sábado, 20 de noviembre de 2010

Corazón Coraza

Porque te tengo y no 
porque te pienso 
porque la noche está de ojos abiertos 
porque la noche pasa y digo amor 
porque has venido a recoger tu imagen 
y eres mejor que todas tus imágenes 
porque eres linda desde el pie hasta el alma 
porque eres buena desde el alma a mí 
porque te escondes dulce en el orgullo 
pequeña y dulce 
corazón coraza 

porque eres mía 
porque no eres mía 
porque te miro y muero 
y peor que muero 
si no te miro amor 
si no te miro 

porque tú siempre existes dondequiera 
pero existes mejor donde te quiero 
porque tu boca es sangre 
y tienes frío 
tengo que amarte amor 
tengo que amarte 
aunque esta herida duela como dos 
aunque te busque y no te encuentre 
y aunque 
la noche pase y yo te tenga 
y no.

Mario Benedetti

lunes, 15 de noviembre de 2010

Mucho gusto

Se habían encontrado en la barra de un bar, cada uno frente a una jarra de cerveza, y habían empezado a conversar al principio, como es lo normal, sobre el tiempo y la crisis, luego, de temas varios, y no siempre racionalmente encadenados. Al parecer, el flaco era escritor, el otro, un señor cualquiera. No bien supo que el flaco era literato, el señor cualquiera empezó a elogiar la condición de artista, eso que llamaba el sencillo privilegio de poder escribir.
—No crea que es algo tan estupendo —dijo el Flaco—, también hay momentos de profundo desamparo en lo que se llega a la conclusión de que todo lo que se ha escrito es una basura; probablemente no lo sea, pero uno así lo cree. Sin ir más lejos, no hace mucho, junté todos mis inéditos, o sea un trabajo de varios años, llamé a mi mejor amigo y le dije: “Mirá, esto no sirve, pero comprenderás que para mí es demasiado doloroso destruirlo, así que hazme un favor; quémalos; júrame que lo vas a quemar". Y me lo juró.
El señor cualquiera quedó muy impresionado ante aquel gesto autocrítico, pero no se atrevió a hacer ningún comentario. Tras un buen rato de silencio, se rascó la nuca y empinó la jarra de cerveza.
—Oiga, don —dijo sin pestañear—, hace rato que hemos hablado y ni siquiera nos hemos presentado, mi nombre es Ernesto Chávez, viajante de comercio —y le tendió la mano.
—Mucho gusto —dijo el otro, oprimiéndola con sus dedos huesudos—, Franz Kafka para servirle.
Mario Benedetti

domingo, 14 de noviembre de 2010

El Otro Yo

Se trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la naríz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.
El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente, se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse imcómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.
Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo. Este no dijo nada, pero a la mañama siguiente se habia suicidado.
Al principio la muerte del Otro Yo fue un rudo golpe para el pobre Armando, pero enseguida pensó que ahora sí podría ser íntegramente vulgar. Ese pensamiento lo reconfortó.
Sólo llevaba cinco días de luto, cuando salió la calle con el propósito de lucir su nueva y completa vulgaridad. Desde lejos vio que se acercaban sus amigos. Eso le lleno de felicidad e inmediatamente estalló en risotadas. Sin embargo, cuando pasaron junto a él, ellos no notaron su presencia. Para peor de males, el muchacho alcanzó a escuchar que comentaban: "Pobre Armando. Y pensar que parecía tan fuerte, tan saludable".
El muchacho no tuvo más remedio que dejar de reír y, al mismo tiempo, sintió a la altura del esternón un ahogo que se parecía bastante a la nostalgia. Pero no pudo sentir auténtica melancolía, porque toda la melancolía se la había llevado el Otro Yo.

(Mario Benedetti)

domingo, 15 de agosto de 2010

Fragmento de "Demian"

Sólo había una cosa segura en mí: la voz de mi interior, mi sueño. Sentía el deber de seguir ciegamente sus imperativos, aunque me costaba mucho esfuerzo y me revelaba a diario contra ellos <¿Quizás estoy loco? -pensaba muy a menudo-, ¿quizá no soy como los demás hombres?* Sin embargo, era capaz de hacer todo lo que hacían los demás.
Hermann Hesse (Fragmento de "Demian")

miércoles, 14 de julio de 2010

Creer, confiar, querer

Creer, confiar, querer es natural en el ser humano.
La desconfianza, la mentira, la traición existen, sí, pero no son lo usual, lo de todos los días.
Si no, ¿por qué habría de llamarnos la atención, de sorprendernos tanto -cuando nos toca- el que alguien nos haya enga­ñado, perjudicado?
Si eso fuera lo más frecuente, no nos dolería: ya tendríamos una coraza para de­fendernos. Una costra amarga protegiendo nuestra sensibilidad.
Creer, confiar, querer... es natural y es hermoso.
Sin fe, sin confianza, sin amor, ¿cómo haríamos para sonreír, para criar a nues­tros hijos, para estrenar con ganas un par de zapatos caminadores, para revisar el extracto de la lotería a ver si nos sacamos aunque sea terminación?
Creer, confiar, querer...
Porque no se puede vivir bajo una cam­pana de vidrio: asfixia.
Ni en una torre de marfil... desde la que no se huele el pasto recién cortado...
Ni con guantes, sin sentir el calor de la mano que estrechamos.
Es preferible vivir expuesto a vivir a la defensiva: creer y ser engañado alguna vez y no, vivir desconfiando.
Llorar, a veces... habiendo reído mu­chas otras.
Sentir, sentir todo hondamente, aunque lo que tengamos que sentir sea a veces tris­te, muy triste... y otras, muy hermoso.

Poldy Bird

viernes, 16 de abril de 2010

Los nadies

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los

nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto

la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la

buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en

lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los

nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se

levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de

escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

Que no son, aunque sean.

Que no hablan idiomas, sino dialectos.

Que no profesan religiones, sino supersticiones.

Que no hacen arte, sino artesanía.


Que no practican cultura, sino folklore.

Que no son seres humanos, sino recursos humanos.


Que no tienen cara, sino brazos.

Que no tienen nombre, sino número.

Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

jueves, 15 de abril de 2010

La función del arte /1

1

Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.

Viajaron al sur.

Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:

—¡Ayúdame a mirar!

(Eduardo Galeano)