. Hace cuatro horas, a las 7 de la mañana, recibo una
tarjeta de Funes, que dice así:

     _Estimado amigo:

     Si no tiene inconveniente, le ruego que pase esta noche
     por casa. Si tengo tiempo iré a verlo antes. Muy suyo

     Luis María Funes_.

Aquí ha comenzado mi sorpresa. No se invita a nadie, que yo sepa, a
las siete de la mañana para una presunta conversación en la noche, sin
un motivo serio. ¿Qué me puede querer Funes? Mi amistad con él es
bastante vaga, y en cuanto a su casa, he estado allí una sola vez. Por
cierto que tiene dos hermanas bastante monas.

Así, pues, he quedado intrigado. Esto en cuanto a Funes. Y he aquí que
una hora después, en el momento en que salía de casa, llega el doctor
Ayestarain, otro sujeto de quien he sido condiscípulo en el colegio
nacional, y con quien tengo en suma la misma relación a lo lejos que
con Funes.

Y el hombre me habla de a, b y c, para concluir:

--Veamos, Durán: Vd. comprende de sobra que no he venido a verlo a
esta hora para hablarle de pavadas; ¿no es cierto?

--Me parece que sí--no pude menos que responderle.

--Es claro. Así, pues, me va a permitir una pregunta, una sola. Todo
lo que tenga de indiscreta, se lo explicaré en seguida. ¿Me permite?

--Todo lo que quiera--le respondí francamente, aunque poniéndome al
mismo tiempo en guardia.

Ayestarain me miró entonces sonriendo, como se sonríen los hombres
entre ellos, y me hizo esta pregunta disparatada:

--¿Qué clase de inclinación siente Vd. hacia María Elvira Funes?

¡Ah, ah! ¡Por aquí andaba la cosa, entonces! ¡María Elvira Funes,
hermana de Luis María Funes, todos en María! ¡Pero si apenas conocía a
esa persona! Nada extraño, pues, que mirara al médico como quien mira
a un loco.

--¿María Elvira Funes?--repetí.--Ningún grado ni ninguna inclinación.
La conozco apenas. Y ahora...

--No, permítame--me interrumpió.--Le aseguro que es una cosa bastante
seria... ¿Me podría dar palabra de compañero de que no hay nada
entre Vds. dos?

--¡Pero está loco!--le dije al fin.--¡Nada, absolutamente nada! Apenas
la conozco, vuelvo a repetirle, y no creo que ella se acuerde de
haberme visto jamás. He hablado un minuto con ella, ponga dos, tres,
en su propia casa, y nada más. No tengo, por lo tanto, le repito por
décima vez, inclinación particular hacia ella.

--Es raro, profundamente raro...--murmuró el hombre, mirándome
fijamente.

Comenzaba ya a serme pesado el galeno, por eminente que fuese--y lo
era,--pisando un terreno con el que nada tenían que ver sus aspirinas.

--Creo que tengo ahora el derecho...

Pero me interrumpió de nuevo:

--Sí, tiene derecho de sobra... ¿Quiere esperar hasta esta noche? Con
dos palabras podrá comprender que el asunto es de todo, menos de
broma... La persona de quien hablamos está gravemente enferma, casi a
la muerte... ¿Entiende algo?--concluyó mirándome bien a los ojos.

Yo hice lo mismo con él durante un rato.

--Ni una palabra--le contesté.

--Ni yo tampoco--apoyó encogiéndose de hombros.--Por eso le he dicho
que el asunto es bien serio... Por fin esta noche sabremos algo. ¿Irá
allá? Es indispensable.

--Iré--le dije, encogiéndome a mi vez de hombros.

Y he aquí por qué he pasado todo el día preguntándome como un idiota
qué relación puede existir entre la enfermedad gravísima de una
hermana de Funes, que apenas me conoce, y yo, que la conozco apenas.

       *       *       *       *       *

Vengo de lo de Funes. Es la cosa más extraordinaria que haya visto en
mi vida. Metempsícosis, espiritismos, telepatías y demás absurdos del
mundo interior, no son nada en comparación de este mi propio absurdo
en que me veo envuelto. Es un pequeño asunto para volverse
loco. Véase:

Fuí a lo de Funes. Luis María me llevó al escritorio. Hablamos un
rato, esforzándonos como dos zonzos, puesto que comprendiéndolo así
evitábamos mirarnos, en charlar de bueyes perdidos. Por fin entró
Ayestarain, y Luis María salió, dejándome sobre la mesa el paquete de
cigarrillos, pues se me habían concluído. Mi ex condiscípulo me contó
entonces lo que en resumen es esto:

Cuatro o cinco noches antes, al concluir un recibo en su propia casa,
María Elvira se había sentido mal--cuestión de un baño demasiado frío
esa tarde, según opinión de la madre. Lo cierto es que había pasado la
noche fatigada, y con buen dolor de cabeza. A la mañana siguiente,
mayor quebranto, fiebre; y a la noche, una meningitis, con todo su
cortejo. El delirio, sobre todo, franco y prolongado a más no pedir.
Concomitantemente, una ansiedad angustiosa, imposible de calmar. Las
proyecciones sicológicas del delirio, por decirlo así, se erigieron y
giraron desde la primera noche alrededor de un solo asunto, uno solo,
pero que absorbe su vida entera. Es una obsesión--prosiguió
Ayestarain,--una sencilla obsesión a 42°. Tiene constantemente fijos
los ojos en la puerta, pero no llama a nadie. Su estado nervioso se
resiente de esa muda ansiedad que la está matando, y desde ayer hemos
pensado con mis colegas en calmar eso... No puede seguir así. ¿Y sabe
Vd.--concluyó--a quién nombra cuando el sopor la aplasta?

--No sé...--le respondí, sintiendo que mi corazón cambiaba bruscamente
de ritmo.

--A Vd.--me dijo, pidiéndome fuego.

Quedamos, bien se comprende, un rato mudos.

--¿No entiende todavía?--dijo al fin.

--Ni una palabra...--murmuré aturdido, tan aturdido, como puede
estarlo un adolescente que a la salida del teatro ve a la primera gran
actriz que desde la penumbra del coche mantiene abierta hacia él la
portezuela... Pero yo tenía ya casi treinta años, y pregunté al
médico qué explicación razonable se podía dar de eso.

--¿Explicación? Ninguna. Ni la más mínima. ¿Qué quiere Vd. que se sepa
de eso? Ah, bueno... Si quiere una a toda costa, supóngase que en una
tierra hay un millón, dos millones de semillas distintas, como en
cualquier parte. Viene un terremoto, remueve como un demonio eso,
tritura el resto, y brota una semilla, una cualquiera, de arriba o del
fondo, lo mismo da. Una planta magnífica... ¿Le basta eso? No podría
decirle una palabra más. ¿Por qué Vd., precisamente, que apenas la
conoce, y a quien la enferma no conoce tampoco más, ha sido en su
cerebro delirante la semilla privilegiada? ¿Qué quiere que se sepa
de esto?

--Sin duda...--repuso a su mirada siempre interrogante, sintiéndome al
mismo tiempo bastante enfriado al verme convertido en sujeto gratuito
de divagación cerebral, primero, y en agente terapéutico, después.

En ese momento entró Luis María.

