viernes, 18 de mayo de 2012

Aplastamiento de las gotas


Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana; se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer y no se cae, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes, mientras le crece la barriga; ya es una gotaza que cuelga majestuosa, y de pronto zup, ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol. 
Pero las hay que se suicidan y se entregan enseguida, brotan en el marco y ahí mismo se tiran; me parece ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y el grito que las emborracha en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes gotas, redondas inocentes gotas. Adiós gotas. Adiós.

(Julio Cortázar)

lunes, 7 de mayo de 2012

EL CUENTO MAS HERMOSO DEL MUNDO




Se llamaba Charlie Mears; Era hijo único de madre viuda; vivía en el norte de Londres y venía al
centro todos los días, a su empleo en un banco. Tenía veinte años y estaba lleno de aspiraciones. Lo
encontré en una sala de billares, donde el marcador lo tuteaba. Charlie, un poco nervioso, me dijo
que estaba allí como espectador; le insinué que volviera a su casa.
Fue el primer jalón de nuestra amistad. En vez de perder tiempo en las calles con los amigos, solía
visitarme, de tarde; hablando de sí mismo, como corresponde a los jóvenes, no tardó en confiarme
sus aspiraciones: eran literarias. Quería forjarse un nombre inmortal, sobre todo a fuerza de
poemas, aunque no desdeñaba mandar cuentos de amor y de muerte a los diarios de la tarde. Fue
mi destino estar inmóvil mientras Charlie Mears leía composiciones de muchos centenares de
versos y abultados fragmentos de tragedias que, sin duda, conmoverían el mundo. Mi premio era
su confianza total; las confesiones y problemas de un joven son casi tan sagrados como los de una
niña. Charlie nunca se había enamorado, pero deseaba enamorarse en la primera oportunidad; creía
en todas las cosas buenas y en todas las cosas honrosas, pero no me dejaba olvidar que era un
hombre de mundo, como cualquier empleado de banco que gana veinticinco chelines por semana.
Rimaba «amor y dolor», «bella y estrella», candorosamente, seguro de la novedad de esas rimas.
Tapaba con apresuradas disculpas y descripciones los grandes huecos incómodos de sus dramas, y
seguía adelante, viendo con tanta claridad lo que pensaba hacer, que lo consideraba ya hecho, y
esperaba mi aplauso.
Me parece que su madre no lo alentaba; sé que su mesa de trabajo era un ángulo del lavabo. Esto
me lo contó casi al principio, cuando saqueaba mi biblioteca y poco antes de suplicarme que le
dijera la verdad sobre sus esperanzas de "escribir algo realmente grande, usted sabe". Quizá lo
alenté demasiado, porque una tarde vino a verme, con los ojos llameantes, y me dijo, trémulo:
- ¿A usted no le molesta... puedo quedarme aquí y escribir toda la tarde? No lo molestaré, le
prometo. En casa de mi madre no tengo dónde escribir.
- ¿Qué pasa? - pregunté, aunque lo sabía muy bien.
- Tengo una idea en la cabeza, que puede convertirse en el mejor cuento del mundo. Déjeme
escribirlo aquí. Es una idea espléndida.
Imposible resistir. Le preparé una mesa; apenas me agradeció y se puso a trabajar enseguida.
Durante media hora la pluma corrió sin parar. Charlie suspiró. La pluma corrió más despacio, las
tachaduras se multiplicaron, la escritura cesó. El cuento más hermoso del mundo no quería salir.
- Ahora parece tan malo  - dijo lúgubremente  -. Sin embargo, era bueno mientras lo pensaba.
¿Dónde está la falla?
No quise desalentarlo con la verdad. Contesté:
- Quizá no estés en ánimo de escribir.
- Sí, pero cuando leo este disparate...
- Léeme lo que has escrito - le dije.
Lo leyó. Era prodigiosamente malo. Se detenía en las frases más ampulosas, a la espera de algún
aplauso, porque estaba orgulloso de esas frases, como es natural.
- Habría que abreviarlo - sugerí cautelosamente.
- Odio mutilar lo que escribo. Aquí no se puede cambiar una palabra sin estropear el sentido.
Queda mejor leído en voz alta que mientras lo escribía.
- Charlie, adoleces de una enfermedad alarmante y muy común. Guarda ese manuscrito y revísalo
dentro de una semana.
- Quiero acabarlo en seguida. ¿Qué le parece?
- ¿Cómo juzgar un cuento a medio escribir? Cuéntame el argumento.
Charlie me lo contó. Dijo todas las cosas que  su torpeza le había impedido trasladar a la palabra
escrita. Lo miré, preguntándome si era posible que no percibiera la originalidad, el poder de la idea
que le había salido al encuentro. Con ideas infinitamente menos practicables y excelentes se habían
infatuado muchos hombres. Pero Charlie proseguía serenamente, interrumpiendo la pura corriente
de la imaginación con muestras de frases abominables que pensaba emplear. Lo escuché hasta el
fin. Era insensato abandonar esa idea a sus manos incapaces, cuando yo podía hacer tanto con ella.
No todo lo que sería posible hacer, pero muchísimo.
- ¿Qué le parece? - dijo al fin. Creo que lo titularé «La Historia de un Buque».
- Me parece que la idea es bastante buena; pero todavía estás lejos de poder aprovecharla. En
cambio, yo...
- ¿A usted le serviría? ¿La quiere? Sería un honor para mí - dijo Charlie en seguida.
Pocas cosas hay más dulces en este mundo que la inocente, fanática, destemplada, franca
admiración de un hombre más joven. Ni siquiera una mujer ciega de amor imita la manera de
caminar del hombre que adora, ladea el sombrero como él o intercala en la conversación sus dichos
predilectos. Charlie hacía todo eso. Sin embargo, antes de apoderarme de sus ideas, yo quería
apaciguar mi conciencia.
- Hagamos un arreglo. Te daré cinco libras por el argumento - le dije.
Instantáneamente, Charlie se convirtió en empleado de banco:
- Es imposible. Entre camaradas, si me permite llamarlo así, y hablando como hombre de mundo,
no puedo. Tome el argumento, si le sirve. Tengo muchos otros.
Los tenía - nadie lo sabía mejor que yo - pero eran argumentos ajenos.
- Míralo como un negocio entre hombres de mundo - repliqué -. Con cinco libras puedes comprar
una cantidad de libros de versos. Los negocios son los negocios, y puedes estar seguro que no
abonaría ese precio si...
- Si usted lo ve así - dijo Charlie, visiblemente impresionado con la idea de los libros.
Cerramos trato con la promesa de que me traería periódicamente todas las ideas que se le
ocurrieran, tendría una mesa para escribir y el incuestionable derecho de infligirme todos sus
poemas y fragmentos de poemas. Después le dije:
- Cuéntame cómo te vino esta idea.
- Vino sola.
Charlie abrió un poco los ojos.
- Sí, pero me contaste muchas cosas sobre el héroe que tienes que haber leído en alguna parte.
- No tengo tiempo para leer, salvo cuando usted me deja estar aquí, y los domingos salgo en
bicicleta o paso el día entero en el río. ¿Hay algo que falta en el héroe?
- Cuéntamelo otra vez y lo comprenderé claramente. Dices que el héroe era pirata. ¿Cómo vivía?
- Estaba en la cubierta de abajo de esa especie de barco del que le hablé.
- ¿Qué clase de barco?
- Eran esos que andan con remos, y el mar entra por los agujeros de los remos, y los hombres reman
con el agua hasta la rodilla. Hay un banco entre las dos filas de remos, y un capataz con un látigo
camina de una punta a la otra del banco, para que trabajen los hombres.
- ¿Cómo lo sabes?
- Está en el cuento. Hay una cuerda estirada, a la altura de un hombre, amarrada a la cubierta de
arriba, para que se agarre el capataz cuando se mueve el barco. Una vez, el capataz no da con la
cuerda y cae entre los remeros; el héroe se ríe y lo azotan. Está encadenado a su remo,
naturalmente.
- ¿Cómo está encadenado?
- Con un cinturón de hierro, clavado al banco, y con una pulsera atándolo al remo. Está en la
cubierta de abajo, donde van los peores, y la luz entra por las escotillas y los agujeros de los remos.
¿Usted no se imagina la luz del sol filtrándose entre el agujero y el remo, y moviéndose con el
banco?
- Sí, pero no puedo imaginar que tú te lo imagines.
- ¿De qué otro modo puede ser? Escúcheme, ahora. Los remos largos de la cubierta de arriba están
movidos por cuatro hombres en cada banco; los remos intermedios, por tres; los de más abajo, por
dos. Acuérdese de que en la cubierta inferior no hay ninguna luz, y que todos los hombres ahí se
enloquecen. Cuando en esa cubierta muere un remero, no lo tiran por la borda: lo despedazan,
encadenado, y tiran los pedacitos al mar, por el agujero del remo.
- ¿Por qué? - pregunté asombrado, menos por la información que por el tono autoritario de Charlie
Mears.
- Para ahorrar trabajo y para asustar a los compañeros. Se precisan dos capataces para subir el
cuerpo de un hombre a la otra cubierta, y si dejaran solos a los remeros de la cubierta de abajo, éstos
no remarían y tratarían de arrancar los bancos, irguiéndose a un tiempo en sus cadenas.
- Tienes una imaginación muy previsora. ¿Qué has estado leyendo sobre galeotes?
- Que yo me acuerde, nada. Cuando tengo oportunidad, remo un poco. Pero tal vez he leído algo, si
usted lo dice.
Al rato salió en busca de librerías y me pregunté cómo, un empleado de banco, de veinte años,
había podido entregarme, con pródiga abundancia de pormenores, datos con absoluta seguridad,
ese cuento de extravagante y ensangrentada aventura, motín, piratería y muerte, en mares sin
nombre. Había empujado al héroe por una desesperada odisea, lo había rebelado contra los
capataces, le había dado una nave que comandar, y después una isla "por ahí en el mar, usted sabe";
y, encantado con las modestas cinco libras, había salido a comprar los argumentos de otros
hombres para aprender a escribir. Me quedaba el consuelo de saber que su argumento era mío, por
derecho de compra, y creía poder aprovecharlo de algún modo.
Cuando nos volvimos a ver estaba ebrio, ebrio de los muchos poetas que le habían sido revelados.
Sus pupilas estaban dilatadas, sus palabras se atropellaban y se envolvía en citas, como un mendigo
en la púrpura de los emperadores. Sobre todo, estaba ebrio de Longfellow.
- ¿No es espléndido? ¿No es soberbio? - me gritó luego de un apresurado saludo. Oiga esto:
- ¿Quieres  - preguntó el timonel  - saber el secreto del mar? Sólo quienes afrontan sus peligros
comprenden su misterio.
- ¡Demonios!
- Sólo quienes afrontan sus peligros comprenden su misterio - repitió veinte veces, caminando de
un lado a otro, olvidándome. Encontrarán al final los versos en inglés.
- Pero yo también puedo comprenderlo - dijo - No sé cómo agradecerle las cinco libras. Oiga esto:
