viernes, 15 de julio de 2011

Un día te levantás con ganas de regalarle algo a un amigo, porque justamente la noche anterior te acostaste pensando en él y en como los años pasaban y era una de las pocas personas que permanece firme a tu lado, por más que merezcas, en realidad, ser olvidada, (pero ese es otro tema).
La cuestión es que para homenajearlo o mimarlo a la distancia le publicás un cuento que suponías suyo, de pura ignorancia, de pura ignorancia, repito, y ¿qué pasa?...el cuento, en efecto no es de él.
Te sentís boluda y enojada, aunque a esta altura ya deberías estar acostumbrada a que las cosas nunca te salgan bien.

Pomelo

jueves, 14 de julio de 2011

El Rechazo (Franz Kafka)



Cuando encuentro una chica hermosa y le ruego: “Sé buena; ven conmigo”, y ella sigue de largo, muda, con eso quiere decir:
“No eres ningún duque de apellido rimbombante, ni un americano con porte de indio, con ojos de equilibrada tranquilidad, con una piel masajeada por el aire de las praderas y por los ríos que las atraviesan; no has visitado ni navegado los grandes mares, que yo no sé dónde quedan. Entonces, vamos a ver; ¿por qué yo, una chica hermosa, tengo que ir contigo?”
“Olvidas que ningún automóvil te pasea balanceándose en largas acometidas por las calles; no veo ceñidos en sus vestiduras, a los caballeros de tu séquito, que, en perfecto semicírculo, van detrás de ti murmurándote bendiciones; tus pechos han sido puestos en orden dentro del corpiño, pero tus muslos y caderas se desquitan de aquella continencia; usas un vestido de tafetán plisado, como los que tanto nos gustaron el último otoño, y no obstante sonríes -¡y ese peligro mortal en el cuerpo!- de tanto en tanto.”
“Sí. Los dos tenemos razón; y para no darnos cuenta irrevocable de eso, mejor... ¿no te parece? ... cada uno se va solo a casa.”

domingo, 12 de junio de 2011

Instrucciones para llorar

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente. Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca. Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia adentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.
Julio Cortázar