--Mamá lo llama--dijo al médico. Y volviéndose a mí, con una sonrisa
forzada:

--¿Lo enteró Ayestarain de lo que pasa?... Sería cosa de volverse loco
con otra persona...

Esto de _otra persona_ merece una explicación. Los Funes, y en
particular la familia de que comenzaba a formar tan ridícula parte,
tienen un fuerte orgullo; por motivos de abolengo, supongo, y por su
fortuna, que me parece lo más cierto. Siendo así, se daban por
pasablemente satisfechos con que las fantasías amorosas del hermoso
retoño se hubieran detenido en mí, Carlos Durán, ingeniero, en vez de
mariposear sobre un sujeto cualquiera de insuficiente posición social.
Así, pues, agradecí en mi fuero interno el distingo de que me hacía
honor el joven patricio.

--Es extraordinario...--recomenzó Luis María, haciendo correr con
disgusto los fósforos sobre la mesa. Y un momento después, con una
nueva sonrisa forzada:

--¿No tendría inconveniente en acompañarnos un rato? ¿Ya sabe, no?
Creo que vuelve Ayestarain.

En efecto, éste entraba.

--Empieza otra vez...--sacudió la cabeza, mirando únicamente a Luis
María. Luis María se dirigió entonces a mí con la tercera sonrisa
forzada de esa noche:

--¿Quiere que vayamos?

--Con mucho gusto--le dije. Y fuimos.

Entró el médico sin hacer ruido, entró Luis María, y por fin entré yo,
todos con cierto intervalo. Lo que primero me chocó, aunque debía
haberlo esperado, fué la penumbra del dormitorio. La madre y la
hermana, de pie, me miraron fijamente, respondiendo con una corta
inclinación de cabeza a la mía, pues creí no deber pasar de allí.
Ambas me parecieron mucho más altas. Miré la cama, y vi, bajo la bolsa
de hielo, dos ojos abiertos vueltos a mí. Miré al médico, titubeando,
pero éste me hizo una imperceptible seña con los ojos, y me acerqué
a la cama.

Yo tengo alguna idea, como todo hombre, de lo que son dos ojos que nos
aman, cuando uno se va acercando mucho a ellos. Pero la luz de
aquellos ojos, la felicidad en que se iban anegando mientras me
acercaba, el mareado relampagueo de dicha, hasta el estrabismo, cuando
me incliné sobre ellos, jamás en un amor normal a 37° los volveré
a hallar.

Balbuceó algunas palabras, pero con tanta dificultad de sus labios
resecos, que nada oí. Creo que me sonreí como un estúpido (¡qué iba a
hacer, quiero que me digan!), y ella tendió entonces su brazo hacia
mí. Su intención era tan inequívoca que le tomé la mano,

--Siéntese ahí--murmuró.

Luis María corrió el sillón hacia la cama y me senté.

Véase ahora si ha sido dado a persona alguna una situación más extraña
y disparatada:

Yo, en primer término, puesto que era el héroe, teniendo en la mía una
mano ardida en fiebre y en un amor totalmente equivocado. En el lado
opuesto, de pie, el médico. A los pies de la cama, sentado, Luis
María. Apoyadas en el respaldo, en el fondo, la madre y la hermana. Y
todos sin hablar, mirándonos con el ceño fruncido.

¿Qué iba a hacer? ¿Qué iba a decir? Preciso es que piensen un momento
en esto. La enferma, por su parte, arrancaba a veces sus ojos de los
míos, y recorría con dura inquietud los rostros presentes uno tras
otro, sin reconocerlos, para dejar caer otra vez su mirada sobre mí,
confiada en profunda felicidad.

¿Qué tiempo estuvimos así? No sé; acaso media hora, acaso mucho más.
Un momento intenté retirar la mano, pero la enferma la oprimió más
entre la suya.

--Todavía no...--murmuró, tratando de hallar más cómoda postura a su
cabeza. Todos acudieron, se estiraron las sábanas, se renovó el hielo,
y otra vez los ojos se fijaron en inmóvil dicha. Pero de vez en cuando
tornaban a apartarse inquietos y recorrían las caras desconocidas. Dos
o tres veces miré exclusivamente al médico; pero éste bajó las
pestañas, indicándome que esperara. Y tuvo razón, al fin, porque de
pronto, bruscamente, como un derrumbe de sueño, la enferma cerró los
ojos y se durmió.

Salimos todos, menos la hermana, que ocupó mi lugar en el sillón. No
era fácil decir algo--yo al menos. La madre por fin se dirigió a mí
con una triste y seca sonrisa:

--Qué cosa más horrible, ¿no? ¡Da pena!

¡Horrible, horrible! No era la enfermedad, sino la situación lo que
les parecía horrible. Estaba visto que todas las galanterías iban a
ser para mí en aquella casa. Primero el hermanito, luego la madre.
Ayestarain, que nos había dejado un instante, salió muy satisfecho del
estado de la enferma; descansaba con una placidez desconocida aún. La
madre miró a otro lado, y yo miré al médico: podía irme, claro que sí,
y me despedí.

       *       *       *       *       *

He dormido mal, lleno de sueños que nada tienen que ver con mi
habitual vida. Y la culpa de ello está en la familia Funes, con Luis
María, madre, hermanas, médicos y parientes colaterales. Porque si se
concreta bien la situación, ella da lo siguiente:

Hay una joven de diez y nueve años, muy bella sin duda alguna, que
apenas me conoce y a quien le soy profunda y totalmente indiferente.
Esto en cuanto a María Elvira. Hay, por otro lado, un sujeto joven
también--ingeniero, si se quiere--que no recuerda haber pensado dos
veces seguidas en la joven en cuestión. Todo esto es razonable,
inteligible y normal.

Pero he aquí que la joven hermosa se enferma, de meningitis o cosa por
el estilo, y en el delirio de la fiebre, única y exclusivamente en el
delirio, se siente abrasada de amor. ¿Por un primo, un hermano de sus
amigos, un joven mundano que ella conoce bien? No señor; por mí.

¿Es esto bastante idiota? Tomo, pues, una determinación, que haré
conocer al primero de esa bendita casa que llegue a mi puerta.

       *       *       *       *       *

Sí, es claro. Como lo esperaba, Ayestarain estuvo este mediodía a
verme. No pude menos que preguntarle por la enferma, y su meningitis.

--¿Meningitis?--me dijo--¡Sabe Dios lo que es! Al principio parecía, y
anoche también... Hoy ya no tenemos idea de lo que será.

--Pero, en fin--objeté,--siempre una enfermedad cerebral...

--Y medular, claro está... Con unas lesioncillas quién sabe dónde...
¿Vd. entiende algo de medicina?

--Muy vagamente...

--Bueno; hay una fiebre remitente, que no sabemos de dónde sale...
Era un caso para marchar a todo escape a la muerte... Ahora hay
remisiones--tac--tac--tac, justas como un reloj...

--Pero el delirio--insistí--¿existe siempre?

--¡Ya lo creo! Hay de todo allí... Y a propósito, esta noche lo
esperamos.

Ahora me había llegado el turno de hacer medicina a mi modo. Le dije
que mi propia sustancia había cumplido ya su papel curativo la noche
anterior, y que no pensaba ir más.

Ayestarain me miró fijamente:

--¿Por qué? ¿Qué le pasa?