Recuerdo los embarcaderos negros, las ensenadas, la agitación de las mareas y los marineros
españoles, de labios barbudos y la belleza y el misterio de las naves y la magia del mar. Nunca he
afrontado peligros, pero me parece que entiendo todo eso.
- Realmente, parece que dominas el mar. ¿Lo has visto alguna vez?
- Cuando era chico estuvimos en Brighton. Vivíamos en Coventry antes de venir a Londres. Nunca
lo he visto... Cuando baja sobre el Atlántico el titánico viento huracanado del Equinoccio
Me tomó por el hombro y me zamarreó, para que comprendiera la pasión que lo sacudía.
- Cuando viene esa tormenta - prosiguió - todos los remos del barco se rompen, y los mangos de los
remos deshacen el pecho de los remeros. A propósito, ¿usted ya hizo mi argumento?
- No, esperaba que me contaras algo más. Dime cómo conoces tan bien los detalles del barco. Tú no
sabes nada de barcos.
- No me lo explico. Es del todo real para mí hasta que trato de escribirlo. Anoche, en la cama, estuve
pensando, después de concluir La Isla del Tesoro. Inventé una porción de cosas para el cuento.
- ¿Qué clase de cosas?
- Sobre lo que comían los hombres: higos podridos y habas negras y vino en un odre de cuero que
se pasaban de un banco a otro.
- ¿Tan antiguo era el barco?
- Yo no sé si era antiguo. A veces me parece tan real como si fuera cierto. ¿Le aburre que hable de
eso?
- En lo más mínimo. ¿Se te ocurrió algo más?
- Sí, pero es un disparate. - Charlie se ruborizó algo.
- No importa; dímelo.
- Bueno, pensaba en el cuento, y al rato salí de la cama y apunté en un pedazo de papel las cosas
que podían haber grabado en los remos, con el filo de las esposas. Me pareció que eso le daba más
realidad. Es tan real, para mí, usted sabe.
- ¿Tienes el papel?
- Sí, pero a qué mostrarlo. Son unos cuantos garabatos. Con todo, podrían ir en la primera hoja del
libro.
- Ya me ocuparé de esos detalles. Muéstrame lo que escribían tus hombres.
- Sacó del bolsillo una hoja de carta, con un solo renglón escrito, y yo la guardé.
- ¿Qué se supone que esto significa en inglés?
- Ah, no sé. Yo pensé que podía significar: "Estoy cansadísimo". Es absurdo  - repitió - pero esas
personas del barco me parecen tan reales como nosotros. Escriba pronto el cuento; me gustaría
verlo publicado.
- Pero todas las cosas que me has dicho darían un libro muy extenso.
- Hágalo, entonces. No tiene más que sentarse y escribirlo.
- Dame tiempo. ¿No tienes más ideas?
- Por ahora, no. Estoy leyendo todos los libros que compré. Son espléndidos.
Cuando se fue, miré la hoja de papel con la inscripción. Después... pero me pareció que no hubo
transición entre salir de casa y encontrarme discutiendo con un policía ante una puerta llamada
"Entrada Prohibida" en un corredor del Museo Británico. Lo que yo exigía, con  toda la cortesía
posible, era "el hombre de las antigüedades griegas". El policía todo lo ignoraba, salvo el
reglamento del museo, y fue necesario explorar todos los pabellones y escritorios del edificio. Un
señor de edad interrumpió su almuerzo y puso término a mi busca tomando la hoja de papel entre
el pulgar y el índice, y mirándola con desdén.
- ¿Qué significa esto? Veamos  - dijo  -; si no me engaño es un texto en griego sumamente
corrompido, redactado por alguien - aquí me clavó los ojos - extraordinariamente iletrado.
Leyó con lentitud:
- Pollock, Erkmann, Tauchintz, Hennicker, cuatro nombres que me son familiares.
- ¿Puede decirme lo que significa este texto?
- He sido... muchas veces... vencido por el cansancio en este menester. Eso es lo que significa.
Me devolvió el papel; huí sin una palabra de agradecimiento, de explicación o de disculpa.
Mi distracción era perdonable. A mí, entre todos los hombres, me había sido otorgada la
oportunidad de escribir la historia más admirable del mundo, nada menos que la historia de un
galeote griego, contada por él mismo. No era raro que los sueños le parecieran reales a Charlie. Las
Parcas, tan cuidadosas en cerrar las puertas de cada vida sucesiva, se habían distraído esta vez, y
Charlie miró, aunque no lo sabía, lo que a nadie le había sido permitido mirar, con plena visión,
desde que empezó el tiempo. Ignoraba enteramente el conocimiento que me había vendido por
cinco libras; y perseveraría en esa ignorancia, porque los empleados de banco no comprenden la
mentempsicosis, y una buena educación comercial no incluye el conocimiento del griego. Me
suministraría  - aquí bailé, entre los mudos dioses egipcios, y me reí en sus caras mutiladas  -
materiales que darían certidumbre a mi cuento: una certidumbre tan grande que el mundo lo
recibiría como una insolente y artificiosa ficción. Y yo, sólo yo sabría que era absoluta y literalmente
cierto. Esa joya estaba en mi mano para que yo la puliera y cortara. Volví a bailar entre los dioses
del patio egipcio, hasta que un policía me vio y empezó a acercarse.
Sólo había que alentar la conversación de Charlie, y eso no era difícil; pero había olvidado los
malditos libros de versos. Volvía, inútil como un fonógrafo recargado, ebrio de Byron, de Shelley o
de Keats. Sabiendo lo que el  muchacho había sido en sus vidas anteriores, y desesperadamente
ansioso de no perder una palabra de su charla, no pude ocultarle mi respeto y mi interés. Los tomó
como respeto por el alma actual de Charlie Mears, para quien la vida era tan nueva como lo fue
para Adán, y como interés por sus lecturas; casi agotó mi paciencia, recitando versos, no suyos sino
ajenos. Llegué a desear que todos los poetas ingleses desaparecieran de la memoria de los hombres.
Calumnié las glorias más puras de la poesía porque desviaban a Charlie de la narración directa y lo
estimulaban a la imitación; pero sofrené mi impaciencia hasta que se agotó el ímpetu inicial de
entusiasmo y el muchacho volvió a los sueños.
- ¿Para qué le voy a contar lo que yo pienso, cuando esos tipos escribieron para los ángeles?  -
exclamó una tarde -. ¿Por qué no escribe algo así?
- Creo que no te portas muy bien conmigo - dije conteniéndome.
- Ya le di el argumento - dijo con sequedad, prosiguiendo la lectura de Byron.
- Pero quiero detalles.
- ¿Esas cosas que invento sobre ese maldito barco que usted llama galera? Son facilísimas. Usted
mismo puede inventarlas. Suba un poco la llama, quiero seguir leyendo.
Le hubiera roto en la cabeza la lámpara del gas. Yo podría inventar si supiera lo que Charlie
ignoraba que sabía. Pero como detrás de mí estaban cerradas las puertas, tenía que aceptar sus
caprichos y mantener despierto su buen humor. Una distracción momentánea podía estorbar una
preciosa revelación. A veces dejaba los libros  - los guardaba en mi casa,  porque a su madre le
hubiera escandalizado el gasto de dinero que representaban - y se perdía en sueños marinos. De
nuevo maldije a todos los poetas de Inglaterra. La mente plástica del empleado de banco estaba
recargada, coloreada y deformada por las lecturas, y el resultado era una red confusa de voces
ajenas como el zumbido múltiple de un teléfono de una oficina en la hora más atareada.
Hablaba de la galera  - de su propia galera, aunque no lo sabía  - con imágenes de La Novia de
Abydos. Subrayaba las aventuras del héroe con citas del Corsario y agregaba desesperadas y
profundas reflexiones morales de Caín y de Manfredo, esperando que yo las aprovechara. Sólo
cuando hablábamos de Longfellow esos remolinos se enmudecían, y yo sabía que Charlie decía la
verdad, tal como la recordaba.
- ¿Esto qué te parece? - le dije una tarde en cuanto comprendí el ambiente más favorable para su
memoria, y antes de que protestara le leí casi íntegra la Saga del Rey Olaf.
Escuchaba atónito, golpeando con los dedos el respaldo del sofá, hasta que llegué a la canción de
Einar Tamberskelver y a la estrofa:
Einar, sacando la flecha de la cuerda que ya no tensaba, dijo: Era Noruega lo que se quebraba bajo
tu mano, oh Rey.
Se estremeció de puro deleite verbal.
- ¿Es un poco mejor que Byron? - aventuré.
- ¡Mejor! Es cierto. ¿Cómo lo sabría Longfellow?
Repetí una estrofa anterior:
- ¿Qué fue eso?, dijo Olaf, erguido en el puente de mando, oí algo como el estruendo de un barco
destrozado al encallar.
- ¿Cómo podía saber cómo los barcos se destrozan, y los remos saltan y hacen zzzzp contra la costa?
Anoche apenas... Pero siga leyendo, por favor, quiero volver a oír "The Skerry of Shrieks"
- No, estoy cansado. Hablemos. ¿Qué es lo que sucedió anoche?
- Tuve un sueño terrible sobre esa galera nuestra. Soñé que me ahogaba en una batalla. Abordamos
otro barco, en un puerto. El agua estaba muerta, salvo donde la golpeaban los remos. ¿Usted sabe
cuál es mi sitio en la galera?
Al principio hablaba con vacilación, bajo un hermoso temor inglés de que se rieran de él.
- No, es una novedad para mí - respondí humildemente, y ya me latía el corazón.
- El cuarto remo a la derecha, a partir de la proa, en la cubierta de arriba. Eramos cuatro en ese
remo, todos encadenados. Me recuerdo mirando el agua y tratando de sacarme las esposas antes de
que empezara la pelea. Luego nos arrimamos al otro barco, y quedé inmóvil, con los tres
compañeros encima y el remo grande atravesado sobre nuestras espaldas.
- ¿Y?
Los ojos de Charlie estaban encendidos y vivos. Miraba la pared, detrás de mi asiento.
- No sé cómo peleamos. Los hombres me pisoteaban la espalda y yo estaba quieto. Luego, nuestros
remeros de la izquierda - atados a sus remos, ya sabe - gritaron y empezaron a remar hacia atrás.
Oía el chirrido del agua, giramos como un escarabajo y comprendí, sin necesidad de ver, que una
galera iba a embestirnos con el espolón, por el lado izquierdo. Apenas pude levantar la cabeza y ver
su velamen sobre la borda. Queríamos recibirla con la proa, pero era muy tarde. Sólo pudimos girar
un poco, porque el barco de la derecha se nos había enganchado y nos detenía. Entonces vino el
choque. Los remos de la izquierda se rompieron cuando el otro barco, el que se movía, les metió la
proa. Los remos de la cubierta de abajo reventaron las tablas del piso, con el cabo para arriba, y uno
de ellos vino a caer cerca de mi cabeza.
- ¿Cómo sucedió eso?
- La proa de la galera que se movía los empujaba para dentro y había un estruendo ensordecedor en
las cubiertas inferiores. El espolón nos agarró por el medio y nos ladeamos, y los hombres de la otra
galera desengancharon los garfios y las amarras, y tiraron cosas en la cubierta de arriba - flechas,
alquitrán ardiendo o algo que quemaba - y nos empinamos, más y más, por el lado izquierdo, y el