miércoles, 11 de mayo de 2011

Vivir es fácil, el pez está saltando

Merde a Dieu!
RIMBAUD

Ha ido hacia la ventana y la ha abierto de par en par. Antes bostezó. Después ha hecho girar entre sus dedos el sobre, un expreso escrito a máquina en uno de cuyos ángulos se lee, en grandes letras azules, la palabra urgente. No abrió el sobre. Con indiferencia lo ha dejado sin abrir entre las cartulinas de dibujo y bocetos publicitarios que se amontonan sobre la mesa, una vasta y severa mesa española, maciza, de apariencia monacal. Vuelve a la ventana. Ha cruzado los brazos y no mira afuera. Ahora, furtivamente, echa una mirada de reojo hacia la pared del otro cuerpo del edificio. La pared es violeta. Gira la cabeza, observa la pared. Va achicando los párpados hasta cerrarlos. Rápidamente, abre un ojo. Luego se encoge de hombros y se pone a mirar una palomaque, un poco más abajo, da vueltas alrededor de otra en el alféizar de la ventana del sexto piso.
Escupe. Ha escupido con naturalidad y se ha quedado a la expectativa: unos segundos después se alcanza a oír el lejano plic en el patio de la planta baja. Va hacia el tablero de dibujo, no alcanza a llegar: ha hecho una especie de paso de baile, y ahora, de perfil a un espejo, está inmóvil junto a la biblioteca. Mete la mano en el hueco de uno de los ladrillones blancos que soportan los estantes, deja un momento la mano ahí, como si dudara, y saca por fin un frasquito. "Aunque lo que me vendría mejor", habla en voz alta, mientras con un dedo lucha por quitar el algodón que tapona el gollete del frasquito, "sería un buen Alka-Seltzer." Dice que, además, le vendría bien no comerse las
uñas. Ha sonreído. "Ni hablar en voz alta", ha dicho y se miró en el espejo. "Ves, Van Gogh, ves alma de cántaro, en momentos como éste uno siente lo amarillo que va a ser vivir sin la dulce Úrsula Loyer, ángel de los bebés; o sin sus uñas." Se ha acercado un poco más al espejo, después, bruscamente, hasta casi tocarlo con la cara. Tiene aún el dedo dentro del frasco, pero es como sihubiera olvidado qué estaba haciendo. Ha dicho que no es el mejor modo de empezar el día darsecuenta, de golpe, que una pared es violeta y que hace una semana se han cumplido treinta y tres años.
El teléfono sonó cuando iba hacia la cocina. Ya había conseguido sacar una cápsula del Frasquito y el timbre le cortó el silbido, pero no se detuvo. Cambió de rumbo y fue hacia un bargueño, un mueble colonial, con herrajes. Ha abierto uno de los cajones y busca algo. Bajo unos papeles hay una pistola Browning.9. Junto a ella, una tira de Alka-Seltzer. El teléfono sigue llamando. Un ser negro y pequeño grita en la nieve, murmura. Corta un sobrecito de Alka-Seltzer, lo abre con los dientes y se mete en la cocina. El teléfono sigue llamando. Pone a calentar café y echa una tableta de Alka-Seltzer en un vaso con agua. Cuando la tableta se ha disuelto, el teléfono deja de llamar. Se toma, juntos, la cápsula que sacó del frasquito y el contenido del vaso. Ha vuelto a la pieza. Va hacia el teléfono. Al pasar levanta del suelo un escalímetro, y en el mismo movimiento, con la otra mano, enciende el tocadiscos. Ahora pone con mucho cuidado una grabación: después de un silencio se escucha, cóncava, la voz de Ertha Kit. Summertime, canta la voz viniendo como por una calle larga, and the livin'is easy, fish are jumpin’... Después un coro. Después vuelve a sonar el teléfono: él ya tenía la mano sobre el tubo desde hacía unos segundos.
–Sí, hola –ha dicho. Su voz es tranquila, quizá impersonal–. No, Napoleón habla: acabo de volver de Santa Elena y vengo a salvar el país... Sí, está bien. Perdón. Pero quién puede hablar si no hablo yo –ha bajado el volumen del tocadiscos–. Café. Y tomando un Dexamil para estar lúcido, porque me he decidido a trabajar. También he recitado a William Blake y le escupí el gato a mi vecina de la planta baja... No, acá no sonó... Que-acá-no-sonó... Sí, yo te escucho, siempre te escucho, podría decir que vivo escuchándote –ha estado tratando de encender un cigarrillo; ahora deja el tubo a un lado y lo enciende–. Hola. Lo que pasa es que quería acomodarme el tubo entre el hombro y el pescuezo, operación que nunca me resulta. Yo no sé cómo hacen en las películas, realmente.
¿Notaste lo bien que sale todo en las películas...? No, no estoy contento. Como podrás suponer no estoy contento, no estoy nada, digamos. Soy así y me parece que vos tendrías que dormir un poco.
Son las nueve de la mañana. Ya sé, ya sé –ha dicho y ha cerrado los ojos–. Ya sé. Pero igual, trata de descansar un poco. No se puede así –repentinamente grita–. ¡Vivir! Que así no se puede vivir. Vos, quiero decir –ha vuelto a hablar con naturalidad, con el tono impersonal del principio–. Que te vas a enfermar. Sí, te escucho. Ya sé. Eso es exactamente lo mismo que dijiste anoche, y yo te contesté que el amor no tiene nada que ver. Tiene que ver, sí, pero lo importante... La convivencia, eso. Soportarse. Y lo triste de esta melancólica historia es que ya no nos soportamos. Sí, querida,
vos tampoco a mí. Y hasta sospecho que sobre todo vos no a mí. Pero no pienso volver a hablar de esto. Por si te interesa: estoy a punto de ponerme a trabajar. He tomado un Alka-Seltzer para desembotarme y un Dexamil Spansule de 15 miligramos para estar lúcido todo el día. Ne-ce-si-to trabajar –cerró los ojos y se llevó el cigarrillo a la boca, una mezcla de suspiro y pitada–. No soy frío, ni te engañé. Y te juro que siempre fuiste una muchacha maravillosa y tampoco me estoy riendo. Pero, insisto: son cosas distintas. ¡El café! –grita–. Espera un poco. En la cocina, al sacar la cafetera del fuego se quema los dedos. Sacude la mano y se la pasa por el pelo. Sirve una gran taza de café, va hacia la pileta y le echa un chorrito de agua. Estaba revolviendo el azúcar cuando suena el timbre de la puerta. Levemente, se sobresalta. "Macanudo", murmura, "ahora resulta que también soy nervioso." Vuelve a sonar el timbre.
–Momento –dice en voz muy baja.
Sin apuro, termina de revolver el café. Deja la taza sobre el mármol de la cocina y va a abrir la puerta. Una alta señorita mayor, vestida con un traje sastre gris, está sonriendo en el pasillo. Tiene el pelo rubio y los ojos intensamente azules. Buenos días, hermano, le dice. Y señalando un enorme portafolio agrega que viene a traerle la palabra de Dios. Tiene un leve acento extranjero. El está mirando, como fascinado, sus redondos botincitos negros. La señorita sigue hablando:
–A usted seguramente le extrañará que a esta hora, y en estos tiempos, alguien venga a su casa a traerle la palabra de Dios. El sacude la cabeza.
–De ninguna manera –dice.
Después le cierra la puerta en la nariz. Va hacia el teléfono.
–Hola, íbamos por la parte en que no tengo sentimientos, por mi corazón de trapo. Y yo