--Nada, sino que no creo sinceramente ser necesario allá... Dígame:
¿Vd. tiene idea de lo que es estar en una posición humillantemente
ridícula; si o no?

--No se trata de eso...

--Sí, se trata de eso, de desempeñar un papel estúpido... ¡Curioso que
no comprenda!

--Comprendo de sobra... Pero me parece algo así como...--no se
ofenda--cuestión de amor propio.

--Muy lindo!--salté--¡Amor propio! ¡Y no se les ocurre otra cosa! ¡Les
parece cuestión de amor propio ir a sentarse como un idiota para que
me tomen la mano la noche entera ante toda la parentela con el ceño
fruncido! Si a Vds. les parece una simple cuestión de amor propio,
arréglense entre Vds. Yo tengo otras cosas que hacer.

Ayestarain comprendió al parecer la parte de verdad que había en lo
anterior, porque no insistió, y hasta que se fué no volvimos a hablar
de aquello.

Todo esto está bien. Lo que no lo está tanto es que hace diez minutos
acabo de recibir una esquela del médico, así concebida:

     _Amigo Durán:

     Con todo su bagaje de rencores, nos es indispensable
     esta noche. Supóngase una vez más que Vd. hace de
     cloral, brional, el hipnótico que menos le irrite los
     nervios, y véngase_.

     Dije un momento antes que lo malo era la precedente
     carta. Y tengo razón, porque desde esta mañana no
     espero sino esa carta...

       *       *       *       *       *

Durante siete noches consecutivas--de once a una de la mañana, momento
en que remitía la fiebre, y con ella el delirio--he permanecido al
lado de María Elvira Funes, tan cerca como pueden estarlo dos amantes.
Me ha tendido a veces su mano como la primera noche, y otras se ha
preocupado de deletrear mi nombre, mirándome. Sé a ciencia cierta,
pues, que me ama profundamente en ese estado, no ignorando tampoco que
en sus momentos de lucidez no tiene la menor preocupación por mi
existencia, presente o futura. Esto crea así un caso de sicología
singular de que un novelista podría sacar algún partido. Por lo que a
mí se refiere, sé decir que esta doble vida sentimental me ha tocado
fuertemente el corazón. El caso es éste: María Elvira, si es que acaso
no lo he dicho, tiene los ojos más admirables del mundo. Está bien que
la primera noche yo no viera en su mirada sino el reflejo de mi propia
ridiculez de remedio innocuo. La segunda noche sentí menos mi
insuficiencia real. La tercera vez no me costó esfuerzo alguno
sentirme el ente dichoso que simulaba ser, y desde entonces vivo y
sueño ese amor con que la fiebre enlaza su cabeza a la mía.

¿Qué hacer? Bien sé que todo esto es transitorio, que de día ella no
sabe quien soy, y que yo mismo acaso no la ame cuando la vea de pie.
Pero los sueños de amor, aunque sean de dos horas y a 40°, se pagan en
el día, y mucho me temo que si hay una persona en el mundo a la cual
esté expuesto a amar a plena luz, ella no sea mi vano amor
nocturno... Amo, pues, una sombra, y pienso con angustia en el día en
que Ayestarain considere a su enferma fuera de peligro, y no precise
más de mí.

Crueldad ésta que apreciarán en toda su cálida simpatía, los hombres
que están enamorados--de una sombra o no.

       *       *       *       *       *

Ayestarain acaba de salir. Me ha dicho que la enferma sigue mejor, y
que mucho se equivoca, o me veré uno de estos días libre de la
presencia de María Elvira.

--Sí, compañero--me dice. Libre de veladas ridículas, de amores
cerebrales, y ceños fruncidos... ¿Se acuerda?

Mi cara no debe expresar suprema alegría, porque el taimado galeno se
echa a reir y agrega:

--Le vamos a dar en cambio una compensación... Los Funes han vivido
estos quince días con la cabeza en el aire, y no extrañe, pues, si han
olvidado muchas cosas, sobre todo en lo que a Vd. se refiere... Por
lo pronto, hoy cenamos allá. Sin su bienaventurada persona--dicho sea
de paso--y el amor de marras, no sé en qué hubiera acabado aquello...
¿Qué dice Vd.?

--Digo--le he respondido--que casi estoy tentado de declinar el honor
que me hacen los Funes, admitiéndome a su mesa...

Ayestarain se echó a reir.

--¡No embrome!... Le repito que no sabían dónde tenían la cabeza...

--Pero para opio, y morfina, y calmante de mademoiselle, sí, eh? Para
eso no se olvidaban de mí!

Mi hombre se puso serio y me miró detenidamente.

--¿Sabe lo que pienso, compañero?

--Diga.

--Que usted es el individuo más feliz de la tierra.

--¿Yo, feliz?...

--O más suertudo. ¿Entiende ahora?

Y quedó mirándome. ¡Hum!--me dije a mí mismo:

O yo soy un idiota, que es lo más posible, o este galeno merece que lo
abrace hasta romperle el termómetro dentro del bolsillo. El maligno
tipo sabe más de lo que parece, y acaso, acaso... Pero vuelvo a lo de
idiota, que es lo más seguro.

--¿Feliz?...--insistí sin embargo--¿Por el amor estrafalario que Vd.
ha inventado con su meningitis?

Ayestarain tornó a mirarme fijamente, pero esta vez creí notar un
vago, vaguísimo dejo de amargura.

--Y aunque no fuera más que eso, grandísimo zonzo...--ha murmurado,
cogiéndome del brazo para salir.

En el camino--hemos ido al Águila, a tomar el vermut--me ha explicado
bien claro tres cosas.

1°: que mi presencia, al lado de la enferma, era absolutamente
necesaria, dado el estado de profunda excitación--depresión--todo en
uno--de su delirio.--2°: que los Funes lo habían comprendido así, ni
más ni menos, a despecho de lo raro, subrepticio e inconveniente que
pudiera parecer la aventura, constándoles, está claro, lo artificial
de todo aquel amor.--3°: que los Funes han confiado sencillamente en
mi educación, para que me dé cuenta--sumamente clara--del sentido
terapéutico que ha tenido mi presencia ante la enferma, y la de la
enferma ante mí.

--Sobre todo lo último, ¿eh?--he agregado a guisa de comentario.--El
objeto de toda esta charla es éste: que no vaya yo jamás a creer que
María Elvira siente la menor inclinación real hacia mí. ¿Es eso?

--¡Claro!--se ha encogido de hombros el médico.--Póngase Vd. en su
lugar...

Y tiene razón el bendito hombre. Porque a la sola
probabilidad de que ella...

Anoche cené en lo de Funes. No era precisamente una comida alegre, si
bien Luis María, por lo menos, estuvo muy cordial conmigo. Querría
decir lo mismo de la madre, pero por más esfuerzos que hacía para
hacerme grata la mesa, evidentemente no ve en mí sino a un intruso a
quien en ciertas horas su hija prefiere un millón de veces. Está
celosa, y no debemos condenarla. Por lo demás, se alternaban con su
hija para ir a ver a la enferma. Esta había tenido un buen día, tan
bueno que por primera vez después de quince días no hubo esa noche
subida seria de fiebre, y aunque me quedé hasta la una por pedido de
Ayestarain, tuve que volverme a casa sin haberla visto un instante.
¿Se comprende esto? ¡No verla en todo el día! ¡Ah! Si por bendición de
Dios, la fiebre, fiebre de 40, 80, 120°, cualquier fiebre, cayera esta
noche sobre su cabeza...