derecho se sumergió, y di vuelta la cabeza y vi el agua inmóvil cuando sobrepasó la borda, y luego
se curvó y derrumbó sobre nosotros, y recibí el golpe en la espalda, y me desperté.
- Un momento, Charlie. Cuando el mar sobrepasó la borda, ¿qué parecía?
Tenía mis razones para preguntarlo. Un conocido mío había naufragado una vez en un mar en
calma y había visto el agua horizontal detenerse un segundo antes de caer en la cubierta.
- Parecía una cuerda de violín, tirante, y parecía durar siglos - dijo Charlie.
Precisamente. El otro había dicho: "Parecía un hilo de plata estirado sobre la borda, y pensé que
nunca iba a romperse". Había pagado con todo, salvo la vida, esa partícula de conocimiento, y yo
había atravesado diez mil leguas para encontrarlo y para recoger ese dato ajeno. Pero Charlie, con
sus veinticinco chelines semanales, con su vida reglamentaria y urbana, lo sabía muy bien. No era
consuelo para mí que una vez en sus vidas hubiera tenido que morir para aprenderlo. Yo también
debí morir muchas veces, pero detrás de mí, para que no empleara mi conocimiento, habían cerrado
las puertas.
- ¿Y entonces? - dije tratando de alejar el demonio de la envidia.
- Lo más raro, sin embargo, es que todo ese estruendo no me causaba miedo ni asombro. Me parecía
haber estado en muchas batallas, porque así se lo repetí a mi compañero. Pero el canalla del capataz
no quería desatarnos las cadenas y darnos una oportunidad de salvación. Siempre decía que nos
daría la libertad después de una batalla. Pero eso nunca sucedía, nunca.
Charlie movió la cabeza tristemente.
- ¡Qué canalla!
- No hay duda. Nunca nos daba bastante comida y a veces teníamos tanta sed que bebíamos agua
salada. Todavía me queda el gusto en la boca.
- Cuéntame algo del puerto donde ocurrió el combate.
- No soñé sobre eso. Sin embargo, sé que era un puerto; estábamos amarrados a una argolla en una
pared blanca y la superficie de la piedra, bajo el agua, estaba recubierta de madera, para que no se
astillara nuestro espolón cuando la marea nos hamacara.
- Eso es interesante. El héroe mandaba la galera, ¿no es verdad?
- Claro que sí, estaba en la proa y gritaba como un diablo. Fue el hombre que mató al capataz.
- ¿Pero ustedes se ahogaron todos juntos, Charlie?
- No acabo de entenderlo - dijo, perplejo -. Sin duda la galera se hundió con todos los de a bordo,
pero me parece que el héroe siguió viviendo. Tal vez se pasó al otro barco. No pude ver eso,
naturalmente; yo estaba muerto.
Tuvo un ligero escalofrío y repitió que no podía acordarse de nada más.
No insistí, pero para cerciorarme de que ignoraba el funcionamiento del alma le di la
Transmigración de Mortimer Collins y le reseñé el argumento.
- Qué disparate - dijo con franqueza, al cabo de una hora -; no comprendo ese enredo sobre el Rojo
Planeta Marte y el Rey y todo lo demás. Deme el libro de Longfellow.
Se lo entregué y escribí lo que pude recordar de su descripción del combate naval, consultándolo a
ratos para que corroborara un detalle o un hecho. Contestaba sin levantar los ojos del libro, seguro,
como si todo lo que sabía estuviera impreso en las hojas. Yo le interrogaba en voz baja, para no
romper la corriente, y sabía que ignoraba lo que decía, porque sus pensamientos estaban en el mar,
con Longfellow.
- Charlie - le pregunté -, cuando se amotinaban los remeros de las galeras, ¿cómo mataban a los
capataces?
- Arrancaban los bancos y se los rompían en la cabeza. Eso ocurrió durante una tormenta. Un
capataz, en la cubierta de abajo, se resbaló y cayó entre los remeros. Suavemente, lo estrangularon
contra el borde, con las manos encadenadas; había demasiada oscuridad para que el otro capataz
pudiera ver. Cuando preguntó qué sucedía, lo arrastraron también y lo estrangularon; y los
hombres fueron abriéndose camino hacia arriba, cubierta por cubierta, con los  pedazos de los
bancos rotos colgando y golpeando. ¡Cómo vociferaban!
- ¿Y qué pasó después?
- No sé. El héroe se fue, con pelo colorado, barba colorada, y todo. Pero antes capturó nuestra
galera, me parece.
El sonido de mi voz lo irritaba. Hizo un leve ademán con la mano izquierda como si lo molestara
una interrupción.
- No me habías dicho que tenía el pelo colorado, o que capturó la galera - dije al cabo de un rato.
Charlie no alzó los ojos.
- Era rojo como un oso rojo - dijo distraído -. Venía del norte; así lo dijeron en la galera cuando pidió
remeros, no esclavos: hombres libres. Después, años y años después, otro barco nos trajo noticias
suyas, o él volvió...
Sus labios se movían en silencio. Repetía, absorto, el poema que tenía ante sus ojos.
- ¿Dónde había ido?
Casi lo dije en un susurro, para que la frase llegara con suavidad a la sección del cerebro de Charlie
que trabajaba para mí.
- A las Playas, las Largas y Prodigiosas Playas - respondió al cabo de un minuto.
- ¿A Furdurstrandi? - pregunté, temblando de pies a cabeza.
- Sí a Furdurstrandi - pronunció la palabra de un modo nuevo - Y ví también...
La voz se le apagó.
- ¿Sabes lo que has dicho? - grité con imprudencia.
Levantó los ojos, despierto.
- No - dijo secamente -. Déjeme leer en paz. Oiga esto:
Pero Othere, el viejo capitán, no se detuvo ni se movió hasta que el rey escuchó, entonces tomó una
vez más su pluma y transcribió cada palabra. Y al Rey de los sajones como prueba de la verdad,
levantando su noble rostro, extendió su mano curtida y dijo, observe este colmillo de morsa.
- ¡Qué hombres habrán sido esos para navegarse los mares sin saber cuándo tocarían tierra!
- Charlie - rogué -, si te portas bien un minuto o dos, haré que nuestro héroe valga tanto como
Othere.
- Es de Longfellow el poema. No me interesa escribir. Quiero leer.
Imagínense ante la puerta de los tesoros del mundo, guardada por un niño - un niño irresponsable
y holgazán, jugando a cara o cruz - de cuyo capricho depende el don de la llave, y comprenderán
mi tormento. Hasta esa tarde Charlie no había hablado de nada que no correspondiera a las
experiencias de un galeote griego. Pero ahora (o mienten los libros) había recordado alguna
desesperada aventura de los vikingos, del viaje de Thorfin Karlsefne a Vinland, que es América, en
el siglo nueve o diez. Había visto la batalla en el puerto; había referido su propia muerte. Pero esta
otra inmersión en el pasado era aún más extraña. ¿Habría omitido una docena de vidas y
oscuramente recordaba ahora un episodio de mil años después? Era un enredo inextricable y
Charlie Mears, en su estado normal, era la última persona del mundo para solucionarlo. Sólo me
quedaba vigilar y esperar, pero esa noche me inquietaron las imaginaciones más ambiciosas. Nada
era imposible si no fallaba la detestable memoria de Charlie.
Podía volver a escribir la Saga de Thorfin Karlsefne, como nunca la habían escrito, podía referir la
historia del primer descubrimiento de América siendo yo mismo el descubridor. Pero yo estaba a
merced de Charlie y mientras él tuviera a su alcance un ejemplar de Clásico para Todos, no
hablaría. No me atreví a maldecirlo abiertamente, apenas me atrevía a estimular su memoria,
porque se trataba de experiencias de hace mil años narradas por la boca de un muchacho
contemporáneo, y a un muchacho lo afectan todos los cambios de opinión y aunque quiera decir la
verdad tiene que mentir.
Pasé una semana sin ver a Charlie. Lo encontré en Gracechurch Street con un libro Mayor
encadenado a la cintura. Tenía que atravesar el Puente de Londres y lo acompañé. Estaba muy
orgulloso de ese libro Mayor. Nos detuvimos en la mitad del puente para mirar un vapor que
descargaba grandes lajas de mármol blanco y amarillo. En una barcaza que pasó junto al vapor
mugió una vaca solitaria. La cara de Charlie se alteró; ya no era la de un empleado de banco, sino
otra, desconocida y más despierta. Estiró el brazo sobre el parapeto del puente y, riéndose muy
fuerte, dijo:
- Cuando bramaron nuestros toros, los Skroelings huyeron.
La barcaza y la vaca habían desaparecido detrás del vapor antes de que yo encontrara palabras.
- Charlie, ¿qué te imaginas que son Skroelings?
- La primera vez en la vida que oigo hablar de ellos. Parece el nombre de una nueva clase de
gaviotas. ¡Qué preguntas se le ocurren a usted! - contestó -. Tengo que verme con el cajero de la
compañía de ómnibus. Me espera un rato y almorzamos juntos en algún restaurante. Tengo una
idea para un poema.
- No, gracias. Me voy. ¿Estás seguro de que no sabes nada de Skroelings?
- No, a menos que esté inscrito en el "Clásico" de Liverpool.
Saludó y desapareció entre la gente.
Está escrito en la Saga de Eric el Rojo o en la de Thorfin Karlsefne que hace novecientos años,
cuando las galeras de Karlsefne llegaron a las barracas de Leif, erigidas por éste en la desconocida
tierra de Markland, era tal vez Rhode Island, los Skroelings - sólo Dios sabe quiénes eran - vinieron
a traficar con los vikingos y huyeron porque los aterró el bramido de los toros que Thorfin había
traído en las naves. ¿Pero qué podía saber de esa historia un esclavo griego? Erré por las calles,
tratando de resolver el misterio, y cuanto más lo consideraba, menos lo entendía. Sólo encontré una
certidumbre, y esa me dejó atónito. Si el porvenir me deparaba algún conocimiento íntegro, no sería
el de una de las vidas del alma en el cuerpo de Charlie Mears, sino el de muchas, muchas
existencias individuales y distintas, vividas en las aguas azules en la mañana del mundo.
Examiné después la situación.
Me parecía una amarga injusticia que me fallara la memoria de Charlie cuando más la precisaba. A
través de la neblina y el humo alcé la mirada, ¿sabían los señores de la Vida y la Muerte lo que esto
significaba para mí? Eterna fama, conquistada y compartida por uno solo. Me contentaría  -
recordando a Clive, mi propia moderación me asombró - con el mero derecho de escribir un solo
cuento, de añadir una pequeña contribución a la literatura frívola de la época. Si a Charlie le
permitieran una hora - sesenta pobres minutos - de perfecta memoria de existencias que habían
abarcado mil años, yo renunciaría a todo el provecho y la gloria que podría valerme su confesión.
No participaría en la agitación que sobrevendría en aquel rincón de la tierra que se llama "el
mundo". La historia se publicaría anónimamente. Haría  creer a otros hombres que ellos la habían
escrito. Ellos alquilarían ingleses de cuello duro para que la vociferaran al mundo. Los moralistas
fundarían una nueva ética, jurando que habían apartado de los hombres el temor de la muerte.
Todos los orientalistas de Europa la apadrinarían verbosamente, con textos en pali y sánscrito.