argumentaba que sos maravillosa, irrepetible seguramente, pero que la vida y esas cosas. También decíamos que ahora estás demasiado alterada, que tenes que dormir, que no se puede vivir así. ¿Por qué no lo dejamos para mañana? Vamos a hacer una cosa, vos tratas de serenarte, te acostás y mañana, suculenta como una panadería, te encontras conmigo en el Jardín Botánico bajo las araucarias. Y con sol. Hoy está nublado: nadie puede razonar claramente en un día nublado, mañana en cambio, con sol... Cierto, sí, es inconcebible que alguien se pueda poner a tomar café en un momento como éste. Cuando lo ha abandonado la única mujer que quiso en su vida. Porque debo recordarte que...
Bueno, pongamos que sí, que yo te obligué. Que en mi caída traté de hacerte a un lado... Te fijaste, entre paréntesis, de qué modo bárbaro se parece Confesión al diario de Kierkegaard, para salvarte sólo supe hacerme odiar, qué tal. Y a propósito del café: en cualquier momento voy a tener que ir a buscarlo, porque me lo olvidé en la cocina. Ponerse a tomar café, sí, en vez de escucharte a vos. Yno sólo en vez de escucharte a vos, no te podes dar una idea. Quiero decir que vino Dios, un Mensajero de Dios. Tenía los ojos imposiblemente azules y usaba botincitos. Tuve que mirarle los botincitos para no ahogarme de azul. Extrañas formas que asume la Salvación, mi madre.
Deja el auricular colgando del cable; del otro lado se oye la voz. Va a la cocina y vuelve con la taza de café. Toma el teléfono, arrima un sillón y se sienta. Antes ha echado una mirada furtiva al sobre que quedó sin abrir sobre la mesa. Súbitamente parece muy cansado.
–Vas a tener que repetirme todo de nuevo, porque no oí nada. Sí, que no va a haber mañana con sol: eso lo oí. O ni mañana ni sol, es lo mismo. Pero yo te prometo que va a haber... No entiendo – había cerrado los ojos; de golpe los abrió, echando violentamente la cabeza hacia atrás–. Ya sé. Matarte. Vas a matarte. ¿Acerté? Acerté. No va a haber mañana ni sol, porque ella, que sufre, ha comprendido que vivir ya no tiene sentido. Ustedes tienen... ¡Hablo en plural porque se me antoja! – lo ha gritado, acercando mucho la boca al tubo–. Tienen, todas, la cualidad extraordinaria de ser los únicos seres que sufren. Pero, sabes lo que te digo, lo que te aconsejo –se ha puesto de pie y habla nuevamente en voz muy baja; al levantarse, el café se derrama sobre su pantalón–, te voy a decir lo que te aconsejo: matate.
Y ha colgado.
Va hacia el baño, se moja la cara y el pelo, silbando se peina con las manos. Vuelve a la pieza y toma la carta. La deja y va a cambiarse el pantalón. Vuelve, toma la carta, abre cuidadosamente el sobre, lo abre con una minuciosidad casi delicada y comienza a leer. Su cara no cambia de expresión, sólo la vena de su frente parece ahora más pronunciada. Deja de leer. Va hasta el tablero de dibujo, despliega una cartulina y la sujeta con dos chinches: al soltarla, la cartulina se enrosca sobre sí misma. "Epa", dice, y va a cambiar el disco. Se oye un fagot y se oyen unas cuerdas.Recomienza a leer la carta, paseándose. Está junto a la ventana abierta. Sin mirar, arroja el pucho del cigarrillo hacia la planta baja. Vuelve a la mesa. Pliega lentamente la carta, la pone otra vez
dentro del sobre, mira hacia el teléfono y con gesto distraído (sólo la vena de su frente vive, y su boca, que se ha alargado curvándose hacia abajo) rompe en pequeños pedazos el sobre y coloca los pequeños pedazos en un cenicero, formando un montículo, una diminuta pira. Arrima el encendedor y se queda mirando la pequeña fogata.
Repentinamente va hacia el teléfono y marca un número.
–Y si te ibas a matar –dice después de un momento–, si te ibas o te vas a matar, ¿me querés explicar para qué me lo contaste? Yo te voy a decir para qué. Para ajusticiarme. Callate, Yo, culpable; vos te vengas de mí, ¿no? Ah, no, querida. No acepto. Me parece injusto cargar, yo solo, con tu muerte. Lo que hay que hacer, lo que tenes que hacer, es lo siguiente: llamar por teléfono a todos, a todos quiere decir a todos, a tus amigos y a tu viejo papá, callate, a tus compañeritas de la primaria y del Sagrado Corazón y a tus conocidos lejanos: a todos. No sólo a mí. Al señor que se cruzó con vos en la calle el día cinco o catorce de cualquier mes de cualquier año y te vio esa única vez en tu vida. Y al que ni siquiera te miró, especialmente a ése. A todos. Lo que hay que hacer es
agarrar la Guía de la Capital, del país, del planeta entero, y llamar y llamar y llamar por teléfono a todos y decirles, mis queridos hermanos, cuando muere asesinado un hombre siempre es culpable toda la humanidad, pichón de frase. O suicidado, en tu caso. Y también a mí, sí, pero no a mí solo. Ya me crucificaron la otra vez, hace como dos mil años; yo no cargo más con los líos de ustedes, amor. O quién sabe. Quién sabe ni siquiera me llamaste para que te expíe... ¡con equis!, por ahí me llamaste para no matarte, para que te salvara. Lástima que se fue la inglesa que estuvo hoy, la de los ojos. Tenía los ojos del color justo, una cruza de ópalo y zafiro soñada por Kandinsky. La mirabas
un rato y era como caer para arriba. Como zambullirse de cabeza en el cielo. Daban vértigo de azules. Yo la neutralicé por el lado de los zapatitos, redondos en la punta, que si no. Y debe ser, sí, seguro que me llamaste para eso. Y ahora yo tengo potestad de vida y muerte sobre la Adolescente Engañada, yo, el Gran Hijo de una Gran Perra, todo con mayúscula. Y sí, soy... ¡Callate! Soy justamente eso. Y acertaste. No tengo sentimientos, ni alma, y me divertí con vos a lo grande, nos divertimos, porque debo reconocer que en la cama vos eras también bastante mozartiana y con tu buena dosis de alegría de vivir. ¿O no? Si era el único lugar donde... Y a lo mejor está bien; a lo mejor eso es lo cierto. Lo digo en serio. Y no hables ni una sola palabra porque... Horroroso. El recuerdo que tendrás de mí será horroroso, parecemos Tania y Discépolo. Oíme, llama; haceme caso. Te fijas en la Guía y marcas un número, o ni te fijas. Llamas al azar y decís señor, a que no
sabe quién le habla, le habla una muchacha de dieciocho años que va a matarse dentro de un rato, ¿no le parece inmundo no poder hacer nada por salvarme? Y le cortas. Le cortas. Le-cor-tás.
Ha vuelto a colgar el tubo. Prende un nuevo cigarrillo, va hasta el tablero de dibujo, desenrolla con brusquedad la cartulina y, en dos golpes, la clava secamente a la madera. Toma un tiralíneas y una regla milimetrada. Los deja. Echa una mirada al cenicero donde se ve la ceniza del sobre que ha quemado. Va hasta la ventana. Mira el teléfono.
Nieve, dice. Grita en la nieve.
Cuando suena otra vez el teléfono, sonríe. Hace un movimiento hacia el teléfono o hacia el
tablero de dibujo y se detiene. Nieve, dice. Vuelve a mirar de reojo la pared color violeta. El teléfono sigue llamando.
Finalmente, deja caer el cigarrillo hacia la planta baja. Antes le ha dado una larga
pitada; después, como si el cigarrillo lo arrastrara en su caída, se tira por la ventana.