Y aquí está: esta sola línea del bendito Ayestarain:

     _Delirio de nuevo. Venga en seguida_.


       *       *       *       *       *

Todo lo antedicho es suficiente para enloquecer bien que mal a un
hombre discreto. Véase esto ahora:

Cuando entré anoche, María Elvira me tendió su brazo como la primera
vez. Acostó su cara sobre la mejilla izquierda, y cómoda así, fijó los
ojos en mí. No sé qué me decían sus ojos; posiblemente me daban toda
su vida y toda su alma en una entrega infinitamente dichosa. Sus
labios me dijeron algo, y tuve que inclinarme para oir:

--Soy feliz--se sonrió.

Pasado un momento sus ojos me llamaron de nuevo, y me incliné otra
vez.

--Y después...--murmuró apenas, cerrando los ojos con lentitud. Creo
que tuvo una súbita fuga de ideas. Pero la luz, la insensata luz que
extravía la mirada en los relámpagos de felicidad, inundó de nuevo sus
ojos. Y esta vez oí bien claro, sentí claramente sobre mi rostro
esta pregunta:

--Y cuando sane y no tenga más delirio...¿me querrás todavía?

¡Locura que se ha sentado a horcajadas sobre mi corazón! ¡_Después_!
¡Cuando no tenga _más delirio_! ¿Pero estábamos todos locos en la
casa, o había allí, proyectado fuera de mí mismo, un eco a mi
incesante angustia del _después_? ¿Cómo es posible que ella dijera
eso? ¿Había meningitis o no? ¿Había delirio o no? Luego mi María
Elvira...

No sé qué contesté; presumo que cualquier cosa a escandalizar a la
parentela completa si me hubieran oído. Pero apenas había murmurado
yo; apenas había murmurado ella con una sonrisa... y se durmió.

De vuelta a casa, mi cabeza era un vértigo vivo, con locos impulsos de
saltar al aire y lanzar alaridos de felicidad. ¿Quién, de entre
nosotros, puede jurar que no hubiera sentido lo mismo? Porque las
cosas, para ser claras, deben ser planteadas así: La enferma con
delirio, que por una aberración sicológica cualquiera, ama,
_únicamente_ en su delirio, a X. Esto por un lado. Por el otro, el
mismo X, que desgraciadamente para él, no se siente con fuerzas para
concretarse exclusivamente a su papel medicamentoso. Y he aquí que la
enferma, con su meningitis y su inconsciencia--su incontestable
inconsciencia--murmura a nuestro amigo:

_Y cuando no tenga más delirio... me querrás todavía?_

Esto es lo que yo llamo un pequeño caso de locura, claro y rotundo.
Anoche, cuando llegaba a casa, creí un momento haber hallado la
solución, que sería ésta: María Elvira, en su fiebre, soñaba que
estaba despierta. ¿A quién no ha sido dado soñar que está soñando?
Ninguna explicación más sencilla, claro está.

Pero cuando por pantalla de ese amor mentido hay dos ojos inmensos,
que empapándonos de dicha se anegan ellos mismos en un amor que no se
puede mentir: cuando se ha visto a esos ojos recorrer con dura
extrañeza los rostros familiares, para caer en extática felicidad ante
uno mismo, pese al delirio y cien mil delirios como ese, uno tiene el
derecho de soñar toda la noche con aquel amor--o seamos más
explícitos: con María Elvira Funes.

       *       *       *       *       *

¡Sueño, sueño y sueño! Han pasado dos meses, y creo a veces soñar aún.
¿Fuí yo o no, por Dios bendito, aquél a quien se le tendió la mano, y
el brazo desnudo hasta el codo, cuando la fiebre tornaba hostiles aún
los rostros bien amados de la casa? ¿Fuí yo o no el que apaciguó en
sus ojos, durante minutos inmensos de eternidad, la mirada mareada de
amor de mi María Elvira?

Si, fuí yo. Pero eso está acabado, concluído, finalizado, muerto,
inmaterial, como si nunca hubiera sido. Y sin embargo...

Volví a verla a los veinte días después. Ya estaba sana, y cené con
ellos. Hubo al principio una evidente alusión a los desvaríos
sentimentales de la enferma, todo con gran tacto de la casa, en lo que
cooperé cuanto me fué posible, pues en esos veinte días transcurridos
no había sido mi preocupación menor, pensar en la discreción de que
debía yo hacer gala en esa primera entrevista.

Todo fué a pedir de boca, no obstante.

--Y Vd.--me dijo la madre sonriendo--¿ha descansado del todo de las
fatigas que le hemos dado?

--Oh, era muy poca cosa!... Y aún--concluí riendo también--estaría
dispuesto a soportarlas de nuevo...

María Elvira se sonrió a su vez.

--Vd. sí; pero yo, no, le aseguro!

La madre la miró con tristeza:

--¡Pobre, mi hija! Cuando pienso en los disparates que se te han
ocurrido... En fin--se volvió a mí con agrado.--Vd. es ahora--podríamos
decir--de la casa, y le aseguro que Luis María lo estima muchísimo.

El aludido me puso la mano en el hombro y me ofreció cigarrillos.

--Fume, fume, y no haga caso.

--¡Pero Luis María!--le reprochó la madre, semi-seria--cualquiera
creería al oirte que le estamos diciendo mentiras a Durán!

--No, mamá; lo que dices está perfectamente bien dicho; pero Durán me
entiende.

Lo que yo entendía era que Luis María quería cortar con amabilidades
más o menos sosas; pero no se lo agradecí en lo más mínimo.

Entretanto, cuantas veces podía, sin llamar la atención, fijaba los
ojos en María Elvira. ¡Al fin! Ya la tenía ante mí, sana, bien sana.
Había esperado y temido con ansia ese instante. Había amado una
sombra, o más bien dicho, dos ojos y treinta centímetros de brazo,
pues el resto era una larga mancha blanca. Y de aquella penumbra, como
de un capullo taciturno, se había levantado aquella espléndida figura
fresca, indiferente y alegre, que no me conocía. Me miraba como se
mira a un amigo de la casa, en el que es preciso detener un segundo
los ojos, cuando se cuenta algo o se comenta una frase risueña. Pero
nada más. Ni el más leve rastro de lo pasado, ni siquiera afectación
de no mirarme, con lo que había yo contado como último triunfo de mi
juego. Era un sujeto--no digamos sujeto, sino ser--absolutamente
desconocido para ella. Y piénsese ahora en la gracia que me haría
recordar, mientras la miraba, que una noche, esos mismos ojos ahora
frívolos me habían dicho, a ocho dedos de los míos:

--¿Y cuando esté sana... me querrás todavía?

¡A qué buscar luces, fuegos fatuos de una felicidad muerta, sellada a
fuego en el cofrecillo hormigueante de una fiebre cerebral!
Olvidarla... Siendo lo que hubiera deseado, era precisamente lo que
no podía hacer.

Más tarde, en el hall, hallé modo de aislarme con Luis María, mas
colocando a éste entre su hermana y yo; podía así mirarla impunemente,
so pretexto de que mi vista iba naturalmente más allá de mi
interlocutor. Y es extraordinario cómo su cuerpo, desde el más
invisible cabello de su cabeza al tacón de sus zapatos, era un vivo
deseo, y cómo al cruzar el hall para ir adentro, cada golpe de su
falda contra el charol iba arrastrando mi alma como un papel.