Atroces mujeres inventarían impuras variantes de los dogmas que profesarían los hombres, para
instrucción de sus hermanas. Disputarían las iglesias y sus religiones. Al subir a un ómnibus preví
las polémicas de media docena de sectas, igualmente fieles a la "Doctrina de la verdadera
Mentempsicosis en sus aplicaciones a la Nueva Era y al Universo", y vi también a los decentes
diarios ingleses dispersándose, como hacienda espantada, ante la perfecta simplicidad de mi
cuento. La imaginación recorrió cien, doscientos, mil años de futuro. Vi con pesar que los hombres
mutilarían y pervertirían tal historia; que las sectas rivales la deformarían hasta que el mundo
occidental, aferrado al temor de la muerte y no a la esperanza de la vida, la descartaría como una
superstición interesante y se entregaría a alguna fe tan olvidada que pareciera nueva. Entonces
modifiqué los términos de mi pacto con los Señores de la Vida y la Muerte. Que me dejaran saber,
que me dejaran escribir esa historia, con la conciencia de registrar la verdad, y sacrificaría el
manuscrito y lo quemaría. Cinco minutos después de redactada la última línea, lo quemaría. Pero
que me dejaran escribirlo, con entera confianza.
No hubo respuesta. Los violentos colores de un aviso del casino me impresionaron, ¿no convendría
poner a Charlie en manos de un hipnotizador? ¿Hablaría de sus vidas pasadas? Pero Charlie se
asustaría de la publicidad, o ésta lo haría intolerable. Mentiría por  vanidad o por miedo. Estaría
seguro en mis manos.
- Son cómicos, ustedes, los ingleses - dijo una voz. Dándome vuelta, me encontré con un conocido,
un joven bengalí que estudiaba derecho, un tal Grish Chunder, cuyo padre lo había mandado a
Inglaterra para educarlo. El viejo era un funcionario hindú, jubilado; con una renta de cinco libras
esterlinas al mes lograba dar a su hijo doscientas libras esterlinas al año y plena licencia en una
ciudad donde fingía ser un príncipe y contaba cuentos de los brutales burócratas de la India que
oprimían a los pobres.
Grish Chunder era un joven y obeso bengalí, escrupulosamente vestido de levita y pantalón claro,
con sombrero alto y guantes amarillos. Pero yo lo había conocido en los días en que el brutal
gobierno de la India pagaba sus estudios universitarios y él publicaba artículos sediciosos en el
Sachi Durpan y tenía amores con las esposas de sus condiscípulos de catorce años de edad.
- Eso es muy cómico - dijo señalando el cartel -. Voy a Northbrook Club. ¿Quieres venir conmigo?
Caminamos juntos un rato.
- No estás bien - me dijo - ¿Qué te preocupa? Estás silencioso.
- Grish Chunder, ¿eres demasiado culto para creer en Dios, no es verdad?
- Aquí sí. Pero cuando vuelva tendré que propiciar las supersticiones populares  y cumplir
ceremonias de purificación, y mis esposas ungirán ídolos.
- Y adornarán con tulsi y celebrarán el purohit, y te reintegrarán en la casta y otra vez harán de ti,
librepensador avanzado, un buen khuttri. Y comerás comida desi, y todo te gustará, desde el olor
del patio hasta el aceite de mostaza en tu cuerpo.
- Me gustará muchísimo - dijo con franqueza Grish Chunder -. Una vez hindú, siempre hindú. Pero
me gusta saber lo que los ingleses piensan que saben.
- Te contaré una cosa que un inglés sabe. Para ti es una vieja historia.
Empecé a contar en inglés la historia de Charlie; pero Crish Chunder me hizo una pregunta en
indostaní, y el cuento prosiguió en el idioma que más le convenía. Al fin y al cabo, nunca hubiera
podido contarse en inglés. Grish Chunder me escuchaba, asintiendo de tiempo en tiempo, y
después subió a mi departamento, donde concluí la historia.
- Beshak - dijo filosóficamente - Lekin darwaza band hai (Sin duda; pero está cerrada la puerta). He
oído, entre mi gente, esos recuerdos de vidas previas. Es una vieja historia entre nosotros, pero que
le suceda a un inglés - a un Mlechh lleno de carne de vaca -, un descastado... Por Dios, esto es
rarísimo.
- ¡Más descastado serás tú, Grish Chunder! Todos los días comes carne de vaca. Pensemos bien la
cosa. El muchacho recuerda sus encarnaciones.
- ¿Lo sabe? - dijo tranquilamente Grish Chunder, sentado en la mesa, hamacando las piernas. Ahora
hablaba en inglés.
- No sabe nada. ¿Acaso te contaría si lo supiera? Sigamos.
- No hay nada que seguir. Si lo cuentas a tus amigos, dirán que estás loco y lo publicarán en los
diarios. Supongamos, ahora, que los acuses por calumnia.
- No nos metamos en eso, por ahora. ¿Hay una esperanza de hacerlo hablar?
- Hay una esperanza. Pero si hablara, todo este mundo se derrumbaría en tu cabeza. Tú sabes, esas
cosas están prohibidas. La puerta está cerrada.
- ¿No hay ninguna esperanza?
- ¿Cómo puede haberla? Eres cristiano y en tus libros está prohibido el fruto del árbol de la Vida, o
nunca morirías. ¿Cómo van a temer la muerte si todos saben lo que tu amigo no sabe que sabe?
Tengo miedo de los azotes, pero no tengo miedo de morir porque sé lo que sé. Ustedes no temen los
azotes, pero temen la muerte. Si no la temieran, ustedes los ingleses se llevarían el mundo por
delante en una hora, rompiendo los equilibrios de las potencias y haciendo conmociones. No sería
bueno, pero no hay miedo. Se acordará menos y menos y dirá que es un sueño. Luego se olvidará.
Cuando pasé el Bachillerato en Calcuta esto estaba en la crestomatía de Wordsworth, Arrastrando
Nubes de Gloria, ¿te acuerdas?
- Esto parece una excepción.
- No hay excepciones a las reglas. Unas parecen menos rígidas que otras, pero son iguales. Si tu
amigo contara tal y tal cosa, indicando que recordaba todas sus vidas anteriores o una parte de su
vida anterior, en seguida lo expulsarían del banco. Lo echarían, como quien dice, a la calle y lo
enviarían a un manicomio. Eso lo admitirás, mi querido amigo.
- Claro que sí, pero no estaba pensando en él. Su nombre no tiene por qué aparecer en la historia.
- Ah, ya lo veo, esa historia nunca se escribirá. Puedes probar.
- Voy a probar.
- Por tu honra y por el dinero que ganarás, por supuesto.
- No, por el hecho de escribirla. Palabra de honor.
- Aún así no podrás. No se juega con los dioses. Ahora es un lindo cuento. No lo toques.
Apresúrate, no durará.
- ¿Qué quieres decir?
- Lo que digo. Hasta ahora no ha pensado en una mujer.
- ¿Cómo crees? - Recordé algunas de las confidencias de Charlie.
- Quiero decir que ninguna mujer ha pensado en él. Cuando eso llegue: bushogya, se acabó. Lo sé.
Hay millones de mujeres aquí. Mucamas, por ejemplo. Te besan detrás de la puerta.
La sugestión me incomodó. Sin embargo, nada más verosímil.
Grish Chunder sonrió.
- Sí, también muchachas lindas, de su sangre y no de su sangre. Un solo beso que devuelva y
recuerde, lo sanará de estas locuras, o...
- ¿O qué? Recuerda que no sabe que sabe.
- Lo recuerdo. O, si nada sucede, se entregará al comercio y a la especulación financiera, como los
demás. Tiene que ser así. No me negarás que tiene que ser así. Pero la mujer vendrá primero, me
parece.
Golpearon a la puerta; entró Charlie. Le habían dejado la tarde libre, en la oficina; su mirada
denunciaba el propósito de una larga conversación, y tal vez poemas en los bolsillos. Los poemas
de Charlie eran muy fastidiosos, pero a veces lo hacían hablar de la galera.
Grish Chunder lo miró agudamente.
- Disculpe - dijo Charlie, incómodo. No sabía que estaba con visitas.
- Me voy - dijo Grish Chunder.
Me llevó al vestíbulo, al despedirse.
- Este es el hombre - dijo rápidamente -. Te repito que nunca contará lo que esperas. Sería muy apto
para ver cosas. Podríamos fingir que era un juego - nunca he visto tan excitado a Grish Chunder - y
hacerle mirar el espejo de tinta en la mano. ¿Qué te parece? Te aseguro que puede ver todo lo que el
hombre puede ver. Déjame buscar la tinta y el alcanfor. Es un vidente y nos revelará muchas cosas.
- Será todo lo que tú dices, pero no voy a entregarlo a tus dioses y a tus demonios.
- No le hará mal; un poco de mareo al despertarse. No será la primera vez que habrás visto
muchachos mirar el espejo de tinta.
- Por eso mismo no quiero volver a verlo. Más vale que te vayas, Grish Chunder.
Se fue, repitiendo que yo perdía mi única esperanza de interrogar el porvenir.
Esto no importó, porque sólo me interesaba el pasado y para ello de nada podían servir muchachos
hipnotizados consultando espejos de tinta.
- Qué negro desagradable - dijo Charlie cuando volví -. Mire, acabo de escribir un poema; lo escribí
en vez de jugar al dominó después de almorzar. ¿Se lo leo?
- Lo leeré yo.
- Pero usted no le da la entonación adecuada. Además, cuando usted los lee, parece que las rimas
estuvieran mal.
- Léelo en voz alta, entonces. Eres como todos los otros.
Charlie me declamó su poema; no era muy inferior al término medio de su obra. Había leído sus
libros con obediencia, pero le desagradó oír que yo prefería a Longfellow incontaminado de
Charlie.
Luego recorrimos el manuscrito, línea por línea. Charlie esquivaba todas las objeciones y todas las
correcciones, con esta frase:
- Sí, tal vez quede mejor, pero usted no comprende adónde voy.
En eso, Charlie se parecía a muchos poetas.
En el reverso del papel había unos apuntes a lápiz.
- ¿Qué es eso? - le pregunté.
- No son versos ni nada. Son unos disparates que escribí anoche, antes de acostarme. Me daba
trabajo buscar rimas y los escribí en verso libre.
Aquí están los versos libres de Charlie:
Hemos remado para vos cuando el viento estaba contra nosotros y con las velas bajas.
¿Nunca nos soltaréis?
Comimos pan y cebollas cuando os apoderabais de ciudades, o corrimos velozmente a bordo
cuando el enemigo os rechazaba.
Los capitanes caminaban a lo largo de la cubierta, cantando, cuando hacía buen tiempo; pero
nosotros estábamos abajo.
Nos desmayábamos con el mentón sobre los remos y no veíais que estábamos ociosos porque aún
sacudíamos el remo, adelante y atrás.
¿Nunca nos soltaréis?
La sal volvía los cabos de los remos ásperos como la piel del tiburón; la sal cortaba nuestras rodillas
hasta el hueso; el pelo se nos pegaba a la frente y nuestros labios estaban cortados hasta las encías; y
nos azotabais porque no podíamos remar.
¿Nunca nos soltaréis?
Pero dentro de poco tiempo nos iremos por los escobenes como el agua que corre por los remos, y
aunque ordenéis a los otros que remen detrás nuestro, nunca nos agarraréis hasta que atrapéis la
espuma de los remos y atéis los vientos al hueco de la vela. ¡A-Ho!
¡Nunca nos soltaréis!
- Algo así podrían cantar en la galera, usted sabe. ¿Nunca va a concluir ese cuento y darme parte de