Abelardo Castillo

domingo, 13 de marzo de 2011

TRABAJO DE GAVIOTA


Ella,
todos los días
sin que nadie lo percibiera,
derrumbaba fronteras con sus alas.
Mañana,
cuando amanezca,
en la playa fusilarán a la gaviota.
¿El delito…?
contrabandear poesía de costa a costa.

Daniel Quintero.



jueves, 3 de marzo de 2011

La mujer de otro

Supongo que siempre lo supe; un día yo iba a terminar llamando a esa puerta. Ese día fue esta noche.
La casa es más o menos como la imaginaba, una casa de barrio, en Floresta, con un jardín al frente, si es que se le puede llamar jardín a un pequeño rectángulo enrejado en el que apenas caben una rosa china y dos o tres canteros, cubiertos ahora de maleza. No sé por qué digo ahora. Pudieron haber estado siempre así. Hay un enano de jardín, esto sí que no me lo imaginaba. El marido de Carolina me contó que lo había comprado ella misma, un año atrás. Carolina había llegado en taxi, una noche de lluvia; dejó el automóvil esperando en la calle y entró en la casa como una tromba. Tengo un auto en la puerta y me quedé sin plata, le dijo, págale por favor y de paso bajá el paquete con el enano.
-Usted la conoció bastante -me dijo él, y yo no pude notar ninguna doble intención en sus palabras-. Ya sabe cómo era ella.
Le contesté la verdad. Era difícil no contestarle la verdad a ese hombre triste y afable. Le contesté que no estaba seguro de haberla conocido mucho.
-Eso es cierto -dijo él, pensativo-. No creo que haya habido nadie que la conociera realmente. -Sonrió, sin resentimiento. -Yo, por lo menos, no la conocí nunca.
Pero esto fue mucho más tarde, al irme; ahora estábamos sentados en la cocina de la casa y no haría media hora que nos habíamos visto las caras por primera vez. Carolina me lo había nombrado sólo en dos o tres ocasiones, como si esa casa con todo lo que había dentro, incluido él, fueran su jardín secreto, un paraíso trivial o alguna otra cosa a la que yo no debía tener acceso. Esta noche yo había llegado hasta allí como mandado por una voluntad maligna y ajena.
Desde hacía meses rondaba el barrio, y esta noche, sencillamente, toqué el timbre.
Él salió a abrirme en pijama, con un sobretodo echado de cualquier modo sobre los hombros. Le dije mi nombre. No se sorprendió, al contrario. Hubiera podido jurar que mi visita no era lo peor que podía pasarle.
-Perdóneme el aspecto -dijo él-. Estoy solo y no esperaba a nadie.
Tenía la apariencia exacta de eso que había dicho. Un hombre solo que no espera a nadie.
Yo había tocado el timbre sin pensar qué venía a decirle, sin saber siquiera si venía a decirle algo. No tenía la menor excusa para estar en esa casa a la diez de la noche. La situación era incómoda y absurda, si es que no era algo peor.
-Pase, pase -decidió de pronto-. Me cambio en un minuto;
-No, por favor. -Pensé decirle que mejor me iba; pero me interrumpió mi propia voz. -No tiene por qué cambiarse.
Sólo me faltó agregar que podía andar vestido como quisiera, que, al fin de cuentas, el marido de Carolina había sido él y que ésta era su casa. De todas maneras, yo no tenía ningún interés en que se cambiara. Tal vez haría bien en callarme lo que sigue, pero sentí que, cualquier cosa que fuera lo que yo había venido a buscar, me favorecía estar bien vestido, frente a ese hombre en pantuflas y con un sobretodo encima del saco del pijama. Eso, al llegar: ahora, las cosas habían variado sutilmente. Él estaba de verdad en su casa, en su cocina, junto a una antigua estufa de hierro, confortablemente enfundado en su pijama, y yo me sentía como un embajador de la Luna.
-¿Toma mate? -me preguntó con precaución. Es increíble, pero le dije que sí. Tomar mate era un modo de permanecer callado, de darse tiempo.
-Carolina, con toda su suavidad y sus maneras, a la mañana, a veces también tomaba mate. Era muy cómica. Chupaba la bombilla con el costado de la boca, como si jugara a ser la protagonista de una letra de tango. No, no era eso. Tomaba mate con cara de pensar.
-Usted se preguntará a qué vine.
-No. Nunca me pregunto demasiadas cosas, y siempre supe que algún día íbamos a encontrarnos. -
Sonrió, con los ojos fijos en el mate. -Pero, ya que lo dice: a qué vino.
Quise sentir agresión o desafío en su voz. No pude. La pregunta era una pregunta literal, sin nada detrás.
O con demasiadas cosas, como aquello de la cara de pensar de Carolina, por ejemplo. Yo conocía y amaba esa cara. La había visto al anochecer, en alguna confitería apartada, mientras ella miraba su fantasma en el vidrio de la ventana, sorbiendo una pajita. La había visto de tarde, en mí departamento, mientras ella mordía pensativamente un lápiz, cuando me dibujaba uno de aquellos mapitas o planos de lugares y casas en los que había vivido de chica, casas y lugares que por alguna razón parecían estar más allá de las palabras y de los que siempre sospeché que jamás existieron, o no en las historias que ella contaba. Bueno, sí, yo también había mirado muchas veces esa cara ausente y desprotegida, más desnuda que su cuerpo, pero nunca la había mirado de mañana, mientras Carolina tomaba mate. Pensé que tal vez debería estar agradecido por eso, sin embargo no me resultó muy alentador. Me iba a pasar lo mismo más tarde, con la historia del enano.
El acababa de preguntarme a qué había venido.
-No sé. -Hice una pausa. La palabra que necesité agregar era deliberadamente malévola. -Curiosidad - dije.
-Me doy cuenta -murmuró él.
No sé qué quiso decir, pero causaba toda la impresión de que sí, de que en efecto se daba cuenta.
Llegué a mi departamento después de la una de mañana, lo que significa que estuve con él cerca de tres horas, sin embargo no recuerdo más que fragmentos de nuestra conversación, fragmentos que en su mayor parte carecen de sentido. Hablamos de política, de una noticia que traía el diario de la noche, la noticia de un crimen. Hablamos de la inclemencia del invierno en Buenos Aires. Ahora tengo la sensación de que casi no hablamos de Carolina.
En algún momento, él me preguntó si yo quería ver unas fotos.
-Fotos -dije.
No pude dejar de sentir que esa proposición encerraba una amenaza. Imaginé un álbum de casamiento, fotografías de Carolina en bikini, fotografías de los dos riéndose o abrazados, sabe Dios qué otro tipo de imágenes.
-Fotos -repitió él-. Fotos de Carolina. Hice uno de esos gestos vagos que pueden significar cualquier cosa.
-Es un poco tarde -dije.
-No son tantas -dijo él, poniéndose de pie-. Hace mucho que no las miro.
Salió de la cocina y me dejó solo. Yo aproveché la tregua para observar a mi alrededor. Intenté imaginar a Carolina junto a esa mesada, o, en puntas de pie, tratando de alcanzar una cacerola, un hervidor de leche. Tal vez era algo como eso lo que yo había venido a buscar a esa casa. En una de las paredes vi dos cuadritos muy pequeños. Me levanté para mirarlos de cerca. No me dijeron nada. Eran algo así como mínimas naturalezas muertas. Ínfimas cocinas dentro de otra cocina. Cómo saber si ella los había colgado, cómo saber si habían significado algo el día que los eligió. Cuando él volvió a entrar, traía un pantalón puesto de apuro sobre el pantalón del pijama, y un grueso pulóver, que me pareció tejido a mano.
Traía también una caja de cartón. Se sentó un poco lejos de mí y me alcanzó la primera fotografía:
Carolina sola. Detrás, unos árboles, que podían ser una plaza o un parque. Descartó varias y me alcanzó otra. Carolina sola, arrodillada junto a un perro patas arriba. Miró tres o cuatro más, una de ellas con mucho detenimiento. Las puso debajo del resto, en el fondo de la caja, y me alcanzó otra. Carolina sola.
Entonces sentí algo absurdo. Sentí que ese hombre no quería herirme.
-Ésta es linda -dijo.
Carolina, junto a un buzón, se reía.
-Sí -dije sin pensar-. Era difícil verla reírse así. Él me miró con algo parecido al agradecimiento.
-Nunca había vuelto a mirarlas. Solo es distinto.
-Usted no está en ninguna de las que me mostró -le dije.
-Bueno, yo era el fotógrafo -dijo él.
Poco más o menos, es todo lo que recuerdo. O todo lo que sucedió esta noche.
Le dije que tenía que irme y él me acompañó hasta la puerta de la entrada, no hasta la verja. Fue en ese momento cuando me contó la historia del enano. Después yo estaba descorriendo el cerrojo de hierro y oí su voz a mi espalda.
-Era muy hermosa, ¿no es cierto?
Salí, cerré la verja y le contesté desde la vereda.
-Sí -le dije-. Era muy hermosa.
Me pidió que volviera algún día. Le dije que sí.