Volvió, se rió, cruzó rozando a mi lado, sonriéndome forzosamente,
pues estaba a su paso, mientras yo, como un idiota, continuaba soñando
con una súbita detención a mi lado, y no una, sino dos manos, puestas
sobre mis sienes:

--Y bien: ahora que me has visto de pie: ¿me quieres todavía?

¡Bah! Muerto, bien muerto, me despedí, y oprimí un instante aquella
mano fría, amable y rápida.

       *       *       *       *       *

Hay, sin embargo, una cosa absolutamente cierta, y es ésta: María
Elvira puede no recordar lo que sintió en sus días de fiebre, admito
esto. Pero está perfectamente enterada de lo que pasó, por los cuentos
posteriores. Luego, es imposible que yo esté para ella desprovisto del
menor interés. De encantos--¡Dios me perdone!--todo lo que ella
quiera. Pero de interés, el hombre con quien se ha soñado veinte
noches seguidas, eso no. Por lo tanto, su perfecta indiferencia a mi
respecto, no es racional. ¿Qué ventajas, qué remota probabilidad de
dicha puede reportarme constatar esto? Ninguna, que yo vea. María
Elvira se precave así contra mis posibles pretensiones por aquello; he
aquí todo.

En lo que no tiene razón. Que me guste desesperadamente, muy bien.
Pero que vaya yo a exigir el pago de un pagaré de amor firmado sobre
una carpeta de meningitis, ¡diablo! eso no.

       *       *       *       *       *

Nueve de la mañana.--No es hora sobremanera decente de acostarse, pero
así es. Del baile de lo de Rodríguez Peña, a Palermo. Luego al bar.
Todo perfectamente solo. Y ahora a la cama.

Pero no sin disponerme a concluir el paquete de cigarrillos, antes de
que el sueño venga. Y aquí está la causa: bailé anoche con María
Elvira. Y después de bailar, hablamos así:

--Estos puntitos de la pupila--me dijo, frente uno de otro en la
mesita,--no se me han ido aún. No sé qué será... Antes de mi
enfermedad no los tenía.

Precisamente nuestra vecina de mesa acababa de hacerle notar ese
detalle. Con lo que sus ojos no quedaban sino más luminosos.

Apenas comencé a responderle, me di cuenta de la caída; pero ya era
tarde.

--Sí,--le dije, observando sus ojos;--me acuerdo de que antes no los
tenía...

Y miré a otro lado. Pero María Elvira se echó a reir:

--Es cierto; Vd. debe saberlo más que nadie.

¡Ah! ¡qué sensación de inmensa losa derrumbada por fin de sobre mi
pecho! Era posible hablar de eso, por fin!

--Eso creo--repuse.--Más que nadie, no sé... Pero si; en el momento a
que se refiere, más que nadie, con seguridad.

Me detuve de nuevo; mi voz comenzaba a bajar demasiado de tono.

¡Ah, sí!--se sonrió María Elvira. Apartó los ojos, seria ya,
alzándolos a las parejas que pasaban a nuestro lado.

Corrió un momento, para ella de perfecto olvido de lo que hablábamos,
supongo, y de sombría angustia para mí. Pero sin bajar los ojos, como
si le interesaran siempre los rostros que cruzaban en sucesión de
film, agregó de costado:

--Cuando era mi amor, al parecer.

--Perfectamente bien dicho--le dije--su amor _al parecer_.

Ella me miró entonces, devolviéndome la sonrisa.

--No...

Y se calló.

--¿No... qué? Concluya.

--¿Para qué? Es una zoncera.

--No importa; concluya.

Ella se echó a reir:

--¿Para qué? En fin...¿no supondrá que no era _al parecer_?

--Es un insulto gratuito--le respondí.--Yo fuí el primero en constatar
la exactitud de la cosa, cuando yo era su amor... _al parecer_.

--¡Y dale!...--murmuró.--Pero a mi vez el demonio de la locura me
arrastró tras aquel ¡_y dale_! burlón, a una pregunta que nunca
debiera haber hecho.

--Oigame, María Elvira--me incliné:--¿Vd. no recuerda nada, no es
cierto, nada de aquella ridícula historia?

Me miró muy seria, con altivez, si se quiere, pero al mismo tiempo con
atención, como cuando nos disponemos a oir cosas que a pesar de todo
no nos disgustan.

--¿Qué historia?--dijo.

--La otra, cuando yo vivía a su lado...--le hice notar con suficiente
claridad.

--Nada... absolutamente nada.

--Veamos; míreme un instante...

--No, ni aunque lo mire...--me lanzó en una carcajada.

--No, no es eso... Usted me ha mirado demasiado antes para que yo no
sepa... Quería decirle esto: ¿No se acuerda Vd. de haberme dicho algo...
dos o tres palabras nada más... la última noche que tuvo fiebre?

María Elvira contrajo las cejas un largo instante, y las levantó
luego, más altas que lo natural. Me miró atentamente, sacudiendo
la cabeza:

--No, no recuerdo...

--¡Ah!--me callé.

Pasó un rato. Vi de reojo que me miraba aún.

--¿Qué--murmuró.

--¿Qué... qué?--repetí.

--¿Qué le dije?

--Tampoco me acuerdo ya...

--Sí, se acuerda... ¿Qué le dije?

--No sé, le aseguro...

--Sí, sabe... ¿Qué le dije?

--¡Veamos!--me eché de nuevo sobre la mesa.--Si Vd. no recuerda
absolutamente nada, puesto que todo era una alucinación de fiebre,
¿qué puede importarle lo que me haya o no dicho en su delirio?

El golpe era serio. Pero María Elvira no pensó en contestarlo,
contentándose con mirarme un instante más y apartar la vista con una
corta sacudida de hombros.

--Vamos--me dijo bruscamente.--Quiero bailar este vals.

--Es justo--me levanté.--El sueño de vals que bailábamos no tiene nada
de divertido.

No me respondió. Mientras avanzábamos al salón, parecía buscar con los
ojos a alguno de sus habituales compañeros de vals.

--¿Qué sueño de vals desagradable para Vd.?--me dijo de pronto, sin
dejar de recorrer el salón con la vista.

--Un vals de delirio... no tiene nada que ver con esto--me encogí a
mi vez de hombros.

Creí que no hablaríamos más esa noche. Pero aunque María Elvira no
dijo una palabra, tampoco pareció hallar al compañero ideal que
buscaba. De modo que deteniéndose, me dijo con una sonrisa forzada--la
ineludible forzada sonrisa que campeó sobre toda aquella historia:

--Si quiere, entonces, baile este vals con su amor...

--... _al parecer_. No agrego una palabra más--repuse, pasando la mano
por su cintura.

       *       *       *       *       *

Un mes más transcurrido. ¡Pensar que la madre, Angélica y Luis María
están para mí ahora llenos de poético misterio! La madre es, desde
luego, la persona a quien María Elvira tutea y besa más íntimamente.
Su hermana la ha visto desvestirse. Luis María, por su parte, se
permite pasarle la mano por la barbilla cuando entra y ella está
sentada de espaldas. Tres personas bien felices, como se ve, e
incapaces de apreciar la dicha en que se ven envueltos.