las ganancias?
- Depende de ti. Si desde el principio me hubieras hablado un poco más del héroe, ya estaría
concluido. Eres tan impreciso.
- Sólo quiero darle la idea general... el andar de un lado para otro, y las peleas, y lo demás. ¿Usted
no puede suplir lo que falta? Hacer que el héroe salve de los piratas a una muchacha y se case con
ella o algo por el estilo.
- Eres un colaborador realmente precioso. Supongo que al héroe le ocurrieron algunas aventuras
antes de casarse.
- Bueno, hágalo un tipo muy hábil, una especie de canalla  - que ande haciendo tratados y
rompiéndolos -, un hombre de pelo negro que se oculte detrás del mástil, en las batallas.
- Los otros días dijiste que tenía el pelo colorado.
- No puedo haber dicho eso. Hágalo moreno, por supuesto. Usted no tiene imaginación.
Como yo había descubierto en ese instante los principios de la memoria imperfecta que se llama
imaginación, casi me reí, pero me contuve, para salvar el cuento.
- Es verdad; tú sí tienes imaginación. Un tipo de pelo negro en un buque de tres cubiertas - dije.
- No, un buque abierto, como un gran bote.
Era para volverse loco.
- Tu barco está descrito y construido, con techos y cubiertas; así lo has dicho.
- No, no ese barco. Ese era abierto, o semiabierto, porque... Claro, tiene razón. Usted me hace pensar
que el héroe es el tipo de pelo colorado. Claro, si es el de pelo colorado, el barco tiene que ser
abierto, con las velas pintadas.
Ahora se acordará, pensé, que ha trabajado en dos galeras, una griega, de tres cubiertas, bajo el
mando del "canalla" de pelo negro; otra, un dragón abierto de vikingo, bajo el mando del hombre
"rojo como un oso rojo" que arribó a Markland. El diablo me impulsó a hablar.
- ¿Por qué "claro", Charlie?
- No sé. ¿Usted se está riendo de mí?
La corriente había sido rota. Tomé una libreta y fingí hacer muchos apuntes.
- Da gusto trabajar con un muchacho imaginativo, como tú - dije al rato -. Es realmente admirable
cómo has definido el carácter del héroe.
- ¿Le parece? - contestó ruborizándose -. A veces me digo que valgo más de lo que mi ma... de lo
que la gente piensa.
- Vales muchísimo.
- Entonces, ¿puedo mandar un artículo sobre Costumbres de los Empleados de Banco, al Tit-Bits, y
ganar una libra esterlina de premio?
- No era, precisamente, lo que quería decir. Quizá valdría más esperar un poco y adelantar el
cuento de la galera.
- Sí, pero no llevará mi firma. Tit-Bits publicará mi nombre y mi dirección, si gano. ¿De qué se ríe?
Claro que los publicarían.
- Ya sé. ¿Por qué no vas a dar una vuelta? Quiero revisar las notas de nuestro cuento.
Este vituperable joven que se había ido, algo ofendido y desalentado, había sido tal vez remero del
Argos, e, innegablemente, esclavo o compañero de Thorfin Karlsefne. Por eso le interesaban
profundamente los concursos de Tit-Bits. Recordando lo que me había dicho Grish Chunder, me reí
fuerte. Los Señores de la Vida y la Muerte nunca permitirían que Charlie Mears hablara plenamente
de sus pasados, y para completar su revelación yo tendría que recurrir a mis invenciones precarias,
mientras él hacía su artículo sobre empleados de banco.
Reuní mis notas, las leí; el resultado no era satisfactorio. Volví a releerlas. No había nada que no
hubiera podido extraerse  de libros ajenos, salvo quizá la historia de la batalla en el puerto. Las
aventuras de un vikingo habían sido noveladas ya muchas veces; la historia de un galeote griego
tampoco era nueva y, aunque yo escribiera las dos, ¿quién podría confirmar o impugnar  la
veracidad de los detalles? Tanto me valdría redactar un cuento del porvenir. Los Señores de la Vida
y la Muerte eran tan astutos como lo había insinuado Grish Chunder. No dejarían pasar nada que
pudiera inquietar o apaciguar el ánimo de los hombres. Aunque estaba convencido de eso, no podía
abandonar el cuento. El entusiasmo alternaba con la depresión, no una vez sino muchas en las
siguientes semanas. Mi ánimo variaba con el sol de marzo y con las nubes indecisas. De noche, o en
la belleza de una mañana  de primavera, creía poder escribir esa historia y conmover a los
continentes. En los atardeceres lluviosos percibí que podría escribirse el cuento, pero que no sería
otra cosa que una pieza de museo apócrifa, con falsa pátina y falsa herrumbre. Entonces maldije a
Charlie de muchos modos, aunque la culpa no era suya.
Parecía muy atareado en certámenes literarios; cada semana lo veía menos a medida que la
primavera inquietaba la tierra. No le interesaban los libros ni el hablar de ellos y había un nuevo
aplomo en su voz. Cuando nos encontrábamos, yo no proponía el tema de la galera; era Charlie el
que lo iniciaba, siempre pensando en el dinero que podría producir su escritura.
- Creo que merezco a lo menos el veinticinco por ciento  - dijo con hermosa franqueza -. He
suministrado todas las ideas, ¿no es cierto?
Esa avidez era nueva en su carácter. Imaginé que la había adquirido en la City, que había
empezado a influir en su acento desagradablemente.
- Cuando la historia esté concluida, hablaremos. Por ahora, no consigo adelantar. El héroe rojo y el
héroe moreno son igualmente difíciles.
Estaba sentado junto a la chimenea, mirando las brasas.
- No veo cuál es la dificultad. Es clarísimo para mí - contestó -. Empecemos por las aventuras del
héroe rojo, desde que capturó mi barco en el sur y navegó a las Playas.
Me cuidé muy bien de interrumpirlo. No tenía ni lápiz ni papel, y no me atreví a buscarlos para no
cortar la corriente. La voz de Charlie descendió hasta el susurro y refirió la historia de la
navegación de una galera hasta Furdurstrandi, de las puestas del sol en el mar abierto vistas bajo la
curva de la vela, tarde tras tarde, cuando el espolón se clavaba en el centro del disco declinante "y
navegábamos por ese rumbo porque no teníamos otro", dijo Charlie. Habló del desembarco en una
isla y de la exploración de sus bosques, donde los marineros mataron a tres hombres que dormían
bajo los pinos. Sus fantasmas, dijo Charlie, siguieron a nado la galera, hasta que los hombres de a
bordo echaron suertes y arrojaron al agua a uno de los suyos, para aplacar a los dioses
desconocidos que habían ofendido. Cuando escasearon las provisiones se alimentaron de algas
marinas y se les hincharon las piernas, y el capitán, el hombre del pelo rojo, mató a dos remeros
amotinados, y al cabo de un año entre los bosques levaron anclas rumbo a la patria y un incesante
viento los condujo con tanta fidelidad que todas las noches dormían. Eso, y mucho más, contó
Charlie. A veces era tan baja la voz que las palabras resultaban imperceptibles. Hablaba de su jefe,
el hombre rojo, como un pagano habla de su dios; porque él fue quien los alentaba y los mataba
imparcialmente, según más le convenía; y él fue quien empuñó el timón durante tres noches entre
hielo flotante, cada témpano abarrotado de extrañas fieras que "querían navegar con nosotros", dijo
Charlie, "y las rechazábamos con los remos".
Cedió una brasa y el fuego, con un débil crujido, se desplomó atrás de los barrotes.
- Caramba - dijo con un sobresalto -. He mirado el fuego, hasta marearme. ¿Qué iba a decir?
- Algo sobre la galera.
- Ahora recuerdo. Veinticinco por ciento del beneficio, ¿no es verdad?
- Lo que quieras, cuando el cuento esté listo.
- Quería estar seguro. Ahora debo irme, tengo una cita.
Me dejó.
Menos iluso, habría comprendido que ese entrecortado murmullo junto al fuego era el canto de
cisne de Charlie Mears. Lo creí preludio de una revelación total. Al fin burlaría a los Señores de la
Vida y la Muerte.
Cuando volvió, lo recibí con entusiasmo. Charlie estaba incómodo y nervioso, pero los ojos le
brillaban.
- Hice un poema - dijo.
Y luego, rápidamente:
- Es lo mejor que he escrito. Léalo.
Me lo dejó y retrocedió hacia la ventana.
Gemí, interiormente. Sería tarea de una media hora criticar, es decir alabar, el poema. No sin razón
gemí, porque Charlie, abandonado el largo metro preferido, había ensayado versos más breves,
versos con un evidente motivo. Esto es lo que leí:
El día es de los más hermosos, ¡El viento contento/ ulula detrás de la colina, / donde dobla el
bosque a su antojo, / y los retoños a su voluntad! / Rebélate, oh Viento; ¡hay algo en mi sangre/
que no te dejaría quieto! / Ella se me dio, oh Tierra, oh Cielo;/ ¡mares grises, ella es sólo mía! /
¡Que los hoscos peñascos oigan mi grito, / y se alegren aunque no sean más que piedras! / ¡Mía! La
he ganado, ¡oh buena tierra marrón, / alégrate! La primavera está aquí; / ¡Alégrate, que mi amor
vale dos veces más / que el homenaje que puedan rendirle todos tus campos! / ¡Que el labriego
que te rotura sienta mi dicha / al madrugar para el trabajo!
- El verso final es irrefutable - dije con miedo en el alma. Charlie sonrió sin contestar.
Roja nube del ocaso, proclámalo: soy el vencedor. ¡Salúdame, oh Sol, como dueño dominante y
señor absoluto sobre el alma de Ella!
- ¿Y? - dijo Charlie, mirando sobre mi hombro. Silenciosamente puso una fotografía sobre el papel.
La fotografía de una muchacha de pelo crespo y boca entreabierta y estúpida.
- ¿No es... no es maravilloso? - murmuró, ruborizado hasta las orejas -. Yo no sabía, yo no sabía...
vino como un rayo.
- Sí, vino como un rayo. ¿Eres feliz, Charlie?
- ¡Dios mío... ella... me quiere!
Se sentó, repitiendo las últimas palabras. Miré la cara lampiña, los estrechos hombros ya agobiados
por el trabajo de escritorio y pensé dónde, cuándo y cómo había amado en sus vidas anteriores.
Después la describió, como Adán debió describir ante los animales del Paraíso la gloria y la ternura
y la belleza de Eva. Supe, de paso, que estaba empleada en una cigarrería, que le interesaba la moda
y que ya le había dicho cuatro o cinco veces que ningún otro hombre la había besado.
Charlie hablaba y hablaba; yo, separado de él por millares de años, consideraba los principios de las
cosas. Ahora comprendí por qué los Señores de la Vida y la Muerte cierran tan cuidadosamente las
puertas detrás de nosotros. Es para que no recordemos nuestros primeros amores. Si no fuera así, el
mundo quedaría despoblado en menos de un siglo.
- Ahora volvamos a la historia de la galera - le dije aprovechando una pausa.
Charlie miró como si lo hubiera golpeado.
- ¡La galera! ¿Qué galera? ¡Santos cielos, no me embrome! Esto es serio. Usted no sabe hasta qué
punto.
Grish Chunder tenía razón. Charlie había probado el amor, que mata el recuerdo, y el cuento más
hermoso del mundo nunca se escribiría.