Abelardo Castillo

lunes, 7 de febrero de 2011

El tiempo de Milena

Claro que, tal como se presentaban las cosas ese atardecer, lo mejor era ir considerando la posibilidad de tomarla en serio, quiero decir que si ella, Milena, amenazaba acostarse con el primer imbécil que se cruzara en su camino, tal vez fuera razonable admitir que, efectivamente, era capaz de hacerlo. ¿O esa que estaba entrando en el hotel Las Brumas, de la calle Acoyte, en compañía de un tipo que debía de llevarle treinta años y que parecía un corredor de seguros que ha tenido un buen día, no era Milena? Por supuesto que era Milena. Podía no serlo, de acuerdo. Su larga pollera floreada, de hindú, su blusa de eso que las mujeres llamaban bambula y sus zapatillas chatas, el collar de varias vueltas y piedras de colores que le caía hasta la cintura, sus cuadernos de la facultad bajo el brazo, su pelo lacio y esa manera de caminar que le daba aquel aire de «mi ombligo es mi brújula», podían pertenecer a unas cincuenta mil adolescentes argentinas de los años sesenta, pero sólo una había discutido conmigo esa misma tarde en el bar La Comedia, a sólo una yo le había dicho que se hiciera revisar la cabeza con su pediatra, sólo una había amenazado irse a la cama con el primer imbécil que se le cruzara en el camino, a sólo una yo le había dicho que por mí podía acostarse con el Mahatma Gandhi, y sólo una, luego de levantarse de la mesa con un apreciable desparramo de pocillos y vasos me había dicho desde la puerta:

–¿Viste la casa de los perros?

–Qué casa de qué perros, perdón.

