lunes, 18 de julio de 2011

Puedo ponerme cursi y decir
que tus labios me saben igual que los labios
que beso en mis sueños,
puedo ponerme triste y decir
que me basta con ser tu enemigo, tu todo,
tu esclavo, tu fiebre, tu dueño.

Y si quieres tambien
puedo ser tu estacion y tu tren,
tu mal y tu bien,
tu pan y tu vino,
tu pecado, tu dios, tu asesino…

O tal vez esa sombra
que se tumba a tu lado en la alfombra
a la orilla de la chimenea
a esperar que suba la marea.

Puedo ponerme humilde y decir
que no soy el mejor
que me falta valor para atarte a mi cama,
puedo ponerme digno y decir
“toma mi direccion cuando te hartes de amores
baratos de un rato… me llamas”.

Y si quieres tambien
puedo ser tu trapecio y tu red,
tu adios y tu “ven”,
tu manta y tu frio,
tu resaca, tu lunes, tu hastio…

O tal vez ese viento
que te arranca del aburrimiento
y te deja abrazada a una duda,
en mitad de la calle y desnuda.

Y si quieres tambien
puedo ser tu abogado y tu juez,
tu miedo y tu fe
tu noche y tu dia.

Tu rencor, tu por que, tu agonia…
o tal vez esa sombra
que se tumba a tu lado en la alfombra
a la orilla de la chimenea
a esperar que suba la marea.

Título: A la orilla de la chimenea
Año: 1992
Letra: Joaquín Sabina
Música: Joaquín Sabina, Pancho Varona

Pensar por uno, por Guillermo Jaim Etcheverry

Pensar por uno, por Guillermo Jaim Etcheverry
El tiemo, la velocidad y los espacios interiores

LA NACION, Revista


El desafío más complejo que enfrenta una persona es la construcción de su propio ser. Ejercitando a cada instante la capacidad de elegir, sólo posible en libertad, edificamos con paciencia nuestro interior durante toda la vida. No realizamos esta tarea en un vacío, sino que la acometemos acompañados por los otros en el seno de una cultura. Sobre todo, guiados por padres y maestros que nos enseñan o, al menos, deberían hacerlo. Enseñar es una actividad delicada, íntima, que supone, como señala George Steiner evocando el Libro de los Salmos, “posar la mano sobre el ser esencial del otro”. La trascendencia de enseñar surge precisamente del hecho de que supone ocuparse de lo esencial que tiene nuestro ser.

En la formación de toda persona es fundamental el equilibrio que se establece entre su vida y la de los demás. Entre la aventura individual y el conocimiento de las propias posibilidades que surge de frecuentar la vida de los otros. Hace poco tiempo, al inaugurar los cursos en la Universidad de Stanford en los EE.UU., el exitoso empresario Steve Jobs decía a los jóvenes: “Vuestro tiempo es limitado, de modo que no lo gastéis viviendo la vida de otros. No quedéis atrapados por dogmas, que es vivir como resultado de lo que otros han pensado. No dejéis que el ruido de las opiniones de los demás ahoguen vuestra propia voz interior. Y lo más importante, tened el coraje de seguir vuestro corazón y vuestra intuición. De alguna manera, ellos saben lo que vosotros verdaderamente queréis ser. Todo lo demás es secundario”.

Sin embargo, es preciso reconocer que la voz interior de cada uno no surge inmutable, desde el comienzo de la existencia. Esa voz se va construyendo, recoge ecos de muchas otras voces y adquiere originalidad luego de conocer la complejidad del alma humana. Y eso se logra tomando contacto con los otros y con los productos de su creación, que revelan la riqueza de esos otros “seres esenciales”. El privilegiar la espontaneidad individual, que nunca es tal, encierra el riesgo de privar de alternativas a los jóvenes, de estrecharles las posibilidades de adquirir pensamiento autónomo. No se puede vivir, como afirma Jobs, ahogados por lo que otros han pensado, pero para poder pensar se necesita el aire que da el conocer lo que esos otros pensaron. La razón de ser de la educación es acercarnos los productos de ese pensamiento, que son las obras de la cultura.