Rudyard Kipling

martes, 13 de marzo de 2012

Tango

Aquel hombre bebió para olvidar a la mujer que amaba, y la mujer amó para olvidar al hombre que bebía.
-Mario Goloboff

EL PRINCIPIO ES MEJOR

En el principio fue el sustantivo. No había verbos. Nadie decía: "Voy a la casa".
Decía simplemente: "Casa" y la casa venía a él. Nadie decía: "Te amo".
Decía simplemente: "Amor" y uno simplemente amaba. En el principio fue mejor.

Isidoro Blaisten

miércoles, 22 de febrero de 2012

Ómnibus



—Si le viene bien, tráigame El Hogar cuando vuelva —pidió la señora Roberta, reclinándose en el sillón para la siesta. Clara ordenaba las medicinas en la mesita de ruedas, recorría la habitación con una mirada precisa. No faltaba nada, la niña Matilde se quedaría cuidando a la señora Roberta, la mucama estaba al corriente de lo necesario. Ahora podía salir, con toda la tarde del sábado para ella sola, su amiga Ana esperándola para charlar, el té dulcísimo a las cinco y media, la radio y los chocolates.

A las dos, cuando la ola de los empleados termina de romper en los umbrales de tanta casa, Villa del Parque se pone desierta y luminosa. Por Tinogasta y Zamudio bajó Clara taconeando distintamente, saboreando un sol de noviembre roto por islas de sombra que le tiraban a su paso los árboles de Agronomía. En la esquina de Avenida San Martín y Nogoyá, mientras esperaba el ómnibus 168, oyó una batalla de gorriones sobre su cabeza, y la torre florentina de San Juan María Vianney le pareció más roja contra el cielo sin nubes, alto hasta dar vértigo. Pasó don Luis, el relojero, y la saludó apreciativo, como si alabara su figura prolija, los zapatos que la hacían más esbelta, su cuellito blanco sobre la blusa crema. Por la calle vacía vino remolonamente el 168, soltando su seco bufido insatisfecho al abrirse la puerta para Clara, sola pasajera en la esquina callada de la tarde.

Buscando las monedas en el bolso lleno de cosas, se demoró en pagar el boleto. El guarda esperaba con cara de pocos amigos, retacón y compadre sobre sus piernas combadas, canchero para aguantar los virajes y las frenadas. Dos veces le dijo Clara: "De quince", sin que el tipo le sacara los ojos de encima, como extrañado de algo. Después le dio el boleto rosado, y Clara se acordó de un verso de infancia, algo como: "Marca, marca, boletero, un boleto azul orosa; canta, canta alguna cosa, mientras cuentas el dinero." Sonriendo para ella buscó asiento hacia el fondo, halló vacío el que correspondía a Puerta de Emergencia, y se instaló con el menudo placer de propietario que siempre da el lado de la ventanilla. Entonces vio que el guarda la segía mirando. Y en la esquina del puente de Avenida San Martín, antes de virar, el conductor se dio vuelta y también la miró, con trabajo por la distancia pero buscando hasta distinguirla muy hundida en su asiento. Era un rubio huesudo con cara de hambre, que cambió unas palabras con el guarda, los dos miraron a Clara, se miraron entre ellos, el ómnibus dio un salto y se metió por Chorroarín a toda carrera.

"Par de estúpidos", pensó Clara entre halagada y nerviosa. Ocupada en guardar su boleto en el monedero, observó de reojo a la señora del gran ramo de claveles que viajaba en el asiento de adelante. Entonces la señora la miró a ella, por sobre el ramo se dio vuelta y la miró dulcemente como una vaca sobre un cerco, y Clara sacó un espejito y estuvo en seguida absorta en el estudio de sus labios y sus cejas. Sentía ya en la nuca una impresión desagradable; la sospecha de otra impertinencia la hizo darse vuelta con rapidez, enojada de veras. A dos centímetros de su cara estaban los ojos de un viejo de cuello duro, con un ramo de margaritas componiendo un olor casi nauseabundo. En el fondo del ómnibus, instalados en el largo asiento verde, todos los pasajeros miraron hacia Clara, parecían criticar alguna cosa en Clara que sostuvo sus miradas con un esfuerzo creciente, sintiendo que cada vez era más difícil, no por la coincidencia de los ojos en ella ni por los ramos que llevaban los pasajeros; más bien porque había esperado un desenlace amable, una razón de risa como tener un tizne en la nariz (pero no lo tenía); y sobre su comienzo de risa se posaban helándola esas miradas atentas y continuas, como si los ramos la estuvieran mirando.