Yo estaba a unos tres metros, sentado todavía a la mesa, tratando de aparentar que aquél era un diálogo amistoso entre dos jóvenes modernos pero civilizados. Serían las tres de la tarde. Unas treinta cabezas se volvieron hacia la puerta del café. Me habían mirado y ahora miraban a Milena. Creí notar en el aire cierta ansiedad por su respuesta.

–Los perros de mármol. La casa a la que una vez me dijiste que le ibas a escribir un poema de mierda y me lo ibas a dedicar a mí.

Estábamos en los años sesenta, ya lo dije, pero de hecho no podíamos saberlo, o por lo menos yo no lo sabía. Milena, en cambio, sí lo sabía, tal vez era la única en aquel café que ya lo sabía.

–Vi la casa y vi los perros –admití–. Pero no pude haber dicho nada semejante porque nunca digo malas palabras.

Tampoco podía habérselo dicho una vez: sólo la conocía desde la noche anterior. Claro que el tiempo de Milena y el mío no corrían de la misma manera, ni siquiera, quizás, en el mismo sentido. Pero esto lo comprendí del todo muchos años después.

–Viste la casa –dijo Milena–, bueno. Hoy mismo estate por ahí a eso de las siete.

La puerta, súbitamente sin Milena, dio unos bandazos en el vacío como si por ella estuviera entrando o saliendo una fantasmal sucesión de Milenas invisibles.

Ahora eran las nueve de la noche y Milena, con aquel difuso anacronismo de traje gris, salía del hotel de la calle Acoyte. Milena saliendo de un hotel con un señor vestido de traje, como cuando años después nos enteramos de que Marilyn se acostaba con Kennedy. Happy Birthday, Mister President, por favor. En la esquina había un quiosco de flores, y si estaba por ocurrir lo que efectivamente ocurrió, era para vomitar. El tipo le compró un ramito. Ella le dio un beso en la mejilla y él tomó un taxi. Cuando el automóvil arrancó, Milena le hizo chau con una mano y con la otra amagó tirar las flores a la alcantarilla. Lo pensó mejor y se las devolvió a la florista. Bueno, por lo menos era parcialmente humana.

Vino directamente hacia mí.

–Te lo dije –dijo.

–No te imaginás lo celoso que estoy –dije yo–. ¿Ya te confesó que si no fuera porque la mujer tiene cáncer de próstata se casaba con vos?

Milena me miró, achicando los ojos.

–¿Las mujeres tenemos próstata? –preguntó con desconfianza.

–La de él, sí. La mujer de él se llama Osvaldo y es ingeniero agrónomo.

–Ja –dijo Milena.

Después estábamos en la puerta del bar La Paz, y esto, que se escribe fácil, requiere explicar que debimos de haber caminado unas cuarenta cuadras en silencio. Parece mucho, pero no lo es, o por lo menos no lo era. Yo tenía veinticinco años y Milena diecisiete. Lo más difícil de ese trayecto fue seguramente el silencio, no la distancia.

–No digas que no te di una chance –dijo Milena.

Todavía no habíamos entrado en el bar. Estábamos parados ante la puerta. Milena tenía ahora un aire lúgubre y algo rencoroso.

–Una chance –dije yo–. Vos me diste una chance a mí.

–Sí, tarado. Mirá lo que me hiciste hacer. Cuando me viste pasar podrías haberme dicho que me querías y agarrarte a patadas con el tipo.

–Eso es cierto –dije yo–. También podría haber hecho otra cosa.

–Qué –dijo Milena.

–Lo que voy a hacer ahora.

–Qué vas a hacer –dijo Milena, otra vez desconfiada.

No se lo dije. Le pegué un sopapo tan sorprendente, incluso para mí, que Milena, después de abrir la puerta vaivén con la espalda, fue a caer sentada dentro del bar.

–Estos hippies son todos drogadictos –le comentó a su mujer un señor que pasaba.

Media cuadra antes de llegar a Callao, solo, yo iba pensando que esta chica no era para mí. Estaba loca, se vestía como Indira Gandhi y decía malas palabras. La había conocido esa misma madrugada, precisamente frente a la casa de los perros, y no nos habíamos separado en todo el día. Nos habíamos ido a la cama juntos a la hora de almorzar, habíamos discutido por Simone de Beauvoir a las tres de la tarde, a las siete ya me había sido infiel y a las diez de la noche del mismo día había conseguido convertirme en un varón golpeador. Si esto duraba una semana, íbamos a salir en el Libro de los Records Guinness. Pero que se muera, pensé. El señor de La Paz tenía razón, aunque sólo tomen leche, como Milena, estos hippies son todos drogadictos. Los drogan los chocolatines, la música pop, el agua mineral, la Revolución Cubana. Lástima que fuera tan linda, aunque la palabra exacta no es linda. Era mucho más que linda. Era como si fuera de ámbar. Cómo podía ser que una envoltura tan diáfana como el cuerpo de Milena encerrara semejante desastre. Momento en que oí detrás de mí una especie de tropel algodonoso, me di vuelta y caí de espaldas en mitad de la vereda, con Milena encima.

Nos separó un policía en el preciso instante en que Milena, montada sobre mi estómago, blandía una birome y decía que no me la clavaba en el ojo de lástima. Ese mismo vigilante nos llevó a la comisaría quinta, donde, en algún momento, sobrevino el siguiente diálogo.

–El nunca me pegó –decía Milena–, y si me hubiera pegado no es cosa de ustedes. Es mi amante y puede hacer lo que quiera.

–Si es su amante, lo que puede es ir preso –dijo el oficial de guardia, y me miró–. La señorita es una menor.