En cuanto a mí, me paso la vida llevando cigarros a la boca como quien
quema margaritas: ¿me quiere? ¿no me quiere?

Después del baile en lo de Peña, he estado con ella muchas veces--en
su casa, desde luego, todos los miércoles.

Conserva su mismo círculo de amigos, sostiene a todos con su risa, y
flirtea admirablemente cuantas veces se lo proponen. Pero siempre
halla modo de no perderme de vista. Esto cuando está con los otros.
Pero cuando está conmigo, entonces no aparta los ojos de ellos.

¿Es esto razonable? No, no lo es. Y por eso tengo desde hace un mes
una buena laringitis, a fuerza de ahumarme la garganta.

Anoche, sin embargo, he tenido un momento de tregua. Era miércoles.
Ayestarain conversaba conmigo, y una breve mirada de María Elvira,
lanzada hacia nosotros por sobre los hombros del cuádruple flirt que
la rodeaba, puso su espléndida figura en nuestra conversación.
Hablamos de ella, y fugazmente, de la vieja historia. Un rato después
se detenía ante nosotros.

--¿De qué hablan?

--De muchas cosas; de Vd. en primer término--respondió el médico.

--Ah, ya me parecía...--Y recogiendo hacia ella un silloncito romano,
se sentó cruzada de piernas, el busto tendido adelante, con la cara
sostenida en la mano.

--Sigan; ya escucho.

--Contaba a Durán--dijo Ayestarain,--que casos como el que le ha
pasado a Vd. en su enfermedad, son raros, pero hay algunos. Un autor
inglés, no recuerdo cual, cita uno. Solamente que es más feliz que
el suyo.

--¿Más feliz? ¿Y por qué?

--Porque en aquél no hay fiebre, y ambos se aman en sueños. En cambio,
en este caso, Vd. era únicamente quien amaba...

¿Dije ya que la actitud de Ayestarain me había parecido siempre un
tanto tortuosa respecto a mí? Si no lo dije, tuve en aquel momento un
fulminante deseo de hacérselo sentir, no solamente con la mirada.
Algo, no obstante, de ese anhelo debió percibir en mis ojos, porque se
levantó riendo:

--Los dejo para que hagan las paces.

--¡Maldito bicho!--murmuré, ya tranquilo cuando se alejó.

--¿Por qué? ¿Qué le ha hecho?

--Dígame, María Elvira--exclamé--¿le ha hecho el amor a Vd. alguna
vez?

--¿Quién, Ayestarain?

--Sí, él.

Me miró titubeando al principio. Luego, plenamente en los ojos, seria:

--Sí--me contestó.

--¡Ah, ya me lo esperaba!... Por lo menos ese tiene
suerte...--murmuré, ya amargado del todo.

--¿Por qué?--me preguntó.

Sin responderle, me encogí violentamente de hombros y miré a otro
lado. Ella siguió mi vista. Pasó un momento.

--¿Por qué?--insistió, con esa obstinación pesada y distraída de las
mujeres, cuando comienzan a hallarse perfectamente a gusto con un
hombre. Estaba ahora, y estuvo durante los breves momentos que
siguieron, de pie, con la rodilla sobre el silloncito. Mordía un
papel--jamás supe de dónde pudo salir--y me miraba, subiendo y bajando
imperceptiblemente las cejas.

--¿Por qué?--repuse al fin.--Porque él ha tenido por lo menos la
suerte de no servir de muñeco ridículo al lado de una cama, y puede
hablar seriamente, sin ver subir y bajar las cejas como si no se
entendiera lo que digo...¿comprende ahora?

María Elvira me miró unos instantes pensativa, y luego movió
negativamente la cabeza, con su papel en los labios.

--¿Es cierto o no?--insistí, pero ya con el corazón a loco escape.

Ella tornó a sacudir la cabeza:

--No, no es cierto...

--¡María Elvira!--llamó Angélica de lejos.

Todos saben que la voz de los hermanos suele ser de lo más inoportuna.
Pero jamás una voz fraternal ha caído en un diluvio de hielo y pez
fría tan fuera de propósito como aquella vez.

María Elvira tiró el papel y bajó la rodilla.

--Me voy--me dijo riendo, con la risa que ya le conocía cuando
afrontaba un flirt.

--¡Un solo momento!--le dije.

--¡Ni uno más!--me respondió alejándose ya y negando con la mano.

¿Qué me quedaba por hacer? Nada, a no ser tragar el papelito húmedo,
hundir la boca en el hueco que había dejado su rodilla, y estrellar el
sillón contra la pared. Y estrellarme en seguida yo mismo contra un
espejo, por imbécil. La inmensa rabia de mí mismo me hacía sufrir,
sobre todo. ¡Intuiciones viriles! ¡Sicologías de hombre corrido! Y la
primer coqueta cuya rodilla está marcada allí, se burla de todo eso
con una frescura sin par!

       *       *       *       *       *

No puedo más. La quiero como un loco, y no sé, lo que es más amargo
aún, si ella me quiere realmente o no. Además, sueño, sueño demasiado,
y cosas por el estilo: Ibamos del brazo por un salón, ella toda de
blanco, y yo como un bulto negro a su lado. No había más que personas
de edad en el salón, y todas sentadas, mirándonos pasar. Era, sin
embargo, un salón de baile. Y decían de nosotros: _La meningitis y Su
Sombra_. Me desperté, y volví a soñar: el tal salón de baile estaba
frecuentado por los muertos diarios de una epidemia. El traje blanco
de María Elvira era un sudario, y yo era la misma sombra de antes,
pero tenía ahora por cabeza un termómetro. Eramos siempre _La
meningitis y Su Sombra_.

¿Qué puedo hacer con sueños de esta naturaleza? No puedo más. Me voy a
Europa, a Norte América, a cualquier parte, donde pueda olvidarla.

¿A qué quedarme? ¿A recomenzar la historia de siempre, quemándome
solo, como un payaso, o a desencontrarnos cada vez que nos sentimos
juntos? ¡Ah, no! Concluyamos con esto. No sé el bien que le podrá
hacer a mis planos esta ausencia sentimental (¡y sí, sentimental!,
aunque no quiera); pero quedarme sería ridículo, y estúpido, y no hay
para qué divertir más a las María Elvira.

       *       *       *       *       *

Podría escribir aquí cosas pasablemente distintas de las que acabo de
anotar, pero prefiero contar simplemente lo que pasó el último día que
vi a María Elvira.

Por bravata, o desafío a mí mismo, o quién sabe por qué mortuoria
esperanza de suicida, fuí la tarde anterior de mi salida a despedirme
de los Funes. Ya hacía diez días que tenía mis pasajes en el bolsillo,
por donde se verá cuánto desconfiaba de mí mismo.

María Elvira estaba indispuesta--asunto de garganta o jaqueca--pero
visible. Pasé un momento a la antesala a saludarla. La hallé hojeando
músicas, desganada. Al verme se sorprendió un poco, aunque tuvo tiempo
de echar una rápida ojeada al espejo. Tenía el rostro abatido, los
labios pálidos, y los ojos oscuros de ojeras. Pero era ella siempre,
más hermosa aún para mí, porque la perdía.

Le dije sencillamente que me iba, y que le deseaba mucha felicidad.