Súbitamente inquieta, dejó resbalar un poco el cuerpo, fijó los ojos en el estropeado respaldo delantero, examinando la palanca de la puerta de emergencia y su inscripción Para abrir la puerta TIRE LA MANIJA hacia adentro y levántese, considerando las letras una a una sin alcanzar a reunirlas en palabras. Lograba así una zona de seguridad, una tregua donde pensar. Es natural que los pasajeros miren al que recién asciende, está bien que la gente lleve ramos si va a Chacarita, y está casi bien que todos en el ómnibus tengan ramos. Pasaban delante del hospital Alvear, y del lado de Clara se tendían los baldíos en cuyo extremo lejano se levanta la Estrella, zona de charcos sucios, caballos amarillos con pedazos de sogas colgándoles del pescuezo. A Clara le costaba apartarse de un paisaje que el brillo duro del sol no alcanzaba a alegrar, y apenas si una vez y otra se atrevía a dirigir una ojeada rápida al interior del coche. Rosas rojas y calas, más lejos gladiolos horribles, como machucados y sucios, color rosa vieja con manchas lívidas. El señor de la tercera ventanilla (la estaba mirando, ahora no, ahora de nuevo) llevaba claveles casi negros apretados en una sola masa casi continua, como una piel rugosa. Las dos muchachitas de nariz cruel que se sentaban adelante en uno de los asientos laterales, sostenían entre ambas el ramo de los pobres, crisantemos y dalias, pero ellas no eran pobres, iban vestidas con saquitos bien cortados, faldas tableadas, medias blancas tres cuartos, y miraban a Clara con altanería. Quiso hacerles bajar los ojos, mocosas insolentes, pero eran cuatro pupilas fijas y también el guarda, el señor de los claveles, el calor en la nuca por toda esa gente de atrás, el viejo del cuello duro tan cerca, los jóvenes del asiento posterior, la Paternal: boletos de Cuenca terminan.

Nadie bajaba. El hombre ascendió ágilmente, enfrentando al guarda que lo esperaba a medio coche mirándole las manos. El hombre tenía veinte centavos en la derecha y con la otra se alisaba el saco. Esperó, ajeno al escrutinio. "De quince", oyó Clara. Como ella: de quince. Pero el guarda no cortaba el boleto, seguía mirando al hombre que al final se dio cuenta y le hizo un gesto de impaciencia cordial: "Le dije de quince." Tomó el boleto y esperó el vuelto. Antes de recibirlo, ya se había deslizado livianamente en un asiento vacío al lado del señor de los claveles. El guarda le dio los cinco centavos, lo miró otro poco, desde arriba, como si le examinara la cabeza; él ni se daba cuenta, absorto en la contemplación de los negros claveles. El señor lo observaba, una o dos veces lo miró rápido y el se puso a devolverle la mirada; los dos movían la cabeza casi a la vez, pero sin provocación, nada más que mirándose. Clara seguía furiosa con las chicas de adelante, que la miraban un rato largo y después al nuevo pasajero; hubo un momento, cuando el 168 empezaba su carrera pegado al paredón de Chacarita, en que todos los pasajeros estaban mirando al hombre y también a Clara, sólo que ya no la miraban directamente porque les interesaba más el recién llegado, pero era como si la incluyeran en su mirada, unieran a los dos en la misma observación. Qué cosa estúpida esa gente, porque hasta las mocosas no eran tan chicas, cada uno con su ramo y ocupaciones por delante, y portándose con esa grosería. Le hubiera gustado prevenir al otro pasajero, una oscura fraternidad sin razones crecía en Clara. Decirle: "Usted y yo sacamos boleto de quince", como si eso los acercara. Tocarle el brazo, aconsejarle: "No se dé por aludido, son unos impertinentes, metidos ahí detrás de las flores como zonzos." Le hubiera gustado que él viniera a sentarse a su lado, pero el muchacho —en realidad era joven, aunque tenía marcas duras en la cara— se había dejado caer en el primer asiento libre que tuvo a su alcance. Con un gesto entre divertido y azorado se empeñaba en devolver la mirada del guarda, de las dos chicas, de la señora con los gladiolos; y ahora el señor de los claveles rojos tenía vuelta la cabeza hacia atrás y miraba a Clara, la miraba inexpresivamente, con una blandura opaca y flotante de piedra pómez. Clara le respondía obstinada, sintiéndose como hueca; le venían ganas de bajarse (pero esa calle, a esa altura, y total por nada, por no tener un ramo); notó que el muchacho parecía inquieto, miraba a un lado y al otro, después hacia atrás, y se quedaba sorprendido al ver a los cuatro pasajeros del asiento posterior y al anciano del cuello duro con las margaritas. Sus ojos pasaron por el rostro de Clara, deteniéndose un segundo en su boca, en su mentón; de adelante tiraban las miradas del guarda y las dos chiquilinas, de la señora de los gladiolos, hasta que el muchacho se dio vuelta para mirarlos como aflojando. Clara midió su acoso de minutos antes por el que ahora inquietaba al pasajero. "Y el pobre con las manos vacías", pensó absurdamente. Le encontraba algo de indefenso, solo con sus ojos para parar aquel fuego frío cayéndole de todas partes.

Sin detenerse el 168 entró en las dos curvas que dan acceso a la explanada frente al peristillo del cementerio. Las muchachitas vinieron por el pasillo y se instalaron en la puerta de salida; detrás se alinearon las margaritas, los gladiolos, las calas. Atrás había un grupo confuso y las flores olían para Clara, quietita en su ventanilla pero tan aliviada al ver cuántos se bajaban, lo bien que se viajaría en el otro tramo. Los claveles negros aparecieron en lo alto, el pasajero se había parado para dejar salir a los claveles negros, y quedó ladeado, metido a medias en un asiento vacío delante del de Clara. Era un lindo muchacho sencillo y franco, tal vez un dependiente de farmacia, o un tenedor de libros, o un constructor. El ómnibus se detuvo suavemente, y la puerta hizo un bufido al abrirse. El muchacho esperó a que bajara la gente para elegir a gusto un asiento, mientras Clara participaba de su paciente espera y urgía con el deseo a los gladiolos y a las rosas para que bajasen de una vez. Ya la puerta abierta y todos en fila, mirándola y mirando al pasajero, sin bajar, mirándolos entre los ramos que se agitaban como si hubiera viento, un viento de debajo de la tierra que moviera las raíces de las plantas y agitara en bloque los ramos. Salieron las calas, los claveles rojos, los hombres de atrás con sus ramos, las dos chicas, el viejo de las margaritas. Quedaron ellos dos solos y el 168 pareció de golpe más pequeño, más gris, más bonito. Clara encontró bien y casi necesario que el pasajero se sentara a su lado, aunque tenía todo el ómnibus para elegir. Él se sentó y los dos bajaron la cabeza y se miraron las manos. Estaban ahí, eran simplemente manos; nada más.

—¡Chacarita!— gritó el guarda.
Clara y el pasajero contestaron su urgida mirada con una simple fórmula: "Tenemos boletos de quince." La pensaron tan sólo, y era suficiente.
La puerta seguía abierta. El guarda se les acercó.
—Chacarita —dijo, casi explicativamente.
El pasajero ni lo miraba, pero Clara le tuvo lástima.

—Voy a Retiro —dijo, y le mostró el boleto. Marca marca boletero un boleto azul o rosa. El conductor estaba casi salido del asiento, mirándolos; el guarda se volvió indeciso, hizo una seña. Bufó la puerta trasera (nadie había subido adelante) y el 168 tomó velocidad con bandazos coléricos, liviano y suelto en una carrera que puso plomo en el estómago de Clara. Al lado del conductor, el guarda se tenía ahora del barrote cromado y los miraba profundamente. Ellos le devolvían la mirada, se estuvieron así hasta la curva de entrada a Dorrego. Después Clara sintió que el muchacho posaba despacio una mano en la suya, como aprovechando que no podían verlo desde adelante. Era una mano suave, muy tibia, y ella no retiró la suya pero la fue moviendo despacio hasta llevarla más al extremo del muslo, casi sobre la rodilla. Un viento de velocidad envolvía al ómnibus en plena marcha.

—Tanta gente —dijo él, casi sin vos—. Y de golpe se bajan todos.
—Llevaban flores a la Chacarita —dijo Clara—. Los sábados va mucha gente a los cementerios.
—Sí, pero...
—Un poco raro era, sí. ¿Usted se fijó...?
—Sí —dijo él, casi cerrándole el paso—. Y a usted le pasó igual, me di cuenta.
—Es raro. Pero ahora ya no sube nadie.
El coche frenó brutalmente, barrera del Central Argentino. Se dejaron ir hacia adelante, aliviados por el salto a una sorpresa, a un sacudón. El coche temblaba como un cuerpo enorme.
—Yo voy a Retiro —dijo Clara.
—Yo también.

El guarda no se había movido, ahora hablaba iracundo con el conductor. Vieron (sin querer reconocer que estaban atentos a la escena) cómo el conductor abandonaba su asiento y venía por el pasillo hacia ellos, con el guarda copiándole los pasos. Clara notó que los dos miraban al muchacho y que éste se ponía rigido, como reuniendo fuerzas; le temblaron las piernas, el hombro que se apoyaba en el suyo. Entonces aulló horriblemente una locomotora a toda carrera, un humo negro cubrió el sol. El fragor del rápido tapaba las palabras que debía estar diciendo el conductor; a dos asientos del de ellos se detuvo, agachándose como quien va a saltar. el guarda lo contuvo prendiéndole una mano en el hombro, le señaló imperioso las barreras que ya se alzaban mientras el último vagón pasaba con un estrépito de hierros. El conductor apretó los labios y se volvió corriendo a su puesto; con un salto de rabia el 168 encaró las vías, la pendiente opuesta.