–Le mentí –dijo Milena–. A él le mentí, le hice creer que tenía veintiuno. Y si no nos deja ir les juro que declaro que el tortazo me lo dio el vigilante. Pongo de testigos a todos los de La Paz. Por si no lo saben –agregó asombrosamente–, los derechos adquiridos no se pierden.

Nadie entendió qué quiso decir pero nos dejaron en libertad. Después era de madrugada y estábamos caminando otra vez por el Parque Lezica. Cruzamos hacia el caserón de los perros de mármol y Milena dijo que era una casa tan hermosa que le daban ganas de llorar.

–Sí, se ve que siempre fuiste muy sensible –dije yo–. Pero ahora explicame algo. Por qué esta tarde dijiste eso de que una vez yo te dije no sé qué cosa.

–Porque me lo dijiste. Dijiste que ibas a escribir un poema sobre esta casa y me lo ibas a dedicar a mí.

–Un poema de mierda –precisé.

–Eso me salió porque estaba enojada.

–Pero por qué dijiste una vez. Yo te conocí ayer: estabas mirando la casa y yo me paré a hablar con vos, y entonces te lo dije.

Milena me miró. Separó apenas los labios como si estuviera a punto de decir algo, que finalmente no dijo.

–Vos qué sabés –murmuró.

No volví a verla hasta quince años más tarde. Y esto también se escribe fácil. Lo mejor, por ahora, es decir que en esos años los grandes amores no duraban mucho y que el nuestro no fue una excepción. Nos defendíamos del tiempo. Nadie quería que la mujer o el hombre de su vida envejeciera, y eso, supongo, tendía a acortar las pasiones. Era preferible recordar: el recuerdo, como la ceguera, deja los rostros intactos. La casa de los perros fue demolida. Los hippies se transformaron en farmacéuticos o en melancólicos. Los Beatles se separaron. En Bolivia mataron al Che. Yo cumplí cuarenta años.

–Hola –dijo Milena.

Yo estaba sentado en un banco de la plaza de Córdoba y Jean Jaurés y hacía más o menos un minuto había tenido una revelación: había visto los perros de mármol. Era el mismo grupo de lebreles que, quince años atrás, ornamentaba el jardín de la casa de Parque Lezica, y ahora Milena estaba parada frente a mí. La misma pollera hindú, el mismo collar. Seguía teniendo diecisiete años. No quiero decir que era una mujer que parecía una adolescente, tampoco quiero decir que aquélla era su hija. Quiero decir que era Milena y que seguía teniendo diecisiete años.

Cuando lo imposible empieza a suceder, lo más razonable es aceptarlo con naturalidad.

–Hola –dije.

Ella se sacó con lentitud los anteojos negros que traía puestos y acercó su cara hacia mí.

–Hola –repitió.

–Qué te pasó en el ojo –pregunté.

–Después del tortazo que me diste anoche preguntás qué me pasó en el ojo.

Hice una pausa.

–Para mí eso fue hace quince años, Milena.

–Sí –dijo Milena–. Pero vos no sabés nada.

De todas maneras, yo sabía. Lo supe quizá desde la primera vez que la vi. Milena no habitaba la misma realidad que yo, que ninguno de no-sotros. Ella tenía un tiempo suyo, vivía en unos pocos días de los años sesenta como en una isla personal, y sólo ahí uno podía encontrarla, más o menos como a las náyades se las encuentra en sus ríos o a las sirenas en el mar. Todo cambiaba o se desmoronaba a su alrededor, pero ella seguía en un Buenos Aires donde, frente al Parque Lezica, había una gran casa con perros de mármol en el jardín; ella andaba, para siempre, con su collar hasta la cintura y su blusa de bambula, por una calle Corrientes donde seguían, indemnes, el cine Lorraine, los quioscos de revistas literarias, el bar La Comedia.

–Vos comprenderás que esto es imposible –dije.

–Cómo va a ser imposible si está sucediendo. –Me miró y se rió–. Los derechos adquiridos no se pierden.

Volvimos a pasar todo un día juntos. Del encuentro siguiente recuerdo menos su cuerpo que un largo paredón, un puente y, allá abajo, las vías del tren, en una madrugada de Caballito o de Flores. Después, es como un hueco y estamos caminando por la Boca. Hay, en algún lugar de mi memoria, un vago resplandor de mástiles iluminados y un eco remoto de canciones italianas que venían de cantinas. O, tal vez, eso fue otra noche, cinco o seis años más tarde. Esa noche, la de los mástiles, una violetera le había dicho:

–Pídale a su papá que le compre un ramito.

–Comprame –dijo Milena. Y a la violetera–: No es mi papá. Es mi amante.

–Con más razón –dijo la violetera.

–¿Viste? –oí cerca de mi nuca, al rato.

–Si vi qué.

–Que le pareció natural.

En ese momento Milena caminaba detrás de mí, pegada a mi espalda, abrazada a mi cintura y sincronizando sus pasos con los míos.

–No tiene nada de natural, Milena. Un hombre de mi edad no se pasea por la Boca, a la madrugada, jugando a los siameses, con una chica de diecisiete años que tiene un ojo negro y que, además, no existe.

–Ufa –dijo Milena.

Después dijo que el moretón ya casi ni se le notaba. En los tres últimos días se había puesto un bife crudo en el ojo. Lo había leído en una revista de boxeo, era lo mejor para los moretones.

En los últimos tres días, había dicho. Más de veinte años para mí. Cosa que apenas era grave, considerando lo que supe unos años más tarde, en la Costanera Sur. Yo no podía encontrarla voluntariamente: ella aparecía en cualquier momento y pasaba un día o dos conmigo. Por alguna razón, su tiempo, el tiempo de Milena, sólo abarcaba una semana. Ella me lo dijo o yo lo deduje de algo que dijo. Le pregunté por qué. Milena me miró como si yo fuera un chico idiota y cambió de conversación. Nuestro primer encuentro, el único que yo consideraba real, había ocurrido la madrugada de un domingo, frente al Parque Lezica.

