jueves, 2 de febrero de 2012

Historia del lagarto que tenía la costumbre de cenar a sus mujeres

A la orilla del río, oculta por el pajonal, una mujer está leyendo. Érase que se era, cuenta el libro, un señor de vasto señorío. Todo le pertenecía: el pueblo de Lucanamarca y lo de más acá y lo de más allá, las bestias señaladas y las cimarronas, las gentes mansas y las alzadas, todo: lo medido y lo baldío, lo seco y lo mojado, lo que tenía memoria y lo que tenía olvido. Pero aquel dueño de todo no tenía heredero. Cada día su mujer rezaba mil oraciones, suplicando la gracia de un hijo, y cada noche encendía mil velas. Dios estaba harto de los ruegos de aquella pesada, que pedía lo que Él no había querido dar. Y al fin, por no escucharla más o por divina misericordia, hizo el milagro. Y llegó la alegría del hogar. El niño tenía cara de gente y cuerpo de lagarto. Con el tiempo el niño habló, pero caminaba arrastrándose sobre la barriga. Los mejores maestros de Ayacucho le enseñaron a leer, pero sus pezuñas no podían escribir. A los dieciocho años pidió mujer. Su opulento padre le consiguió una; y con gran pompa se celebró la boda en la casa del cura. En la primera noche, el lagarto se lanzó sobre su esposa y la devoró. Cuando el sol despuntó, en el lecho nupcial no había más que un viudo durmiendo, rodeado de huesitos. Y después el lagarto exigió otra mujer. Y hubo nueva boda, y nueva devoración. Y el glotón necesitó otra más. Y así. Novias, no faltaban. En las casas pobres, siempre había alguna hija sobrando. Con la barriga acariciada por el agua del río, Dulcidio duerme la siesta. Cuando abre un ojo, la ve. Ella está leyendo. Él nunca en su vida ha visto una mujer con anteojos. Dulcidio arrima la nariz -¿Qué lees? Ella aparta el libro y lo mira, sin asombro, y dice: -Leyendas. -¿Leyendas? -Voces viejas. -¿Y para qué sirven? Ella se encoge de hombros: -Acompañan -dice. Esta mujer no parece de la sierra, ni de la selva, ni de la costa. -Yo también sé leer - dice Dulcidio. Ella cierra el libro y da vuelta la cara. Cuando Dulcidio le pregunta quién es y de dónde, la mujer desaparece. El domingo siguiente, cuando Dulcidio despierta de la siesta, ella está allí. Sin libro, pero con anteojos. Sentada en la arenita, los pies guardados bajo las muchas polleras de colores, ella está muy estando, desde siempre estando; y así mira al intruso ése que lagartea al sol. Dulcidio pone las cosas en su lugar. Alza una pata uñuda y la pasea sobre el horizonte de montañas azules: -Hasta donde llegan los ojos, hasta donde llegan los pies. Todo. Dueño soy. Ella ni echa una ojeada al vasto reino y calla. Un silencio muy. El heredero insiste. Las ovejitas y los indios están a su mandar. Él es amo de todas estas leguas de tierra y agua y aire, y también del pedazo de arena donde ella está sentada: - Te doy permiso -concede. Ella echa a bailar su larga trenza de pelo negro, como quien oye llover, y el muy saurio aclara que él es rico pero humilde, estudioso y trabajador, y ante todo un caballero con intenciones de formar un hogar, pero el destino cruel quiere que enviude. Inclinando la cabeza, ella medita ese misterio. Dulcidio vacila. Susurra: -¿Puedo pedirte un favor? Y se le arrima de costadito, ofreciendo el lomo. -Ráscame la espalda -suplica- que yo no llego. Ella extiende la mano, acaricia la ferruginosa coraza y elogia -es una seda. Dulcidio se estremece y cierra los ojos y abre la boca y alza la cola y siente lo que nunca. Pero cuando da vuelta la cabeza, ella ya no está. Arrastrándose a toda velocidad a través del pajonal, la busca al derecho y al revés y por los cuatro costados. No hay rastros Y el domingo siguiente, ella no viene a la orilla del río. Y tampoco viene el otro domingo, ni el otro. Desde que la vio, la ve .Y nada más ve. El dormilón no duerme, el tragón no come. La alcoba de Dulcidio ya no es el feliz santuario donde él reposaba amparado por sus difuntas esposas. Las fotos de ellas siguen allí, tapizando las paredes de arriba a abajo, con sus marcos en forma de corazón y sus guirnaldas de azahares; pero Dulcidio, condenado a la soledad, yace hundido en las cobijas y en la melancolía. Médicos y curanderos acuden desde lejos, y ninguno puede nada ante el vuelo de la fiebre y el derrumbe de todo lo demás. Prendido a la radio a pilas, que le ha vendido un turco de paso, Dulcidio pena sus noches y sus días suspirando y escuchando melodías pasadas de moda. Los padres desesperados, lo miran marchitarse. Él ya no exige mujer como antes exigía: -Tengo hambre. Ahora suplica: -Yo soy un pordiosero del amor, y con voz rota, y alarmante tendencia a la rima, musita homenajes de agonía a la dama que le ha robado la calma y el alma. Toda la servidumbre se lanza a buscarla. Los perseguidores revuelven el cielo y la tierra, pero ni siquiera se sabe el nombre de la evaporada, y nadie ha visto jamás a ninguna mujer de anteojos en estos valles, ni más allá. En la tarde de un domingo, Dulcidio tiene una corazonada. Se levanta, a duras penas, y de mala manera se arrastra hasta la orilla del río. Y allí está ella. Bañado en lágrimas, Dulcidio declara su amor a la niñacha desdeñosa y esquiva, confiesa que de sed perezco por las mieles de tu boca, proclama que ni tu olvido merezco, palomita que me aloca, y la abruma de lindezas y arrumacos. Y se viene la boda. Todo el mundo agradecido, porque ya el pueblo lleva largo tiempo sin fiesta y allí Dulcidio es el único que se casa. El cura hace precio, por tratarse de un cliente tan especial. Gira el charango alrededor de los novios y suenan a gloria el arpa y los violines. Se brinda por el amor eterno de la feliz pareja, y ríos de ponche corren bajo las ramadas de flores. Dulcidio estrena piel nueva, rojiza en el lomo y verdiazul en la cola prodigiosa. Y cuando los dos quedan al fin solos, y llega la hora de la verdad, él ofrece: -Te doy mi corazón. Písalo sin compasión. Ella apaga la vela de un soplido, deja caer su vestido de novia, esponjoso de encajes, se saca lentamente los anteojos y le dice: -No seas huevón. Déjate de pendejadas. De un tirón lo desenvaina y arroja la piel al suelo. Y abraza su cuerpo desnudo, y lo arde. Después, Dulcidio se duerme profundamente, acurrucado contra esta mujer, y sueña por primera vez en la vida. Ella se lo come dormido. Lo va tragando de a poquito, desde la cola hasta la cabeza, sin hacer ruido ni mascar fuerte, cuidadosa de no despertarlo, para que él no vaya a llevarse una fea impresión.