El muchacho aflojó el cuerpo y se dejó resbalar suavemente.
—Nunca me pasó una cosa así —dijo, como hablándose.
Clara quería llorar. Y el llanto esperaba ahí, disponible pero inútil. Sin siquiera pensarlo tenía conciencia de que todo estaba bien, que viajaba en un 168 vacío aparte de otro pasajero, y que toda protesta contra ese orden podía resolverse tirando de la campanilla y descendiendo en la primera esquina. Pero todo estaba bien así; lo único que sobraba era la idea de bajarse, de apartar esa mano que de nuevo había apretado la suya.
—Tengo miedo —dijo, sencillamente—. Si por lo menos me hubiera puesto unas violetas en la blusa.
Él la miró, miró su blusa lisa.
—A mí a veces me gusta llevar un jazmín del país en la solapa —dijo—. Hoy salí apurado y ni me fijé.
—Qué lástima. Pero en realidad nosotros vamos a Retiro.
—Seguro, vamos a Retiro.
Era un diálogo, un diálogo. Cuidar de él, alimentarlo.
—¿No se podría levantar un poco la ventanilla? Me ahogo aquí adentro.
Él la miró sorprendido, porque más bien sentía frío. El guarda los observaba de reojo, hablando con el conductor; el 168 no había vuelto a detenerse después de la barrera y daban ya la vuelta a Cánning y Santa Fe.
—Este asiento tiene ventanilla fija —dijo él—. Usted ve que es el único asiento del coche que viene así, por la puerta de emergencia.
—Ah —dijo Clara.
—Nos podíamos pasar a otro.
—No, no. —Le apretó los dedos, deteniendo su moviento de levantarse.— Cuanto menos nos movamos mejor.
—Bueno, pero podríamos levantar la ventanilla de adelante.
—No, por favor no.
Él esperó, pensando que Clara iba a agregar algo, pero ella se hizo más pequeña en el asiento. Ahora lo miraba de lleno para escapar a la atracción de allá adelante, de esa cólera que les llegaba como un silencio o un calor. El pasajero puso la otra mano sobre la rodilla de Clara, y ella acercó la suya y ambos se comunicaron oscuramente por los dedos, por el tibio acariciarse de las palmas.
—A veces una es tan descuidada —dijo tímidamente Clara—. Cree que lleva todo, y siempre olvida algo.
—Es que no sabíamos.
—Bueno, pero lo mismo. Me miraban, sobre todo esas chicas, y me sentí tan mal.
—Eran insoportabes —protestó él—. ¿Usted vio cómo se habían puesto de acuerdo para clavarnos los ojos?
—Al fin y al cabo el ramo era de crisantemos y dalias —dijo Clara—. Pero presumían lo mismo.
—Porque los otros les daban alas —afirmó él con irritación—. El viejo de mi asiento con sus claveles apelmazados, con esa cara de pájaro. A los que no vi bien fue a los de atrás. ¿Usted cree que todos...?
—Todos —dijo Clara—. Los ví apenas había subido. Yo subí en Nogoyá y Avenida San Martín, y casi en seguida me di vuelta y vi que todos, todos...
—Menos mal que se bajaron.

Pueyrredón, frenada en seco. Un policía moreno se habría en cruz acusándose de algo en su alto quiosco. El conductor salió del asiento como deslizándose, el guarda quiso sujetarlo de la manga, pero se soltó con violencia y vino por el pasillo, mirándolos alternadamente, encogido y con los labios húmedos, parapadeando. "¡Ahí da paso!", gritó el guarda con una voz rara. Diez bocinas ladraban en la cola del ómnibus, y el conductor corrió afligido a su asiento. El guarda le habló al oído, dándose vuelta a cada momento para mirarlos.
—Si no estuviera usted... —murmuró Clara—. Yo creo que si no estuviera usted me habría animado a bajarme.
—Pero usted va a Retiro —dijo él, con alguna sorpresa.
—Sí, tengo que hacer una visita. No importa, me hubiera bajado igual.
—Yo saqué boleto de quince —dijo él — Hasta Retiro.
—Yo también. Lo malo es que si una se baja, después hasta que viene otro coche...
—Claro, y además a lo mejor está completo.
—A lo mejor. Se viaja tan mal, ahora. ¿Usted ha visto los subtes?
—Algo increíble. Cansa más el viaje que el empleo.

Un aire verde y claro flotaba en el coche, vieron el rosa viejo del Museo, la nueva Facultad de Derecho, y el 168 aceleró todavía más en Leandro N. Alem, como rabioso por llegar. Dos veces lo detuvo algún polícia de tráfico, y dos veces quiso el conductor tirarse contra ellos; a la segunda, el guarda se le puso por delante negándose con rabia, como si le doliera. Clara sentía subírsele las rodillas hasta el pecho, y las manos de su compañero la desertaron bruscamente y se cubrieron de huesos salientes, de venas rígidas. Clara no había visto jamás el paso viril de la mano al puño, contempló esos objetos macizos con una humilde confianza casi perdida bajo el terror. Y hablaban todo el tiempo de los viajes, de las colas que hay que hacer en Plaza de Mayo, de la grosería de la gente, de la paciencia. Después callaron, mirando el paredón ferroviario, y su compañero sacó la billetera, la estuvo revisando muy serio, temblándole un poco los dedos.

—Falta apenas —dijo clara, enderezándose—. Ya llegamos.
—Sí. Mire, cuando doble en Retiro, nos levantamos rápido para bajar.
—Bueno. Cuando esté al lado de la plaza.
—Eso es. La parada queda más acá de la torre de los Ingleses. Usted baja primero.
—Oh, es lo mismo.
—No, yo me quedaré atrás por cualquier cosa. Apenas doblemos yo me paro y le doy paso. Usted tiene que levantarse rápido y bajar un escalón de la puerta; entonces yo me pongo atrás.
—Bueno, gracias —dijo Clara mirándolo emocionada, y se concentraron en el plan, estudiando la ubicación de sus piernas, los espacios a cubrir. Vieron que el 168 tendría paso libre en la esquina de la plaza; temblándole los vidrios y a punto de embestir el cordón de la plaza, tomó el viraje a toda carrera. El pasajero saltó del asiento hacia adelante, y detrás de él pasó veloz Clara, tirándose escalón abajo mientras él se volvía y la ocultaba con su cuerpo. Clara miraba la puerta, las tiras de goma negra y los rectángulos de sucio vidrio; no quería ver otra cosa y temblaba horriblemente. Sintió en el pelo el jadeo de su compañero, los arrojó a un lado la frenada brutal, y en el mismo momento en que la puerta se abría el conductor corrió por el pasillo con las manos tendidas. Clara saltaba ya a la plaza, y cuando se volvió su compañero saltaba también y la puerta bufó al cerrarse. Las gomas negras apresaron una mano del conductor, sus dedos rígidos y blancos. Clara vio a través de las ventanillas que el guarda se había echado sobre el volante para alcanzar la palanca que cerraba la puerta.

Él la tomó del brazo y caminaron rápidamente por la plaza llena de chicos y vendedores de helados. No se dijeron nada, pero temblaban como de felicidad y sin mirarse. Clara se dejaba guiar, notando vagamente el césped, los canteros, oliendo un aire de río que crecía de frente. El florista estaba a un lado de la plaza, y él fue a parase ante el canasto montado en caballetes y eligió dos ramos de pensaminetos. Alcanzó uno a Clara, después le hizo tener los dos mientras sacaba la billetera y pagaba. Pero cuando siguieron andando (él no volvió a tomarla del brazo) cada uno llevaba su ramo, cada uno iba con el suyo y estaba contento.
Julio Cortázar

El flautista electrónico de Hamelin

Como no quisieron pagarle sus servicios, el flautista, furioso, decidió vengarse raptando a los niños de aquel ingrato pueblo. Los conduciría por espesos bosques y altas montañas para finalmente despeñarlos en un precipicio. Sus padres jamás volverían a verlos. Para ello no era suficiente su flauta mágica, sino algo más poderoso. Optó entonces por prender el aparato televisor: los niños encantados lo siguieron hasta su perdición.

Avilés Fabila, René

jueves, 2 de febrero de 2012

El piedrazo


Resulta que yo había comprado una rifa de la cooperadora de la escuela que queda a media cuadra, y había sacado el primer premio que eran cuatro autos, dos casas, tres motos y un cuchillito.

Bueno, con uno de los autos había pasado a buscar a la que ahora es mi novia, para llevarla a pasear. A ella se le había ocurrido traer el termo y el mate, así que nos fuimos a tomar unos mates a la playa. Ella me gustaba mucho, pero mucho en serio, y quería impresionarla con algo. No se me ocurría con qué. Entonces vi que había unas piedritas, le devolví el mate y le dije: "Mirá, vas a ver qué lejos llego". "¡Ay, dale me encanta!", dijo ella mientras cambiaba la yerba. Yo no quería que el piedrazo se quedara por ahí cerca nomás, así que tomé carrera y la tiré con todo. Nos quedamos mirando para ver el chapuzón de la piedra en el agua, pero nada. Por más que miramos, no la vimos caer. Tiré de nuevo. Pero, otra vez, no vimos dónde caía. Bueno, nos pareció raro; pero no le hicimos caso. Seguimos charlando de nuestras cosas, ahí medio fue que me declaré. Terminamos de tomar mate y nos fuimos.

Al otro año, de nuevo se me ocurre invitarla a pasear a esa playa para festejar que hacía un año que estábamos de novios. Llevamos mate, todo igual que la otra vez. En eso estábamos de lo más tranquilos, cuando ¡páfate! a ella le pegan un piedrazo en la cabeza. Me levanté hecho una fiera, para ver quién había sido el bruto. Pero no había nadie. La playa es amplia y se ve lejos. ¿Entonces quién había sido? Y ahí me di cuenta, ¡era la piedra que yo mismo había tirado el año pasado! Había dado la vuelta al mundo y le pegó en la nuca a mi novia. Le expliqué y ella gritó: "¡Entonces agacháte que debe estar por llegar la otra!". Tal cual, menos mal que nos agachamos porque al ratito nomás, ahí delante de donde estábamos, pegó el otro piedrazo.

Después seguimos tomando mate lo más tranquilos porque había tirado dos nomás, que si no nos teníamos que ir.


Luis María Pescetti