–Según eso –dije–, nos conocemos desde hace cinco días.

–Chocolate por la noticia –dijo Milena.

Estábamos en un hotel de la Costanera, y ella, con lenta aplicación, se pintaba de plateado la uña del dedo gordo del pie. Para esa época mi generación había perdido ciertas ilusiones de cambiar el mundo y yo tenía más de cincuenta años. En la Costanera Sur nadie se fija mucho si un hombre de cincuenta años entra en un hotel con un travesti, con una cabra o con la hija.

–O sea que nos quedan dos días.

–Tú lo has dicho, Caifás –dijo Milena.

–¿Y cuándo voy a verte otra vez? –pregunté, después de pensarlo bastante.

–Mañana. Si querés.

Le pregunté cuándo era mañana para mí, y ella contestó que por qué no me callaba, que le hacía perder la concentración. En el cielo raso del cuarto había un gran espejo. Yo, de espaldas en la cama, le pedí que mirase hacia arriba.

–Sí –dijo Milena–. No sé cuál es la gracia de estos espejos. Si estás encima mío y abro un ojo te veo el culo.

–No seas irrespetuosa, Milena. Tengo tres veces tu edad. Lo que quiero preguntarte es qué ves.

–Me veo a mí mirando para abajo, y te veo a vos. Pegados al techo parecemos moscas.

–Me ves a mí. Lo que te pregunto es si pensaste qué vas a ver de mí mañana.

Milena guardó el frasquito y el pincel en su gran mochila floreada. Se me echó encima, bufando, acercó mucho la cara a mi cara y dijo:

–Te voy a ver a vos. Lo que estás mirando ahí no tiene nada que ver conmigo. Yo te voy a ver siempre como sos.

–Y cómo soy.

–Viejísimo –dijo Milena.

Eso fue hace años. Mañana fue hoy mismo. Cada día que pasa me gusta menos lo que veo en los espejos, me agito cuando subo por las escaleras, toso, y un día de éstos tendré que resignarme a dejar el cigarrillo. Esta vez no quise entrar con ella en ningún hotel. La traje acá. Hasta hace unas horas, Milena andaba por la casa preparando café, dándole de comer a mi gato, husmeando en mi biblioteca. En algún momento de la noche oí una especie de grito de pájaro y la vi venir con un papel en la mano.

–Me lo escribiste. Viste que me lo ibas a escribir.

–Sí, te lo escribí. Hace casi treinta años, cuando demolieron la casa. Es bastante malo.

–A mí no me parece –dijo Milena–. Pero acá pusiste que los perros son de piedra, y esos perros son de mármol.

–Mármol no rima con nada. Piedra rima con hiedra.

–Mármol rima con árbol –dijo Milena.

–No. Esa es una rima falsa, Milena.

–Y vos sos medio pedante –dijo Milena–. Qué es una rima falsa.

Era nuestra víspera, nuestro penúltimo encuentro, y ella quería saber qué es una rima falsa. Ni siquiera nos habíamos ido a la cama, suponiendo que hoy eso hubiera sido una buena idea. La había encontrado a la tarde, en Parque Chacabuco, jugando a la payana con unos chicos rotosos que parecían salidos de un cuadro de Berni. Yo volvía del médico y ella estaba sentada en el pasto, en la posición del loto, tirando piedritas hacia arriba y recogiéndolas con el dorso de la mano. Casi la piso. Dónde te creés que vas, me dijo desde allá abajo, riendo, y se puso de pie y me tomó del brazo, y ahora eran casi las doce de la noche y Milena quería que le explicara qué es una rima falsa.

–Fue una broma –dije.

También le dije que siempre había querido preguntarle algo.

–Zas –dijo Milena–. Qué.

–Aquel día, me refiero al domingo, después de haber estado conmigo, ¿de veras fuiste capaz de acostarte con el cretino del traje? –Milena empezaba a abrir la boca cuando agregué–: Mentime, por favor.

–Cómo te gusta complicar la vida –dijo Milena. Pensó un momento, dudó y me miró–. No me acosté.

–Y a qué fuiste al hotel.

–Eso qué tiene que ver. Cuando estábamos adentro le dije que era virgen y que si me tocaba me ponía a gritar. Es un ayudante de cátedra. Terminó aconsejándome que no fumara tanto y explicándome la Revolución Mexicana.

–Me estás mintiendo.

–Usted sabrá –dijo Milena.

Tal vez yo me había equivocado el primer día, tal vez esta chica era, exactamente, para mí.

Como ya dije, pronto sería medianoche. Si ahora le pedía que se quedara a dormir conmigo, íbamos a entrar en un nuevo amanecer y este encuentro sería, definitivamente, el último.

Le pedí por favor que se fuera. Me preguntó por qué.

–Porque quiero verte mañana –le dije.

–Si me quedo, también vas a verme mañana.

–No es lo mismo, Milena.

Y ésta fue, hasta hace unas horas, mi historia con Milena.

Tal vez terminó esta noche, o tal vez me queda un día más. He pensado que aunque yo ignore cómo hallarla, ella, en su semana del sesenta, con su blusa de bambula y su pollera hindú y sus cuadernos de la facultad, vendrá a buscarme mañana. Ya conoce mi casa, ya sabe cómo encontrarme. Sólo espero, mientras me preparo a envejecer, que el mañana del tiempo de Milena no llegue, para mi tiempo, demasiado tarde.


Abelardo Castillo