Eduardo Galeano



jueves, 5 de enero de 2012

Por los servicios prestados

El apodo se lo debía a su incapacidad para distinguir el pie derecho del pie izquierdo y al incierto humor del capitán Losa, jefe del segundo escuadrón, con quien está entrampado ahora bajo la nieve, en el socavón, en un desvío del camino a Zapala. Alfonso Juan, se llamaba. Alfonso de apellido. Cómo o por qué lo habían incorporado al Ejército, nadie se lo explicaba muy bien. El caso es que estaba. Llegó una mañana a hacer el servicio militar, o lo trajeron a la fuerza de los toldos. Y se quedó tres años, como esperando algo. No hacía mal a nadie y lo dejaron que se quedara. Cuidar las mulas del escuadrón, con las que a veces dormía, hacer de cuartelero y silbar, eran las únicas cosas para las que parecía estar dotado. Verlo comer el rancho de tropa era cómico, quizá temible. Comía sin levantar la cabeza del plato, con algo de chico o de animal de jauría, mirando de reojo a sus compañeros, como si en cada uno de ellos pudiera ocultarse un enemigo eventual capaz de disputarle aquella incomparable inmundicia. Pastoseco era el apodo. El capitán Losa, que había llegado a ese destacamento de frontera bajo castigo, sin que tampoco nadie supiera por qué o de dónde; el capitán Avaro Losa, una noche, hacía tres años, le ordenó atarse al borceguí izquierdo un manojo de pasto seco y otro de pasto verde al borceguí derecho, y mientras se hacía cebar mate por algún imaginaria lo obligó a marchar solo por la cuadra al grito de “seco, verde; seco, verde”, con todo el segundo escuadrón tiritando en calzoncillos al pie de las camas, mirándolo. (Y ahora están encerrados juntos en este agujero de casi cuatro metros de hondo, en alguna de las encrucijadas de la ruta a Zapala, suponiendo que la brújula marcara realmente el Norte después de que el caballo del capitán la pisó y antes de que perdieran brújula y caballo al derrumbarse la primera hondonada: una súbita tormenta de viento y nieve los apartó del pelotón de reconocimiento, se perdieron juntos en los ventisqueros, rodaron abrazados hacia la hoya, algo estalló sobre sus cabezas, y Losa y Pastoseco quedaron entrampados en esa grieta. Algo se podría intentar, sin embargo, piensa el capitán Losa. Mira el reloj, mira los ojos de Pastoseco y no se atreve a decir nada.) Desde aquella noche le había quedado esa mirada al indio. Porque Pastoseco era indio, o medio indio. Descendiente de pampas o araucanos, nadie sabía bien. Y el apodo y esa mirada los tenía desde entonces, desde la noche de aquel desfile solitario entre las camas, ida y vuelta muchas veces por el centro de la cuadra de tropa, todo el escuadrón de pie a los costados del pasillo mirándolo pasar, y él marchando, con un atadito de pasto en cada borceguí: verde y seco. O la mirada no, sólo el apodo. La mirada la traía de antes, desde lejos. Como más fría que los ojos, ésa era la impresión. Tenía unos grandes ojos pardos, que parecían claros. Cosa rara en un indio. Y unos puntitos brillantes, plomizos, alrededor del iris, aquello era lo que impresionaba. Esa noche fue también la noche en que el capitán Losa habló de las pelotas y las alitas. Sucedió así: en una de las idas y venidas, el indio, con toda naturalidad, se detuvo. Se quedó parado y no marchó más, y Losa, que no lo miraba, siguió repitiendo “seco, verde” durante unos segundos. Después, sin embargo, debió notar alguna cosa en el pesado silencio de la cuadra. No aceptó el mate que el furriel le ofrecía, dio vuelta la cabeza y miró al indio: su espalda. Porque el indio estaba allá, a unos diez metros, de espaldas al capitán y absolutamente quieto. Losa se puso de pie como incrédulo, gritó qué pasa ahí y gritó marche y desenvainó a medias la charrasca. El indio no se movió. “Por lo que veo –dijo el capitán–, tengo la suerte de mandar un escuadrón de soldaditos muy corajudos y rebeldones, muy toros.” Ahora hablaba con todos: “¿Es cierto o no es cierto?”. Y el escuadrón gritó a coro: “No, mi capitán”. El capitán se paseaba, pensativo, delante de las camas, sin mirar al indio. Terminó de desenvainar el sable bayoneta y se golpeaba rítmicamente la bota con la hoja. Sacando el labio hacia fuera, movió la cabeza como abstraído. Después dijo: “Así que no es cierto”. “No mi capitán”, contestó el escuadrón. Entonces Losa gritó: “¿Así que no? Quiere decir que yo miento, carajo. ¡Paso vivo en sus puestos todo el mundo!”. Y, durante diez minutos, todo el segundo escuadrón, en calzoncillos, desfiló marcialmente sobre una baldosa a veinte centímetros de sus camas. Sólo Alfonso estaba quieto. Como si le costara entender, se había quedado inmóvil en el centro de la cuadra. Una raya honda como un tajo le partía el entrecejo. Los ojos se le habían achicado como hendijas. “Firmes”, gritó Losa. El capitán era un hombre alto, corpulento y alto, y más de un recluta lo había visto tumbar una mula empacada, de un puñetazo entre los ojos; Pastoseco era más bien esmirriado, o parecía chico al lado del otro. (Demasiado flaquito, piensa Losa en el hoyo, mirando la saliente, y ve asomarse más arriba la mula de Pastoseco, que los ha seguido entre la ventisca y que ahora los observa con la inexpresividad de un ídolo, desde lo alto. Demasiado flaquito, piensa, no me va a poder aguantar el peso.) Aunque esmirriado no es la palabra. Agotado. No por las idas y vueltas, agotado como si le viniera de siglos, de estirpe, ya manso o amansado a través del tiempo, la humillación y los degüellos. Cuando Losa llegó a su lado y gritó “carrera march al fondo de la cuadra”, su voz fue tan autoritaria que muchos conscriptos, al pie de sus camas, iniciaron el movimiento instintivo de correr. El indio no se movió. Por un instante, Losa y el indio parecieron solos en el mundo, tan grande era el silencio. Losa, entonces, se calmó de golpe. Metió la mano en el bolsillo alto de su garibaldina y sacó un objeto diminuto, plateado, una especie de distintivo: unas alitas. “¡Furriel!”, llamó, y el furriel llegó trotando, se cuadró y dijo: “Ordene, mi capitán”. “¿Qué es esto?”, preguntó Losa. “Unas alitas, mi capitán.” “Hable más fuerte –dijo Losa sin levantar la voz–, que lo oigan bien todos.” “Unas alitas”, gritó el soldado. Losa dijo que había algo más. “Hay otra cosa, ahí abajo”, dijo señalando el borde inferior de las alitas: “Mire bien, soldadito”.