Hablando de literatura en su libro Los logócratas, Steiner se pregunta: “¿Qué libro original, difícil, tendrá su oportunidad? Los libros de una naturaleza más ardua, ¿van a sobrevivir en este supermercado de valores culturales con su falta de espacio, su bombo publicitario y sus hábiles técnicas de mercadotecnia? No creo que un Proust, un Musil, un Broch, un Faulkner, tengan aunque sólo sea la sombra de una oportunidad. Eso me inquieta. ¡La abolición del tiempo necesario! ¿Por qué demonios ni usted, ni yo, ni nadie tenemos tiempo ya para nada, a pesar del teléfono, el fax y el correo electrónico? Nos falta tiempo, pero, antes que nada, nos faltan unos espacios interiores preservados de los que antes gozábamos”.

Tal vez allí esté la respuesta a la ambivalencia planteada. Deberíamos preservar esos espacios interiores y permitir que en ellos se pose la mayor cantidad posible de manos sobre nuestro ser esencial. Sólo si “aceptamos nuestra complejidad, respetamos la diversidad, permanecemos abiertos al mundo”, como afirmó Francesco Alberoni, podremos evitar vivir la vida que otros pensaron. Para orientarnos en ese “tumulto de lo posible”, necesitamos adquirir los elementos que nos permitan pensar independientemente nuestra propia vida.


El autor es escritor y periodista

domingo, 17 de julio de 2011

¡Atenti, nena, que el tiempo pasa!

Hoy, mientras venía en el tranvía, carpeteaba a una jovenzuela que, acompañada por el novio, ponía cara de hacerle un favor a éste permitiéndole que estuviera al lado. En todo el viaje no dijo otra palabra que no fuera sí o no. Y para ahorrarse saliva movía la “zabeca” como mula noriega. El gil que la acompañaba ensayaba todo el arte de conversación, pero al ñudo; porque la nena se hacía la interesante y miraba al espacio como si buscara algo que fuera menos zanahoria que el acompañante.
Yo meditaba broncas filosóficas al tiempo que pensaba. En tanto las cuadras pasaban y el Romeo de marras venía dale que dale, conversando con la nena que me ponía nervioso de verla tan consentida. Y sobrándola, yo le decía “in mente”:
-Nena, no te hablaré del tiempo, del concepto matemático del rantifuso tiempo que tenían Spencer, Poincaré, Einstein y Proust. No te hablaré del tiempo espacio, porque sos muy burra para entenderme; pero atendé estas razones que son de hombre que ha vivido y que preferiría vender verdura a escribir:
“No lo desprecies al tipo que llevás al lado. No, nena; no lo desprecies.
“El tiempo, esa abstracción matemática que revuelve la sesera a todos los otarios con patentes de sabios, existe, nena. Existe para escarnio de tu trompita que dentro de algunos años tendrá más arrugas que guante de vieja o traje de cesante.
“¡Atenti, piba, que los siglos corren!
“Cierto es que tu novio tiene cara de zanahoria, con esa nariz fuera de ordenanza y los “tegobitos” como los de una foca. Cierto que en cada fosa nasal puede llevar contrabando, y que tiene la mirada pitañosa como sirviente sin sueldo o babión sin destino, cierto que hay muchachos más lindos, más simpáticos, más ranas, más prácticos para pulsar la vihuela de tu corazón y cualquier cosa que se le ocurra al que me lee. Cierto es. Pero el tiempo pasa, a pesar de que Spencer decía que no existía y Einstein afirme que es una realidad de la geometría euclidiana que no tiene minga que ver con las otras geometrías… ¡Atenti, nena, que el tiempo pasa! Pasa. Y cada día merma el stock de giles. Cada día desaparece un zonzo de la circulación. Parece mentira, pero así no más es.
“Te adivino el pensamiento, percalera. Es éste: ‘Puede venir otro mejor’…
“Cierto… Pero pensá que todos quieren tomarle tacto a la mercadería, pulsar la estofa, saber lo que compran para batir después que no les gusta, ¡qué diablo! Recordate que ni en las ferias se permite tocar la manteca, que la ordenanza municipal en los puestos de los turcos bien claro lo dice: ‘Se prohíbe tocar la carne’, pero que esas ordenanzas en la caza del novio, en el clásico del civil, no rezan, y que muchas veces hay que infringir el digesto municipal para llegar al registro nacional.
“¿Que el hombre es feo como un gorila? Cierto es; pero si te acostumbrás a mirarlo te va a parecer más lindo que Valentino. Después que un novio no vale por la cara, sino por otras cosas. Por el sueldo, por lo empacador de vento que sea, por lo cuidadoso del laburo… por los ascensos que puede tener… en fin… por muchas cosas. Y el tiempo pasa, nena. Pasa al galope; pasa con bronca. Y cada día merma el stock de los zanahorias; cada día desaparece de la circulación un zonzo. Algunos que se mueren, otros que se avivan…”
Así iba yo pensando en el bondi donde la moza las iba de interesante por el señor que la acompañaba. Juro que la autoengrupida no pronunció media docena de palabras durante todo el viaje, y no era yo sólo el que la venía carpeteando, sino que también otros pasajeros se fijaron en el silencio de la fulana, y hasta sentíamos bronca y vergüenza, porque el mal trago lo pasaba un hombre, y ¡qué diablos! al fin y al cabo, entre los leones hay alguna solidaridad, aunque sea involuntaria.
En Caballito, la niña subió a una combinación, mientras que el gil se quedó en la acera esperando que el bondi rajara. Y ella desde arriba y él desde la rúa, se miraban con comedia de despedida sin consuelo. Y cuando el gaita motorman arrancó, él, como quien saluda a una princesa, se quitó el capelo mientras ella digitaleaba en el espacio como si se alejara en un “piccolo navio”.
Y fijándome en la pinta de la dama, nuevamente reflexioné:
-¡Atenti, nena, que el tiempo raja! Todavía estás a tiempo de atrapar al zonzo que tratás con prepotencia, pero no te ilusiones.
“Vienen años de miseria, de bronca, de revolución, de dictadura, de quiebras y de concordatos. Vienen tiempos de encarecimientos. El que más, el que menos, galgueará en la rúa en busca del sustento cotidiano. No seas, entonces, baguala con el hombre, y atendelo como es debido. Meditá. Hoy, todavía, lo tenés al lado; mañana podés no tenerlo. Conversalo, que es lo que menos cuesta. Pensá que a los hombres no les gustan las novias silenciosas, porque barruntan que bajo el silencio se esconde una mala pécora y una tía taimada, zorrina y broncosa. ¡Atenti, nena; que el tiempo no vuelve!…”
Roberto Arlt