Al principio no me comprendió.

--¿Se va? ¿Y adónde?

--A Norte América... Acabo de decírselo.

--¡Ah!--murmuró, marcando bien claramente la contracción de los
labios. Pero en seguida me miró, inquieta.

--¿Está enfermo?

--¡Pst!... no precisamente... No estoy bien.

--¡Ah!--murmuró de nuevo. Y miró hacia afuera a través de los vidrios,
abriendo bien los ojos, como cuando uno pierde el pensamiento.

Por lo demás, llovía en la calle, y la antesala no estaba clara.

Se volvió a mí.

--¿Por qué se va?--me preguntó.

--¡Hum!--me sonreí--Sería muy largo, infinitamente largo de contar...
En fin, me voy.

María Elvira fijó aún los ojos en mí, y su expresión, preocupada y
atenta, se tornó sombría.

Concluyamos, me dije. Y adelánteme:

--Bueno, María Elvira...

Me tendió lentamente la mano, una mano fría y húmeda, de jaqueca.

--Antes de irse--me dijo--¿no me quiere decir por qué se va?

Su voz había bajado un tono. El corazón me latió locamente, pero como
en un relámpago, la vi ante mí, como aquella noche, alejándose riendo
y negando con la mano: "no, ya estoy satisfecha"... ¡Ah, no, yo
también! ¡Con aquello tenía bastante!

--Me voy--le dije bien claro--porque estoy hasta aquí, de dolor,
ridiculez y vergüenza de mí mismo! ¿Está contenta ahora?

Tenía aún la mano en la mía. La retiró, se volvió lentamente, quitó la
música del atril para colocarla sobre el piano, todo con pausa y
mesura, y me miró de nuevo con esforzada y dolorosa sonrisa:

--¿Y si yo... le pidiera que no se fuera?...

--¡Pero por Dios bendito!--exclamé--¡No se da cuenta de que me está
matando con estas cosas! ¡Estoy harto de sufrir y echarme en cara mi
infelicidad! ¿Qué ganamos, qué gana Vd. con estas cosas? ¡No, basta
ya! ¿Sabe Vd.--agregué adelantándome--lo que Vd. me dijo aquella
última noche de su enfermedad? ¿Quiere que se lo diga? ¿Quiere?

Quedó inmóvil, toda ojos.

--Si, dígame...

--¡Bueno! Vd. me dijo, y maldita sea la noche en que lo oí, Vd. me
dijo bien claro esto: y--cuan--do--no tenga--más--de--li--rio, me
que--rrás toda--ví--a? Vd. tenía delirio aún, ya lo sé... ¿Pero qué
quiere que haga yo ahora? ¿Quedarme aquí, a su lado, desangrándome
vivo con su modo de ser, porque la quiero como un idiota!... Esto es
bien claro también, eh? ¡Ah! le aseguro que no es vida la que llevo!
¡No, no es vida!

Había apoyado la frente en los vidrios, deshecho, sintiendo que
después de lo que había dicho, mi amor, mi alma, mi vida, se
derrumbaban para siempre jamás.

Pero era menester concluir y me volví: ella estaba a mi lado, y en sus
ojos--como en un relámpago, de felicidad esta vez--vi en sus ojos
resplandecer, marearse, sollozar, la luz de húmeda dicha que creía
muerta ya.

--¡María Elvira!--exclamé, grité, creo.--¡Mi amor querido! ¡Mi alma
adorada!

Y ella, en silenciosas lágrimas de tormento concluído, vencida,
entregada, dichosa, había hallado por fin sobre mi pecho, postura
cómoda a su cabeza.

       *       *       *       *       *

Y nada más. ¿Habrá cosa más sencilla que todo esto? Yo he sufrido, es
bien posible, llorado, aullado de dolor, y debo creerlo porque así lo
he escrito. ¡Pero qué endiabladamente lejos está todo eso! Y tanto más
lejos porque--y aquí está lo más gracioso de esta nuestra
historia--ella está aquí, a mi lado, leyendo con la cabeza sobre la
lapicera, lo que escribo. Ha protestado, bien se ve, ante no pocas
observaciones mías; pero en honor del arte literario en que nos hemos
engolfado con tanta frescura, se resigna como buena esposa. Por lo
demás, ella cree conmigo que la impresión general de la narración,
reconstruída por etapas, es un reflejo bastante acertado de lo que
pasó, sentimos y sufrimos. Lo cual, para obra de un ingeniero, no está
del todo mal.

En este momento María Elvira me interrumpe para decirme que la última
línea escrita no es verdad: Mi narración no sólo no está del todo mal,
sino que está bien, muy bien. Y como argumento irrefutable, me echa
los brazos al cuello y me mira, no sé si a mucho más de cinco
centímetros.

--¿Es verdad?--murmura--o arrulla, mejor dicho.

--¿Se puede poner arrulla?--le pregunto.

--¡Sí, y esto, y esto! Y me da  un beso.

¿Qué más puedo añadir?

Horacio Quiroga

El hijo

Es un poderoso día de verano en Misiones, con todo el sol, el calor y la calma que puede deparar la estación. La naturaleza, plenamente abierta, se siente satisfecha de sí.
Como el sol, el calor y la calma ambiente, el padre abre también su corazón a la naturaleza.

-Ten cuidado, chiquito -dice a su hijo, abreviando en esa frase todas las observaciones del caso y que su hijo comprende perfectamente.

-Si, papá -responde la criatura mientras coge la escopeta y carga de cartuchos los bolsillos de su camisa, que cierra con cuidado.

-Vuelve a la hora de almorzar -observa aún el padre.

-Sí, papá -repite el chico.

Equilibra la escopeta en la mano, sonríe a su padre, lo besa en la cabeza y parte. Su padre lo sigue un rato con los ojos y vuelve a su quehacer de ese día, feliz con la alegría de su pequeño.

Sabe que su hijo es educado desde su más tierna infancia en el hábito y la precaución del peligro, puede manejar un fusil y cazar no importa qué. Aunque es muy alto para su edad, no tiene sino trece años. Y parecía tener menos, a juzgar por la pureza de sus ojos azules, frescos aún de sorpresa infantil. No necesita el padre levantar los ojos de su quehacer para seguir con la mente la marcha de su hijo.

Ha cruzado la picada roja y se encamina rectamente al monte a través del abra de espartillo.

Para cazar en el monte -caza de pelo- se requiere más paciencia de la que su cachorro puede rendir. Después de atravesar esa isla de monte, su hijo costeará la linde de cactus hasta el bañado, en procura de palomas, tucanes o tal cual casal de garzas, como las que su amigo Juan ha descubierto días anteriores. Sólo ahora, el padre esboza una sonrisa al recuerdo de la pasión cinegética de las dos criaturas. Cazan sólo a veces un yacútoro, un surucuá -menos aún- y regresan triunfales, Juan a su rancho con el fusil de nueve milímetros que él le ha regalado, y su hijo a la meseta con la gran escopeta Saint-Étienne, calibre 16, cuádruple cierre y pólvora blanca.

Él fue lo mismo. A los trece años hubiera dado la vida por poseer una escopeta. Su hijo, de aquella edad, la posee ahora y el padre sonríe...