Entonces el furriel se rió y no dijo nada. “¿No ve lo que hay?”, dijo Losa. “Sí, mi capitán”, gritó sonriendo el soldado, y Losa dijo que lo que había, y miró a todos los conscriptos al pie de sus camas, era un par de pelotas. Con alitas. Y, sin levantar la voz, repitió aquello varias veces. “Un par de pelotas, y este escudito viene a ser una alegoría, un emblema, ¿a que ninguno sabe lo que quiere decir emblema? Un símbolo”, gritó. “Y eso, ¿qué quiere decir?: quiere decir que acá, en mi escuadrón, las pelotas se dejan en el cofre durante todo el año.” Mientras hablaba caminó en distintas direcciones unos pasos, de tal modo que al terminar estaba frente al indio mostrándole las alitas. “Porque acá el que tiene pelotas, vuela.” Guardó las alitas, dijo cuerpo a tierra y con el canto del empeine de su bota le pegó al indio en la caña del borceguí, y el indio se vino en bloque hacia adelante, medio patinó unos metros en el piso de baldosas y cayó de costado, pero sin dejar de mirarlo, mirándolo con aquellos ojos de un color raro y como con estrellitas heladas rodeándole las pupilas. Y ahora, en el socavón, Losa rememora sin querer esa mirada, recuerda que al agacharse junto al indio y gritarle carrera mar se sorprendió de la mansedumbre pétrea de aquellos ojos y le causó piedad el indio, pero vio un segundo sus pigmentos fríos, tan cerca estaban sus caras, y temió que el indio no le acatara la próxima orden: “Carrera, march: al fondo de la cuadra”, gritó mirando al indio entre las cejas, desviando imperceptiblemente los ojos de aquella mirada que ahora se superpone a ésta, en el socavón, porque es la misma. La mula, arriba, vuelve a asomarse. Losa se ha quedado mirando una saliente que hay sobre sus cabezas, a unos cuatro metros del suelo, y piensa que de todos modos no hay más que una forma de salir de allí, pero no se anima a proponer que sea el indio quien se trepe sobre sus hombros. Capaz de irse solo, piensa. Cien soldados en calzoncillos, hacía tres años, apostaban su alma a que el indio no le iba a obedecer: Losa supo que toda su autoridad dependía de que el indio obedeciera sin volver a golpearlo. No repitió la orden. Y el indio, quien dio por un segundo la impresión de que iba a hacer otra cosa, se puso de pie, corrió hasta el fondo de la cuadra, fue y vino y rodó sobre las baldosas al compás de la voz del capitán, perdió el gorro, desparramó pasto en todas direcciones, anduvo por la cuadra en cuatro patas y al fin, sentándose en el piso, resopló y terminó pidiendo “Basta, capitanito”, en medio del regocijo de cien conscriptos y de la carcajada increíblemente franca del propio capitán Alvaro Wenceslao del Sagrado Corazón Losa que esa vez le dijo: “Bueno, pero antes de acostarte me barrés bien barrida la cuadra, Pastoseco” y que ahora está en el pozo con él, apretado y casi abrazado a él, y acaba de decidir que si en una hora no llega una patrulla a rescatarlo tendrá que salir de ahí de cualquier modo. O esta noche, en el parte de retreta del destacamento, van a figurar un oficial, su caballo, y una mula menos, piensa. Suponiendo que haya quedado algo del destacamento. Y dentro de una semana, si quedó alguien para avisar a la guarnición, su mujer va a recibir un telegrama de la Patria. Desaparecido en cumplimiento de misión. Ascendido a mayor por los servicios prestados. Tan duros que nos van a tener que enterrar en el mismo cajón, piensa, pensando por primera vez en el indio. Por ahí, hasta me lo hacen cabo. Y desde aquella noche de hacía tres años, el indio empezó a llamarse Pastoseco y a ser el conscripto más envidiado del segundo escuadrón, porque a partir de esa noche o más precisamente de aquel gesto de sentarse resoplando en el piso de la cuadra y decirle “capitanito”, Losa, de quien se contaban historias con mulas tumbadas de un solo puñetazo en medio de la frente, a partir de aquel gesto o de aquella palabra –o quizás en razón de esa hermandad que va creciendo indescifrablemente entre el humillador y el que se humilla, entre el animal golpeado y el hombre que lo amansa–, el capitán no daba un paso sin el indio y lo hizo su asistente: “Mi lugarteniente”, decía, palmeándolo, o decía: “Las botas, Pastoseco”, y el indio se las lustraba con una dedicación minuciosa, casi ceremonial, pero sin servilismo y acaso impersonalmente, como nieva o suceden las cosas que están dentro del orden de la naturaleza. Lo curioso es que Losa nunca se hizo lustrar las botas si las tenía puestas, ni le ordenó al indio sacárselas o ponérselas, o acaso hubo una primera vez en que el araucano decidió que eso ya no entraba en el orden natural de las cosas. Cuarenta y cinco minutos, piensa Losa, y vuelve a mirar la saliente que hay sobre sus cabezas. El indio se ha puesto a silbar. Unos cuatro metros, piensa Losa. El cálculo es fácil: aun suponiendo que Pastoseco fuera capaz de aguantar sobre sus hombros los ciento dos kilos del capitán (demasiado chiquito, piensa) la saliente quedaría, lo menos, a veinte o treinta centímetros de sus manos, y después –y esto sí era seguro– ni dos indios juntos como éste se aguantaban para levantarlo a pulso hasta la cornisa. “Vení –dice Losa–. Subí acá.”