sábado, 16 de julio de 2011

Perplejo por la angustia, que es por poco llanto y que respira por sí misma

apoderándose del cuerpo. Los

ojos brillan, el rostro suda, las manos tiemblan, las piernas bailan, el pulso acelera,

los dedos recuerdan,

el pecho grita que es tarde cuando ya te fuiste y estoy solo con mi pluma. Pero, una

pluma es una pluma;

puede que sea un arma, pero nunca será un espejo de Praga.

Pablo Mercado.

viernes, 15 de julio de 2011

Un día te levantás con ganas de regalarle algo a un amigo, porque justamente la noche anterior te acostaste pensando en él y en como los años pasaban y era una de las pocas personas que permanece firme a tu lado, por más que merezcas, en realidad, ser olvidada, (pero ese es otro tema).
La cuestión es que para homenajearlo o mimarlo a la distancia le publicás un cuento que suponías suyo, de pura ignorancia, de pura ignorancia, repito, y ¿qué pasa?...el cuento, en efecto no es de él.
Te sentís boluda y enojada, aunque a esta altura ya deberías estar acostumbrada a que las cosas nunca te salgan bien.

Pomelo

jueves, 14 de julio de 2011

El Rechazo (Franz Kafka)



Cuando encuentro una chica hermosa y le ruego: “Sé buena; ven conmigo”, y ella sigue de largo, muda, con eso quiere decir:
“No eres ningún duque de apellido rimbombante, ni un americano con porte de indio, con ojos de equilibrada tranquilidad, con una piel masajeada por el aire de las praderas y por los ríos que las atraviesan; no has visitado ni navegado los grandes mares, que yo no sé dónde quedan. Entonces, vamos a ver; ¿por qué yo, una chica hermosa, tengo que ir contigo?”
“Olvidas que ningún automóvil te pasea balanceándose en largas acometidas por las calles; no veo ceñidos en sus vestiduras, a los caballeros de tu séquito, que, en perfecto semicírculo, van detrás de ti murmurándote bendiciones; tus pechos han sido puestos en orden dentro del corpiño, pero tus muslos y caderas se desquitan de aquella continencia; usas un vestido de tafetán plisado, como los que tanto nos gustaron el último otoño, y no obstante sonríes -¡y ese peligro mortal en el cuerpo!- de tanto en tanto.”
“Sí. Los dos tenemos razón; y para no darnos cuenta irrevocable de eso, mejor... ¿no te parece? ... cada uno se va solo a casa.”

domingo, 12 de junio de 2011

Instrucciones para llorar

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.
Julio Cortázar