No es fácil, sin embargo, para un padre viudo, sin otra fe ni esperanza que la vida de su hijo, educarlo como lo ha hecho él, libre en su corto radio de acción, seguro de sus pequeños pies y manos desde que tenía cuatro años, consciente de la inmensidad de ciertos peligros y de la escasez de sus propias fuerzas.

Ese padre ha debido luchar fuertemente contra lo que él considera su egoísmo. ¡Tan fácilmente una criatura calcula mal, sienta un pie en el vacío y se pierde un hijo!

El peligro subsiste siempre para el hombre en cualquier edad; pero su amenaza amengua si desde pequeño se acostumbra a no contar sino con sus propias fuerzas.

De este modo ha educado el padre a su hijo. Y para conseguirlo ha debido resistir no sólo a su corazón, sino a sus tormentos morales; porque ese padre, de estómago y vista débiles, sufre desde hace un tiempo de alucinaciones.

Ha visto, concretados en dolorosísima ilusión, recuerdos de una felicidad que no debía surgir más de la nada en que se recluyó. La imagen de su propio hijo no ha escapado a este tormento. Lo ha visto una vez rodar envuelto en sangre cuando el chico percutía en la morsa del taller una bala de parabellum, siendo así que lo que hacía era limar la hebilla de su cinturón de caza.

Horrible caso... Pero hoy, con el ardiente y vital día de verano, cuyo amor a su hijo parece haber heredado, el padre se siente feliz, tranquilo y seguro del porvenir.

En ese instante, no muy lejos, suena un estampido.

-La Saint-Étienne... -piensa el padre al reconocer la detonación. Dos palomas de menos en el monte...

Sin prestar más atención al nimio acontecimiento, el hombre se abstrae de nuevo en su tarea.

El sol, ya muy alto, continúa ascendiendo. Adónde quiera que se mire -piedras, tierra, árboles-, el aire enrarecido como en un horno, vibra con el calor. Un profundo zumbido que llena el ser entero e impregna el ámbito hasta donde la vista alcanza, concentra a esa hora toda la vida tropical.

El padre echa una ojeada a su muñeca: las doce. Y levanta los ojos al monte. Su hijo debía estar ya de vuelta. En la mutua confianza que depositan el uno en el otro -el padre de sienes plateadas y la criatura de trece años-, no se engañan jamás. Cuando su hijo responde: "Sí, papá", hará lo que dice. Dijo que volvería antes de las doce, y el padre ha sonreído al verlo partir. Y no ha vuelto.

El hombre torna a su quehacer, esforzándose en concentrar la atención en su tarea. ¿Es tan fácil, tan fácil perder la noción de la hora dentro del monte, y sentarse un rato en el suelo mientras se descansa inmóvil?

El tiempo ha pasado; son las doce y media. El padre sale de su taller, y al apoyar la mano en el banco de mecánica sube del fondo de su memoria el estallido de una bala de parabellum, e instantáneamente, por primera vez en las tres transcurridas, piensa que tras el estampido de la Saint-Étienne no ha oído nada más. No ha oído rodar el pedregullo bajo un paso conocido. Su hijo no ha vuelto y la naturaleza se halla detenida a la vera del bosque, esperándolo.

¡Oh! no son suficientes un carácter templado y una ciega confianza en la educación de un hijo para ahuyentar el espectro de la fatalidad que un padre de vista enferma ve alzarse desde la línea del monte. Distracción, olvido, demora fortuita: ninguno de estos nimios motivos que pueden retardar la llegada de su hijo halla cabida en aquel corazón.

Un tiro, un solo tiro ha sonado, y hace mucho. Tras él, el padre no ha oído un ruido, no ha visto un pájaro, no ha cruzado el abra una sola persona a anunciarle que al cruzar un alambrado, una gran desgracia...

La cabeza al aire y sin machete, el padre va. Corta el abra de espartillo, entra en el monte, costea la línea de cactus sin hallar el menor rastro de su hijo.

Pero la naturaleza prosigue detenida. Y cuando el padre ha recorrido las sendas de caza conocidas y ha explorado el bañado en vano, adquiere la seguridad de que cada paso que da en adelante lo lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver de su hijo.

Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría, terrible y consumada: ha muerto su hijo al cruzar un... ¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos alambrados allí, y es tan, tan sucio el monte! ¡Oh, muy sucio ! Por poco que no se tenga cuidado al cruzar los hilos con la escopeta en la mano...

El padre sofoca un grito. Ha visto levantarse en el aire... ¡Oh, no es su hijo, no! Y vuelve a otro lado, y a otro y a otro...

Nada se ganaría con ver el color de su tez y la angustia de sus ojos. Ese hombre aún no ha llamado a su hijo. Aunque su corazón clama por él a gritos, su boca continúa muda. Sabe bien que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su muerte.

-¡Chiquito! -se le escapa de pronto. Y si la voz de un hombre de carácter es capaz de llorar, tapémonos de misericordia los oídos ante la angustia que clama en aquella voz.

Nadie ni nada ha respondido. Por las picadas rojas de sol, envejecido en diez años, va el padre buscando a su hijo que acaba de morir.

-¡Hijito mío..! ¡Chiquito mío..! -clama en un diminutivo que se alza del fondo de sus entrañas.

Ya antes, en plena dicha y paz, ese padre ha sufrido la alucinación de su hijo rodando con la frente abierta por una bala al cromo níquel. Ahora, en cada rincón sombrío del bosque, ve centellos de alambre; y al pie de un poste, con la escopeta descargada al lado, ve a su...

-¡Chiquito...! ¡Mi hijo!

Las fuerzas que permiten entregar un pobre padre alucinado a la más atroz pesadilla tienen también un límite. Y el nuestro siente que las suyas se le escapan, cuando ve bruscamente desembocar de un pique lateral a su hijo.

A un chico de trece años bástale ver desde cincuenta metros la expresión de su padre sin machete dentro del monte para apresurar el paso con los ojos húmedos.

-Chiquito... -murmura el hombre. Y, exhausto, se deja caer sentado en la arena albeante, rodeando con los brazos las piernas de su hijo.

La criatura, así ceñida, queda de pie; y como comprende el dolor de su padre, le acaricia despacio la cabeza:

-Pobre papá...

En fin, el tiempo ha pasado. Ya van a ser las tres...

Juntos ahora, padre e hijo emprenden el regreso a la casa.

-¿Cómo no te fijaste en el sol para saber la hora...? -murmura aún el primero.

-Me fijé, papá... Pero cuando iba a volver vi las garzas de Juan y las seguí...

-¡Lo que me has hecho pasar, chiquito!

-Piapiá... -murmura también el chico.

Después de un largo silencio:

-Y las garzas, ¿las mataste? -pregunta el padre.

-No.

Nimio detalle, después de todo. Bajo el cielo y el aire candentes, a la descubierta por el abra de espartillo, el hombre vuelve a casa con su hijo, sobre cuyos hombros, casi del alto de los suyos, lleva pasado su feliz brazo de padre. Regresa empapado de sudor, y aunque quebrantado de cuerpo y alma, sonríe de felicidad.

Sonríe de alucinada felicidad... Pues ese padre va solo.

A nadie ha encontrado, y su brazo se apoya en el vacío. Porque tras él, al pie de un poste y con las piernas en alto, enredadas en el alambre de púa, su hijo bienamado yace al sol, muerto desde las diez de la mañana.

Horacio Quiroga