Se arrodilla. Pone las manos a la altura de los hombros, como estribos, y hace que Pastoseco apoye los pies allí.

“Tratá de llegar a esa piedra”, dice.

Se va levantando, despacio, con el indio encima, mirando hacia la saliente sin perder de vista las manos de Pastoseco. Cuando las manos están a punto de agarrar la saliente, Losa, de golpe, vuelve a arrodillarse y baja al indio.

“Se llega”, dice Pastoseco.

“Sí –dice Losa–. Se llega.”

Mira el reloj y le dice al indio que se arrime. El indio había vuelto a sentarse, lejos. Dos metros es lejos en un hoyo que tiene un piso de dos metros. Le dice al indio que se arrime, que se va a helar de frío. No dice: Nos vamos a helar. Te vas a helar, dice. Arrimate que te vas a helar de frío, indio huevón.

“Tu mula tiene una soga, ¿no? –dice Losa–. Y una pica.”

“Tiene.”

“Si uno de los dos llega arriba –dice Losa–, le ata la soga a la cincha y tira la soga y la pica acá, al pozo. Y el otro trepa.”

La cara de Pastoseco se ilumina. Hace un gesto raro, riéndose con toda la boca. La primera vez que Losa veía reírse así a un indio.

“¿Y si no, cómo, capitanito?”

Al rato, sólo le queda la sombra de siempre, el fantasma de una sonrisa en su cara de piedra. Ha cerrado los ojos y Losa teme que se duerma. Si se duerme, se muere, piensa. Y yo también me muero si me duermo.

Saca la pistola y dispara un tiro al aire. El indio no abre los ojos.

“No duermo –dice el indio, con los ojos cerrados–. Y no tirotiés más que se nos va a venir todo encima. Toda la nieve. Malo también si se espanta la mula.”

Lejos, se oye el último de los ecos del balazo. Después un principio de trueno, un fragor que parece acercarse y hace temblar el fondo del pozo. Después, nada. Sólo el silbido del indio. Se quedó tres años como podría haberse quedado trescientos. Nunca hizo guardia y no hacía imaginaria más que cuando Losa estaba de semana. Iba y venía silbando y cebaba mate sin parar. Una madrugada, el conscripto que dormía en la primera cama entró al Detall de Losa. “¿Qué pasa?”,dijo Losa. “Que no se puede dormir, mi capitán”, y señaló al indio: “el silbido”. “¿Cómo era que se llamaba usted?”, dijo Losa. “Petrucelli, Omar”, dijo el soldado, “Jódase”, dijo Losa. “Y ya que está tan en vela, vístase y cébenos mate a los dos.” Y después, mientras Petrucelli cebaba mate: “Este que ve ahí, soldado Petruchoto, es un pampa: un araucano. O lo que queda de un araucano. Cuando Miguel Angel chupaba vermicelli en los andamios de la Capilla Sixtina, los abuelos de éste empezaron a pelear con los míos. Trescientos años los pelearon. Meta tiro y meta lanzazo. Trescientos años nos costó dejarles esta cara de boludos. Cuando ustedes todavía no habían puesto una pata en la pampa...”, y el indio lo interrumpió bajito, como si no lo interrumpiera: “Calfucurá se paseó a caballo por la calle principal de Bahía Blanca.” El capitán Losa lo miró: “¿Qué dijiste?” “Cosas que cuenta la gente vieja”, dijo apenas Pastoseco. “Y vos qué sabés quién era Calfucurá.” El indio se quedó mirando el mate. “Un indio”, dijo. “Terminá de una vez ese mate –dijo Losa–, y andate a dormir, y antes lustrame las botas.” Pastoseco le miró los borceguíes que Losa tenía puestos y después, inexpresivamente, le miró la cara. “No, carajo –dijo Losa–, las botas de salida, las que están en el cofre. Los borceguíes se los vamos a hacer lustrar a Humberto Primo. Sabe una cosa, conscripto Pietrafofa, los únicos argentinos de veras que hay en este país son una cruza de ese animal y de gente como yo. No se ofenda, soldado. Ustedes también hicieron lo suyo. Por eso este país es un quilombo. Y por eso el Zoológico está en Plaza Italia.” Y de golpe se volvió hacia Pastoseco, con voz inamistosa. “Se paseó a caballo por la calle principal de Bahía, sí. Y también se cuatrerió doscientas mil vacas. Y murió como un viejo choto después del escarmiento que les dimos en Bolívar, contáselo a las viejas cascarrientas de la tribu cuando volvás, si volvés. Ah, y no pijotiés pomada.”

La mula vuelve a asomarse al borde de la grieta. El indio, con los ojos cerrados, deja de silbar y dice de pronto:

“Mostrame las alitas.”

El otro lo mira con seriedad y desconfianza.

“¿Para qué?”, dice.

Están tan juntos que parecen el mismo cuerpo, ahí abajo. Una carne hermanada por el frío y la vecindad de la noche y el presentimiento de la muerte. Pastoseco se encoge de hombros. Abre los ojos. El otro piensa que de cualquier modo da lo mismo. Saca las alitas del bolsillo, sin dejar de observar al indio, quien, tomándolas con la punta de los dedos, las alza hasta sus ojos. Están mirándose así, a unos centímetros, un hombre a cada lado del emblema, cuando el indio dice que se las regale.

“Me las regalás, che milico”, dice.

“Mi capitán”, dice Losa.

El indio parece hacer un esfuerzo para entender, entiende al fin y dice: “Me las regalás, mi capitán”.

“¿Vas a aprender a llevar el paso sin pasto?”, pregunta Losa.

“Claro, mi capitán.”

“Quédatelas”, dice Losa.

El indio vuelve a levantar el distintivo hasta sus ojos constelados, mira al capitán por encima de las alitas, lo mira un segundo como si lo viera por primera vez, desvía la mirada y después, abriendo mucho la boca, se pone a reír de tal modo que poco a poco Losa se contagia y también ríe y durante un rato largo los dos están riéndose a carcajadas en el fondo del socavón.

Diez minutos después, el capitán Losa enciende un fósforo y mira el reloj. El plazo ha terminado. Pastoseco está silbando la tonada aquella de siempre en la oscuridad.

“¿Qué es eso que silbás siempre?”, pregunta el capitán “No sé. Es de hace mucho, de cuando no había nada. Los indios la silban en las cañas.”

“Bueno, hermano –dice el otro–. No hay patrulla. Subí.” Pastoseco, arriba, alcanza la saliente; pierde pie una o dos veces, y llega al borde y sale del pozo. El aire, afuera, es más frío pero más respirable que allá abajo. Mira las primeras estrellas y decide el rumbo; monta su mula y se aleja silbando. Después es un puntito, lejos.

Ahora, el silencio de la noche es perfecto.

Abelardo Castillo

domingo, 25 de diciembre de 2011

Negrita

Negrita, el corazón me grita
me pide que vuelvas de una vez.
Una vez tuve una vida, 
no era fácil, pero era mía
y ahora me falta lo más importante

No quiero ser el estúpido que llama
a partir de las tres de la mañana.
Pero negra es mi corazón el que se desintegra
porque me falta lo más importante.

Siempre supe que sin usted
no podría sobrevivir
es más hambre que el hambre,
más sed que la sed peor.

Necesito escuchar tu voz
volver a hacernos el amor,
volver a sufrir y a vivir por mi negrita.
¿No ves cómo el corazón me grita 
y el techo se me cae encima? 
Porque me falta lo más importante

Una vez en Buenos Aires me di cuenta
que existen las fantasías pero también
existe el amor verdadero
sin ese no puedo seguir entero
porque me falta lo más importante.

Perdón otra vez
si no lo dije a tiempo
odiado perdón por no estar
donde tenía que estar.

Te pido otra oportunidad
creo que supe esperar.
Si no das una señal 
voy a tener que aprender a vivir otra vez
voy aprender a los golpes a recibir.
Tal vez elija mil veces el mal camino
voy a tener que aprender a vivir otra vez.

Para mi la fiesta ya se terminó
nada de sexo frío, nada de amor.
Un poco de drogas y rock and roll 
y a seguir adelante
con farmacia y con aguante
porque me falta lo más importante

(Andrés Calamaro)
A veces sucede que la vida te da una cachetada y de repente todo vuelve a aparecer de manera constante. O tal vez sea que lo que aparece, en realidad, nunca se fue. Sólo se quedó guardado en un rincón para no perder protagonismo. Un protagonismo que en ese momento no tuvo y que ahora tampoco tendrá. O tal vez lo tiene, pero no queremos darnos cuenta, porque es mejor así.
(Qué difícil es el amor ¿No?)
Pomelo

martes, 20 de diciembre de 2011

Historia de una Princesa, su papá y el Príncipe Kinoto Fukasuka


Esta es la historia de una princesa, su papá, una mariposa y el Príncipe Kinoto Fukasuka.
Sukimuki era una princesa japonesa. Vivía en la ciudad de Siu Kiu, hace como dos mil años, tres meses y media hora.
En esa época, las princesas todo lo que tenían que hacer era quedarse quietitas. Nada de ayudarle a la mamá a secar los platos. Nada de hacer mandados. Nada de bailar con abanico. Nada de tomar naranjada con pajita. Ni siquiera ir a la escuela. Ni siquiera sonarse la nariz. Ni siquiera pelar una ciruela. Ni siquiera cazar una lombriz. Nada, nada, nada. Todo lo hacían los sirvientes del palacio: vestirla, peinarla, estornudar por... –atchís–, por ella, abanicarla, pelarle las ciruelas. ¡Cómo se aburría la pobre Sukimuki!
Una tarde estaba, como siempre, sentada en el jardín papando moscas, cuando apareció una enorme Mariposa de todos colores. Y la Mariposa revoloteaba, y la pobre Sukimuki la miraba de reojo porque no le estaba permitido mover la cabeza.
–¡Qué linda mariposapa! –murmuró al fin Sukimuki, en correcto japonés.
Y la Mariposa contestó, también en correctísimo japonés:
–¡Qué linda Princesa! ¡Cómo me gustaría jugar a la mancha con usted, Princesa!
–Nopo puepedopo –le contestó la Princesa en japonés.
–¡Cómo me gustaría a jugar a escondidas, entonces!
–Nopo puepedopo –volvió a responder la Princesa haciendo pucheros.
–¡Cómo me gustaría bailar con usted, Princesa! –insistió la Mariposa.
–Eso tampococo puepedopo –contestó la pobre Princesa.
Y la Mariposa, ya un poco impaciente, le preguntó:
–¿Por qué usted no puede hacer nada?
–Porque mi papá, el Emperador, dice que si una Princesa no se queda quieta, quieta, quieta como una galleta, en el imperio habrá una pataleta.
–¿Y eso por qué? –preguntó la Mariposa.
–Porque sípi –contestó la Princesa–, porque las Princesas del Japonpón debemos estar quietitas sin hacer nada. Si no, no seríamos Princesas. Seríamos mucamas, colegialas, bailarinas o dentistas, ¿entiendes?
–Entiendo –dijo la Mariposa–, pero escápese un ratito y juguemos. He venido volando de muy lejos nada más que para jugar con usted. En mi isla, todo el mundo me hablaba de su belleza.
A la Princesa le gustó la idea y decidió, por una vez, desobedecer a su papá.
Salió a correr y bailar por el jardín con la Mariposa.
En eso se asomó el Emperador al balcón y al no ver a su hija armó un escándalo de mil demonios.
–¡Dónde está la Princesa! –chilló.
Y llegaron todos sus sirvientes, sus soldados, sus vigilantes, sus cocineros, sus lustrabotas y sus tías para ver qué le pasaba.
–¡Vayan todos a buscar a la Princesa! –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Y allá salieron todos corriendo y el Emperador se quedó solo en el salón.
–¡Dónde estará la Princesa! –repitió.
Y oyó una voz que respondía a sus espaldas:
–La Princesa está de jarana donde se le da la gana.
El Emperador se dio vuelta furioso y no vio a nadie. Miró un poquito mejor, y no vio a nadie. Se puso tres pares de anteojos y, entonces sí, vio a alguien. Vio a una mariposota sentada en su propio trono.
–¿Quién eres? –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Y agarró un matamoscas, dispuesto a aplastar a la insolente Mariposa.
Pero no pudo.
¿Por qué?
Porque la Mariposa tuvo la ocurrencia de transformarse inmediatamente en un Príncipe. Un Príncipe buen mozo, simpático, inteligente, gordito, estudioso, valiente y con bigotito.
El Emperador casi se desmaya de rabia y de susto.
–¿Qué quieres? –le preguntó al Príncipe con voz de trueno y ojos de relámpago.
–Casarme con la Princesa –dijo el Príncipe valientemente.
–¿Pero de dónde diablos has salido con esas pretensiones?
–Me metí en tu jardín en forma de mariposa –dijo el Príncipe– y la Princesa jugó y bailó conmigo. Fue feliz por primera vez en su vida y ahora nos queremos casar.
–¡No lo permitiré! –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
–Si no lo permites, te declaro la guerra –dijo el Príncipe sacando la espada.
–¡Servidores, vigilantes, tías! –llamó el Emperador.
Y todos entraron corriendo, pero al ver al Príncipe empuñando la espada se pegaron un susto terrible.
A todo esto, la Princesa Sukimuki espiaba por la ventana.
–¡Echen a este Príncipe insolente de mi palacio! –ordenó el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.
Pero el Príncipe no se iba a dejar echar así nomás.
Peleó valientemente contra todos. Y los vigilantes se escaparon por una ventana. Y las tías se escondieron aterradas debajo de la alfombra. Y los cocineros se treparon a la lámpara.
Cuando el Príncipe los hubo vencido a todos, preguntó al Emperador:
–¿Me deja casar con su hija, sí o no?
–Está bien –dijo el Emperador con voz de laucha y ojos de lauchita–. Cásate, siempre que la Princesa no se oponga.
El Príncipe fue hasta la ventana y le preguntó a la Princesa:
–¿Quieres casarte conmigo, Princesa Sukimuki?
–Sípi –contestó la Princesa entusiasmada.
Y así fue como la Princesa dejó de estar quietita y se casó con el Príncipe Kinoto Fukasuka. Los dos llegaron al templo en monopatín y luego dieron una fiesta en el jardín. Una fiesta que duró diez días y un enorme chupetín. Así acaba, como ves, este cuento japonés.

Maria Elena Walsh

domingo, 4 de diciembre de 2011

La Ventana Abierta



-Mi tía bajará enseguida, señor Nuttel -dijo con mucho aplomo una señorita de quince años-; mientras tanto debe hacer lo posible por soportarme.

Framton Nuttel se esforzó por decir algo que halagara debidamente a la sobrina sin dejar de tomar debidamente en cuenta a la tía que estaba por llegar. Dudó más que nunca que esta serie de visitas formales a personas totalmente desconocidas fueran de alguna utilidad para la cura de reposo que se había propuesto.

-Sé lo que ocurrirá -le había dicho su hermana cuando se disponía a emigrar a este retiro rural-: te encerrarás no bien llegues y no hablarás con nadie y tus nervios estarán peor que nunca debido a la depresión. Por eso te daré cartas de presentación para todas las personas que conocí allá. Algunas, por lo que recuerdo, eran bastante simpáticas.

Framton se preguntó si la señora Sappleton, la dama a quien había entregado una de las cartas de presentación, podía ser clasificada entre las simpáticas.

-¿Conoce a muchas personas aquí? -preguntó la sobrina, cuando consideró que ya había habido entre ellos suficiente comunicación silenciosa.

-Casi nadie -dijo Framton-. Mi hermana estuvo aquí, en la rectoría, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación para algunas personas del lugar.

Hizo esta última declaración en un tono que denotaba claramente un sentimiento de pesar.

-Entonces no sabe prácticamente nada acerca de mi tía -prosiguió la aplomada señorita.

-Sólo su nombre y su dirección -admitió el visitante. Se preguntaba si la señora Sappleton estaría casada o sería viuda. Algo indefinido en el ambiente sugería la presencia masculina.

-Su gran tragedia ocurrió hace tres años -dijo la niña-; es decir, después que se fue su hermana.

-¿Su tragedia? -preguntó Framton; en esta apacible campiña las tragedias parecían algo fuera de lugar.

-Usted se preguntará por qué dejamos esa ventana abierta de par en par en una tarde de octubre -dijo la sobrina señalando una gran ventana que daba al jardín.

-Hace bastante calor para esta época del año -dijo Framton- pero ¿qué relación tiene esa ventana con la tragedia?

-Por esa ventana, hace exactamente tres años, su marido y sus dos hermanos menores salieron a cazar por el día. Nunca regresaron. Al atravesar el páramo para llegar al terreno donde solían cazar quedaron atrapados en una ciénaga traicionera. Ocurrió durante ese verano terriblemente lluvioso, sabe, y los terrenos que antes eran firmes de pronto cedían sin que hubiera manera de preverlo. Nunca encontraron sus cuerpos. Eso fue lo peor de todo.

A esta altura del relato la voz de la niña perdió ese tono seguro y se volvió vacilantemente humana.

-Mi pobre tía sigue creyendo que volverán algún día, ellos y el pequeño spaniel que los acompañaba, y que entrarán por la ventana como solían hacerlo. Por tal razón la ventana queda abierta hasta que ya es de noche. Mi pobre y querida tía, cuántas veces me habrá contado cómo salieron, su marido con el impermeable blanco en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando como de costumbre "¿Bertie, por qué saltas?", porque sabía que esa canción la irritaba especialmente. Sabe usted, a veces, en tardes tranquilas como las de hoy, tengo la sensación de que todos ellos volverán a entrar por la ventana...

La niña se estremeció. Fue un alivio para Framton cuando la tía irrumpió en el cuarto pidiendo mil disculpas por haberlo hecho esperar tanto.

-Espero que Vera haya sabido entretenerlo -dijo.

-Me ha contado cosas muy interesantes -respondió Framton.

-Espero que no le moleste la ventana abierta -dijo la señora Sappleton con animación-; mi marido y mis hermanos están cazando y volverán aquí directamente, y siempre suelen entrar por la ventana. No quiero pensar en el estado en que dejarán mis pobres alfombras después de haber andado cazando por la ciénaga. Tan típico de ustedes los hombres ¿no es verdad?

Siguió parloteando alegremente acerca de la caza y de que ya no abundan las aves, y acerca de las perspectivas que había de cazar patos en invierno. Para Framton, todo eso resultaba sencillamente horrible. Hizo un esfuerzo desesperado, pero sólo a medias exitoso, de desviar la conversación a un tema menos repulsivo; se daba cuenta de que su anfitriona no le otorgaba su entera atención, y su mirada se extraviaba constantemente en dirección a la ventana abierta y al jardín. Era por cierto una infortunada coincidencia venir de visita el día del trágico aniversario.

-Los médicos han estado de acuerdo en ordenarme completo reposo. Me han prohibido toda clase de agitación mental y de ejercicios físicos violentos -anunció Framton, que abrigaba la ilusión bastante difundida de suponer que personas totalmente desconocidas y relaciones casuales estaban ávidas de conocer los más íntimos detalles de nuestras dolencias y enfermedades, su causa y su remedio-. Con respecto a la dieta no se ponen de acuerdo.

-¿No? -dijo la señora Sappleton ahogando un bostezo a último momento. Súbitamente su expresión revelaba la atención más viva... pero no estaba dirigida a lo que Framton estaba diciendo.

-¡Por fin llegan! -exclamó-. Justo a tiempo para el té, y parece que se hubieran embarrado hasta los ojos, ¿no es verdad?

Framton se estremeció levemente y se volvió hacia la sobrina con una mirada que intentaba comunicar su compasiva comprensión. La niña tenía puesta la mirada en la ventana abierta y sus ojos brillaban de horror. Presa de un terror desconocido que helaba sus venas, Framton se volvió en su asiento y miró en la misma dirección.

En el oscuro crepúsculo tres figuras atravesaban el jardín y avanzaban hacia la ventana; cada una llevaba bajo el brazo una escopeta y una de ellas soportaba la carga adicional de un abrigo blanco puesto sobre los hombros. Los seguía un fatigado spaniel de color pardo. Silenciosamente se acercaron a la casa, y luego se oyó una voz joven y ronca que cantaba: "¿Dime, Bertie, por qué saltas?"

Framton agarró deprisa su bastón y su sombrero; la puerta de entrada, el sendero de grava y el portón, fueron etapas apenas percibidas de su intempestiva retirada. Un ciclista que iba por el camino tuvo que hacerse a un lado para evitar un choque inminente.

-Aquí estamos, querida -dijo el portador del impermeable blanco entrando por la ventana-: bastante embarrados, pero casi secos. ¿Quién era ese hombre que salió de golpe no bien aparecimos?

-Un hombre rarísimo, un tal señor Nuttel -dijo la señora Sappleton-; no hablaba de otra cosa que de sus enfermedades, y se fue disparado sin despedirse ni pedir disculpas al llegar ustedes. Cualquiera diría que había visto un fantasma.

-Supongo que ha sido a causa del spaniel -dijo tranquilamente la sobrina-; me contó que los perros le producen horror. Una vez lo persiguió una jauría de perros parias hasta un cementerio cerca del Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién cavada, con esas bestias que gruñían y mostraban los colmillos y echaban espuma encima de él. Así cualquiera se vuelve pusilánime.

La fantasía sin previo aviso era su especialidad.

Saki

jueves, 1 de diciembre de 2011


"El lenguaje" En la época victoriana, no se podían mencionar los pantalones en presencia de una señorita. Hoy, por hoy, no queda bien decir ciertas cosas en presencia de la opinión pública: El capitalismo luce el nombre artístico de economía de mercado, el imperialismo se llama globalización. Las víctimas del imperialismo se llaman países en vías de desarrollo, es como llamar niños a los enanos. El oportunismo se llama pragmatismo, la traición se llama realismo. Los pobres se llaman carentes, o carenciados, o personas de escasos recursos. La expulsión de los niños pobres del sistema educativo se conoce bajo el nombre de deserción escolar. El derecho del patrón a despedir al obrero sin indemnización ni explicación se llama flexibilización del mercado laboral. El lenguaje oficial reconoce los derechos de las mujeres entre los derechos de las minorías, como si la mitad masculina de la humanidad fuera la mayoría. En lugar de dictadura militar, se dice proceso. Las torturas se llaman apremios ilegales, o también presiones físicas y psicológicas. Cuando los ladrones son de buena familia, no son ladrones, sino cleptómanos. El saqueo de los fondos públicos por los políticos corruptos responde al nombre de enriquecimiento ilícito. Se llaman accidentes los crímenes que cometen los automóviles. Para decir ciegos, se dice no videntes, un negro es un hombre de color. Donde dice larga y penosa enfermedad, debe leerse cáncer o SIDA. Repentina dolencia significa infarto, nunca se dice muerte, sino desaparición física. Tampoco son muertos los seres humanos aniquilados en las operaciones militares. Los muertos en batalla son bajas, y los civiles que la ligan sin comerla ni beberla, son daños colaterales. En 1995, cuando las explosiones nucleares de Francia en el Pacífico sur, el embajador francés en Nueva Zelanda declaró: "No me gusta esa palabra bomba, no son bombas, Son artefactos que explotan". Se llaman Convivir algunas de las bandas que asesinan gente en Colombia, a la sombra de la protección militar. Dignidad era el nombre de uno de los campos de concentración de la dictadura chilena y Libertad la mayor cárcel de la dictadura uruguaya. Se llama Paz y Justicia el grupo paramilitar que, en 1997, acribilló por la espalda a cuarenta y cinco campesinos, casi todos mujeres y niños, mientras rezaban en una iglesia del pueblo de Acteal, en Chiapas.
"El miedo global " Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo. Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo. Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida. Los automovilistas tienen miedo de caminar y los peatones tienen miedo de ser atropellados. La democracia tiene miedo de recordar y el lenguaje tiene miedo de decir. Los civiles tienen miedo a los militares, los militares tienen miedo a la falta de armas. Las armas tienen miedo a la falta de guerras. Es el tiempo del miedo. Miedo de la mujer a la violencia del hombre y miedo del hombre a la mujer sin miedo. Eduardo Galeano